Margarita Pintos, teóloga y presidenta de la Asociación para el Diálogo Interreligioso en Madrid (ADIM), ha publicado un artículo en El País titulado La familia, ¿comunidad de iguales?, en el que da otra visión de la familia cristiana frente a la defendida por los obispos en la manifestación del día 30 de diciembre.
La familia, ¿comunidad de iguales?
En la concentración del pasado 30 de diciembre de la plaza de Colón (Madrid), los obispos españoles presentaron el matrimonio y la familia cristianos como modelo a seguir, más aún como el único válido. Fuera de ella, todo es apocalíptico: divorcio exprés, matrimonio gay, aborto, manipulación de los jóvenes en la educación, incluso disolución de la democracia. En otros documentos los obispos se han referido al pansexualismo que domina en la sociedad y han responsabilizado a la "revolución sexual" y a la "ideología de género" de multitud de dramas personales, rupturas matrimoniales, aumento de la violencia doméstica, etcétera. El panorama no puede ser más desolador de puertas de la Iglesia católica para fuera. ¿Son así las cosas?
Yo creo que estamos ante una clara ideologización del tema. La familia cristiana, presentada por los obispos como comunidad de iguales, ha funcionado históricamente como comunidad jerárquica y jerarquizada y, por tanto, como comunidad de desiguales. La institución familiar (cristiana) constituye la punta del iceberg y la máxima expresión de la dominación patriarcal y del sexismo, que tiene su traducción en las identidades del varón y de la mujer, en la distribución de roles y en el reparto de espacios y cargas.
Dos son las tradiciones sobre la familia que aparecen en el Nuevo Testamento. Una, la más citada en los documentos episcopales, incorpora los códigos domésticos que ordenaban las relaciones en el hogar según el modelo de la casa greco-romana. En ellos se hacen llamadas a los esclavos, a las mujeres y a los niños a someterse a sus amos, a sus maridos y a sus padres, respectivamente. Sirvan dos ejemplos como botón de muestra. Uno es de la Carta a los Efesios: "Que las mujeres respeten a sus maridos como si se tratase del Señor, pues el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza y al mismo tiempo salvador del cuerpo, que es la Iglesia. Y como la Iglesia es dócil a Cristo, así también deben serlo plenamente las mujeres a sus maridos". Otro, de la primera Carta a Timoteo: "La mujer aprenda en silencio con plena sumisión. No consiento que la mujer enseñe ni domine al marido, sino que ha de estar en silencio. Pues primero fue formado Adán, y después Eva. Y no fue Adán el que se dejó engañar, sino la mujer que, seducida, incurrió en la transgresión". En contra de lo que se pensó durante siglos, ninguna de las dos cartas tiene como autor a Pablo de Tarso. Estos textos se desvían peligrosamente del mensaje originario del cristianismo.
A la segunda tradición pertenecen otros textos en los que Jesús de Nazaret cuestiona las estructuras patriarcales de la religión y la sociedad judías, que identificaban a la mujer con la maternidad. Jesús se opone a dicha identificación. Así se pone de manifiesto en dos escenas representativas. Cuando le anuncian que su madre y sus hermanos le están esperando, él responde: "Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica" (Lc 8, 19-21). La segunda escena describe el diálogo de Jesús con una mujer que piropea a voz en grito a su madre: "Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron" (Lc 11, 27). La respuesta es similar: "Más bien, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica". Estamos ante una clara relativización de la maternidad. Ambas escenas constituyen una invitación a las mujeres a emanciparse y a no quedarse en el papel de reproductoras.
El movimiento de Jesús fue una comunidad igualitaria de hombres y de mujeres que pronto se convirtió en una corriente de protesta contra las prácticas patriarcales vigentes en el interior del judaísmo y del Imperio. Las mujeres jugaron un papel central en el cristianismo incipiente, desempeñando funciones directivas, sin tener en cuenta cómo ejercían su sexualidad, es decir, si eran solteras, vírgenes, madres o viudas. En las comunidades paulinas se vivía también esta experiencia de esta igualdad. De ella deja constancia la Carta de Pablo de Tarso a los Gálatas: "Ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni judío ni gentil, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno". En conclusión, la familia patriarcal no es un elemento constitutivo de la comunidad cristiana, sino una de sus más graves patologías.
Los creyentes en Jesús de Nazaret no somos simples fieles sometidos a la jerarquía, sino que formamos una comunidad comprometida en la construcción de una sociedad más justa, plural, y contraria a los fanatismos. Lo siento, señores obispos, pero la pluralidad y riqueza de nuestra tradición cristiana permite que pensemos de manera diferente a muchos de ustedes.
Fuente: El País
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14/1/08
8/10/07
Siempre el patriarcado, por Margarita Pintos

La niña Shaima Sadani
Casi siempre que aparece una noticia sobre mujeres musulmanas suele ir vinculada al uso del velo, e inmediatamente se le relaciona con la dependencia y la inferioridad de la mujer en el islam. Las mujeres musulmanas son para las sociedades occidentales un icono cultural vinculado al islam, pero casi nunca fuente de información sobre acontecimientos transformadores en la sociedad. ¡Y son muchas las mujeres de tradición islámica comprometidas en la lucha por otro mundo posible liberado de todas las opresiones, incluida la patriarcal!
El caso de Shaima revela que es el patriarcado social, a través de su abuela y de su madre, el que está imponiendo a la niña una manera de vestir. Quieren seguir practicando una manera de vestir que consideran fundamental para forjar la identidad de una buena musulmana desde pequeña. A nosotras, occidentales, nos cuesta comprender la adhesión deliberada de muchas mujeres a la identidad islámica sin que ello suponga sumisión y discriminación.
El velo tiene multitud de lecturas, no es su uso el que marca la diferencia entre las creyentes musulmanas de diferentes generaciones o de niveles culturales diversos. Con velo o sin él, las encontramos en la universidad, en la mezquita, ocupando puestos políticos... Como decía El Roto en un dibujo con dos mujeres con burka: "En Oriente llevamos burka para hacernos invisibles. En Occidente, lo llevamos para que se nos vea".
El islam se ha ocupado de hacer una lectura patriarcal del Corán para tener a las mujeres sometidas, lo mismo que ha hecho durante siglos el cristianismo en Occidente o el budismo o el sintoísmo en Oriente. Las mujeres siempre hemos sido un problema para los intérpretes y mediadores masculinos de las religiones.
En una sociedad como la nuestra debemos respetar el principio de interculturalidad que se basa en el necesario conocimiento del otro tal y como es, no tal y como nos gustaría que fuese. Es una actitud que responde al principio de reciprocidad.
El derecho a la educación siempre es prioritario. Los niños y las niñas, en el día a día escolar, irán formando su identidad y capacidad de decidir cómo vestirse y, sobre todo, cómo convivir en libertad para socavar las distintas formas de patriarcado, en otras palabras, para luchar contra el pensamiento único.
El feminismo occidental está dividido en torno al uso del velo. Mientras que para algunas feministas, es signo inequívoco de sumisión y debe prohibirse para contribuir a la liberación de las mujeres musulmanas, para otras es una manifestación religiosa y cultural más, que no debe prohibirse por respeto a la diversidad religiosa y cultural. Prohibir el velo sería limitar el pluralismo. Encuentro muy acertada la propuesta de Sirim Ebadí: "A las mujeres hay que darles la misma libertad que a los hombres para ponerse la ropa que quieran. Tan negativo es exigirles que no usen el velo como que en algunos países islámicos les obliguen a ello. Llevar velo debería ser opcional".
Margarita Pintos es teóloga y presidenta de la Asociación para el Diálogo Interreligioso.
Fuente: El País
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