Mostrando entradas con la etiqueta Resurrección. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Resurrección. Mostrar todas las entradas

13/7/07

Declaración de la Parroquia San Carlos Borromeo


Ante la situación de desconcierto creada en estos meses y como seguimos sin entender la necesidad de cerrar nuestra parroquia, ofrecemos a la Iglesia y a cuantos nos habéis apoyado durante este tiempo, una visión de lo que hemos experimentado y estamos viviendo y el camino que vamos a seguir recorriendo, en comunión y diálogo con la Iglesia, cuya riqueza nace de la unidad en la diversidad, ya que el mensaje del Evangelio es una oferta para todos los seres humanos sin distinción de razas, credos, culturas o sexo. Este documento fué entregado, el pasado lunes 9 de Julio, a D. Fidel Herraez, Obispo Auxiliar de Madrid.

A comienzos de los años ochenta comenzaron a llegar chavales a algunas parroquias de nuestros barrios, solicitando ayuda por sus problemas de drogadicción, fundamentalmente, aunque traían otras cargas detrás, muchos estaban en la calle y cometían delitos más o menos importantes. Surgieron miedos en algunas feligresías y curas, por lo que se suscitó un debate sobre si se podía atender o no en la parroquia a jóvenes con ese tipo de problemas. En estas circunstancias se inició la experiencia en San Carlos Borromeo en 1981 con el apoyo del Obispo Alberto Iniesta, siendo el Cardenal de Madrid Enrique Tarancón, dedicándose la parroquia preferentemente a la marginación, dejando en 1986 de ser territorial, por iniciativa del Obispo García Gasco, estando en Madrid el Cardenal Angel Suquia.

Los chicos y las madres

Desde el principio acudían a la parroquia muchos jóvenes y sus familias a pedir ayuda para salir de su situación. Las madres no comprendían qué estaba ocurriendo con sus hijos, hablaban de las malas compañías y se sentían estigmatizadas por parientes y vecinos. Tampoco sabían responder al problema de sus hijos. Comenzamos a tener reuniones con ellas y algún padre.

Pronto empezaron a vivir la muerte de sus vástagos, las entradas violentas de la policía en sus casas, las torturas de sus chicos en comisarías y cárceles, incluida alguna muerte en estos centros. La parroquia se convertía en un lugar de dolor del que participaban los feligreses que acudían a las distintas actividades parroquiales. En pocos años decidieron que su vida no tenía sentido sin la lucha por sus hijos y comenzaron a acudir en grupos a comisarías, juzgados, cárceles, denunciando todo lo que estaban conociendo, entre otras cosas, las estafas por parte de ciertos abogados y oficiales judiciales, las amenazas y la corrupción y connivencia policial en el tema del narcotráfico.

Además de ello atendían a los hijos de otras madres y animaban a éstas.

Los chavales han acudido de todas partes con sus carencias afectivas, al principio eran los hijos de las familias más pobres y más desatendidas social y humanamente. La mayoría ha sufrido el abandono y el fracaso escolar, la calle ha sido su espacio vital, han pasado por centros o cárceles de menores, conocen los malos tratos y las torturas, su estigmatización como malos y sin solución, con sus miedos e inseguridad. Nuestras casas se han abierto a ellos, hemos buscado trabajo y generado autoempleo. Eran tabla rasa en cuanto a lo ético y religioso porque no conocían el afecto.

A través de la acogida, el apoyo incondicional y su defensa en tantas cosas, nació el cariño y con él su seguridad, su capacidad de autoestima y, finalmente, el sentido ético, el deseo de no hacer daño y de responder a lo que se hacía con ellos.

Recorrido de la fe

Lógicamente fueron los funerales de tantos chavales los que hacían acudir a “los colegas” y amigos a una celebración en torno a la mesa de Jesús y a su buena noticia. Su primer contacto era descubrirla como la mesa de los excluidos, de los rechazados, de los pobres. Jesús les invitaba, nos invitaba a descubrir la buena noticia, el reino del amor y de la justicia. ¿Yo puedo comulgar?, preguntaba uno. El cura dice que Jesús nos invita, le contestaba otro.

El tema central era la resurrección: Ningún poder puede destruirnos si vivimos la buena noticia de Jesús, el amor y la solidaridad o comunión, se proclamaba, y adaptábamos el lenguaje y la liturgia a su capacidad de comprensión. Un día preguntaba un chaval a uno de los curas sobre la resurrección. El cura intentaba explicarle y el chaval respondió: No lo entiendo, pero cuando te mueras, me cojo de tu mano y, a donde vayas, voy.

Poco después recordábamos, en una eucaristía, la petición de Dimas a Jesús en la cruz: Acuérdate de mí cuando estés en tu reino. Juntos hemos ido descubriendo la fe como el motor de nuestras vidas. Los chicos y chicas y las madres han comprendido pronto los gestos liberadores de Jesús de curación y de expulsión de demonios: tu fe te ha curado. Entendemos que nuestra fe consigue hacernos salir de situaciones de impotencia y nos hace superar miedos: ¿porqué tenéis miedo, hombres de poca fe?

Inicialmente hemos intentado bucear en el Jesús histórico para descubrir en quién creemos. Se han ido identificando, así, con el Jesús que da la buena noticia a los pobres y, poco a poco, han recuperado la capacidad de autoestima y la ayuda a los otros.

Incluso han llegado a intuir la resurrección no de una manera conceptual, sino como el grito de que ningún poder puede destruir nuestra vida humana y espiritual. La vida personal y la fe se han ido integrando de una manera progresiva, en un recorrido paulatino.

Los otros

Desde los comienzos ha acudido gente de todas partes, además de la propia del barrio, profesionales de distintas áreas en un intento de colaboración, abogados, jueces, fiscales, empresarios, estudiantes de educación y trabajo social, psicólogos, médicos, etc. La expresión ha sido habitual: venimos a ayudar y son los chicos y las madres los que están dando sentido a nuestras vidas.

De ahí que algunos se hayan quedado a vivir entre nosotros o se lleven a chavales a vivir a sus casas, hasta un magistrado que, en lugar de juzgar a un chico, se lo llevó con su familia.

También vinieron en su momento los insumisos y sus madres, que se organizaron como las de los chavales de la calle, más adelante los “okupas”, que hasta nos pidieron que sus padres pudieran venir a la eucaristía. Los gitanos venían más individualmente, pero acogimos a cuarenta y dos miembros de cuatro familias que habían echado a la calle y estuvieron dos meses y medio alojados en la parroquia a finales de 1998 hasta que, por la lucha de todos, conseguimos que les dieran casa en un poblado gitano. Desde ese momento muchos de ellos se han incorporado a la convivencia parroquial.

A comienzos de 2001 acudieron setenta emigrantes que estuvieron cerca de siete meses en la parroquia, durmiendo en colchones en el suelo. Reivindicaban sus papeles, pero no tenían sitio donde ir. En ese tiempo buscamos viviendas y trabajo, quedando muchos en nuestras casas, sobre todo los marroquíes. Comparten nuestras celebraciones, rezan con nosotros y, cuando hay muchos, los musulmanes leen el Corán, que traducimos, uniéndonos también a su oración, sintiéndonos hijos del mismo Padre.

En consecuencia nos reunimos, desde hace años, gente de toda condición social, desde las clases más altas a las más bajas, frecuentamos las casas unos de otros, el compartir se ha hecho una realidad y de ahí ha surgido también la fiesta común en la parroquia que hace superar tanto sufrimiento.

La celebración de la Fe

Es la consecuencia de lo que vamos viviendo juntos, de la conjunción entre nuestra vida, nuestra lucha y nuestra fe, compartiendo casa, trabajo, comida, situaciones difíciles y la multiplicación de lo que recibimos gratis. Celebramos las Cenas del Señor de la manera más sencilla que sabemos para que la liturgia sea inteligible para todos, recordando la frase de San Agustín: fortiter in re, suaviter in modo. Aplicada a la liturgia, para que el contenido penetre, sé muy sencillo en la forma.

Con la fe y la resurrección celebramos el perdón y esto también es paulatino. El perdón entre chavales, algunos muy violentos, nuestro perdón a ellos, que nos han hecho muchas faenas, el perdón de ellos a nosotros por nuestras recriminaciones y tantas faltas de paciencia y comprensión. El perdón a policías, enemigos naturales, sobre todo a los que han torturado y matado a algún chaval, el perdón a funcionarios de prisiones o a determinados jueces, ha resultado muy difícil. Pero hoy entienden y entendemos, gracias a la cercanía de muchos de ellos, la diferencia que existe entre el estamento al que se pertenece y la persona. Hemos comprendido que acogernos y ayudarnos es lo que nos posibilita cambiar de conducta a unos y a otros.

Conclusiones


El recorrido de nuestra parroquia ha consolidado una asamblea, una comunidad, encarnada en el mundo de la exclusión como lugar social, no geográfico. Cualquier recorrido que deba hacer esta parroquia en el futuro tiene necesariamente que respetar la esencia de esta comunidad parroquial, de relaciones humanas fraternas, solidarias y justas.

a. Somos parroquia que vive y celebra la fe. Hemos encontrado en la comunidad parroquial la oportunidad de vivir nuestra vinculación como creyentes abiertos a la situación presente y acogidos por la realidad de la marginación.

b. Descubrimos cómo el lugar social de la exclusión es el espacio vital de los preferidos de Jesús. El mundo de la exclusión social, que nos llama y convoca, acoge nuestro compromiso vital para darnos la oportunidad de hacer realidad lo anunciado por Jesús en el Juicio Final: Porque tuve hambre y me disteis de comer, sediento y me disteis de beber… (Mateo 25, 31-46).

c. Descubrir la fe de la mano de los pobres nos ha hecho entender que el anuncio de la Buena Nueva es una Palabra ofrecida a todas las personas, desde el lugar de los últimos, que se ha de encarnar en “anunciar la libertad a los cautivos y a los ciegos que pronto van a ver, poner en libertad a los oprimidos y anunciar la amnistía de parte de Dios” (Lucas 4, 16-21)

d. Es tarea primordial, desde la comunión eclesial, cuidar de los miembros más débiles, por lo que es importante recordarnos que Jesús supeditó la ley al ser humano y a la fe.

e. El lugar social de aquéllos que viven en la pobreza: toxicómanos, inmigrantes, presos, enfermos de Sida, prostitutas, familias sin recursos, mujeres maltratadas, homosexuales, menores, familias separadas… nos ha llevado a celebrar la fe desde expresiones inteligibles y significantes, que nos ayuden a reconocernos en la comunión de quienes se sienten discípulos del Dios de Jesús.

f. Vivir la fe en la Iglesia, desde esa pasión esperanzada que nos provoca el evangelio de Jesús, nos ha vinculado a personas de todo tipo y condición.
Compartir la mesa de Jesús ha sido sentarnos, en torno ella, creyentes y no creyentes; ateos y escépticos; ricos y pobres… todos aquéllos con quienes, aún no compartiendo inicialmente la fe en el Dios de Jesús, sí compartimos la fe en el ser humano desnudo, vivida al estilo de Jesús (Marcos 7, 24-30).

g. Es necesario no sustraer al mundo de los pobres una parroquia que, ya de hecho, viven como referente y casa donde morar. Los excluidos tienen derecho a tener su parroquia. Mantener la comunidad parroquial, que es referente imprescindible para muchos de sus miembros en la vida diaria y de fe, no puede en modo alguno ser sustituida.

Entrevías, Julio de 2007


Fuente: San Carlos Borromeo, Parroquia de Entrevías

11/4/07

Resucitó: el triunfo de la justicia y de la vida, por Juan José Tamayo


Durante la Semana Santa he compartido, en un clima de solidaridad y esperanza, la dolorosa experiencia de la parroquia de San Carlos Borromeo en el barrio madrileño de Entrevías, cuyo cierre ha sido anunciado por el arzobispo de Madrid. ¿Razones? No celebrar la eucaristía conforme a las normas litúrgicas establecidas y hacer unas catequesis eclesialmente no homologables. El arzobispado, no obstante, ha elogiado la «acción social-caritativa» (según el lenguaje eclesiástico) que se lleva a cabo en la parroquia y, para mejor controlarla, ha pedido a los sacerdotes que sigan trabajando socialmente conforme a los cánones de la acción caritativa de la Iglesia y bajo el control de Cáritas.

En cuanto me enteré de la decisión de la jerarquía eclesiástica, fui a visitar a Enrique de Castro, uno de los sacerdotes de la parroquia, a quien conozco desde hace muchos años, para peguntarle el porqué de esa resolución episcopal. Él me explicó la trayectoria de la parroquia. Durante más de cinco lustros viene siendo hogar de los marginados y excluidos, sin discriminación de ningún tipo, ni religiosa, ni social, ni geográfica, ni sexual, ni étnica, ni racial, ni de género. En ella han encontrado acogida y tienen su hogar prostitutas, toxicómanos, insumisos, okupas, personas sin hogar, niños y adolescentes de la calle, inmigrantes, gitanos, ex presos, madres contra la droga, verdaderas heroínas en lucha contra el tráfico de la 'heroína' que mata a sus hijos, ex presos, personas creyentes de otras religiones, no creyentes. Actualmente hay censadas en la comunidad parroquial 180 personas que necesitaban regularizar su situación.

Me contó la confesión de un joven musulmán que fue acogido en la parroquia: «Mira, Enrique, soy musulmán, pero aquí he descubierto mi iglesia». Me habló de la manera de celebrar la fe en el barrio de Entrevías: no individualmente, sino en comunidad; no como acto ritual vacío, sino como experiencia de compartir; no con protagonismo clerical, sino con participación activa de todos los miembros de la comunidad; no reducida sólo a fieles cristianos, sino abierta a quienes quieren asumir con ellos el compromiso por la justicia y la defensa de la vida. En la eucaristía ofrecen, comparten y bendicen el pan amasado por el colectivo de madres contra la droga; comparten igualmente la copa de vino, como hizo Jesús de Nazaret en la cena pascual que celebró con sus discípulos. Pan y vino que, como dice la liturgia católica, son «fruto de la tierra y del trabajo del ser humano». ¿Dónde está la heterodoxia en la manera de celebrar de la parroquia de San Carlos Borromeo, cuando es la del propio Jesús, de los primeros cristianos y cristianas y de muchas comunidades en el mundo? La comunidad considera inseparable la celebración de la fe y la lucha por la justicia; la liturgia y la acogida a las hermanas y hermanos necesitados.

Enrique me habló de los jóvenes que habían muerto por la droga. Por eso ha asumido el compromiso titánico de luchar por la vida y ha implicado a los propios jóvenes, muchos de ellos drogadictos, en esa lucha que, bien seguro, van a ganar. Su discurso era impecable por la coherencia entre su vida y sus ideas, así como por la plena sintonía entre su fe y su praxis de liberación hecha realidad a diario. Y todo ello en el mundo de la marginación, que es -debería ser- el lugar de las religiones y, por supuesto, del cristianismo. Volví a casa con admiración, reconocimiento y agradecimiento. Fue una de las mejores lecciones que, tras tantos años de estudio y enseñanza de la teología, he recibido en mi vida.

Ya en casa, consulté los documentos del Concilio Vaticano II, el concilio de la renovación de la Iglesia convocado por Juan XXIII en la década de los sesenta del siglo pasado, por ver si encontraba algún texto que pudiera justificar el cierre de la parroquia. ¿Y qué me encontré? Todo menos argumentos a favor de la medida represiva del arzobispado de Madrid. El Concilio manda adaptar la liturgia a las necesidades de nuestro tiempo. Y, más importante todavía, muestra la opción por los pobres y los que sufren, en un texto realmente antológico: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez los gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón».

Tras leer el texto enseguida me vinieron a la mente dos reflexiones. La primera: la parroquia de San Carlos Borromeo, animada por los sacerdotes Enrique de Castro, Javi Baeza y Pepe Díaz, practica de manera ejemplar y creativa la opción por los pobres del Concilio Vaticano II, que ya había propuesto Jesús en la sinagoga de Nazaret, citando al profeta Isaías: «El Espíritu del señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación de los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lucas 4, 18-19). Afirma el Evangelio de Lucas que Jesús, tras enrollar el volumen que había leído, dijo: «Esta Escritura que acabáis de oír se ha cumplido hoy». Y yo añado: también viene cumpliéndose en la comunidad de Entrevías desde hace casi treinta años. La segunda reflexión fue ésta: si cierran una parroquia por no atenerse a las normas litúrgicas, cuántas parroquias tendrían que cerrar por dedicarse al culto y no optar por los pobres.

Tras leer los textos del Evangelio y del Concilio Vaticano II, y cerciorarme de que ambos salían en defensa de la comunidad de Entrevías, tomé de mi biblioteca 'El libro de los abrazos' (Siglo XXI, Madrid, 1989, p. 59), de Eduardo Galeano, y vine a dar con el poema 'Los nadie', que pareciera estaba escrito pensando en los marginados que acoge la parroquia de San Carlos Borromeo. Dice así: «Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos: que no son, aunque sean. Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata».

Los nadies de Entrevías se ven amenazados diariamente por el neoliberalismo, que genera pobreza y muerte, exclusión e individualismo. La comunidad de Entrevías, empero, trabaja por la vida y por la justicia, construye comunidad, crea solidaridad, dignifica a quienes el capitalismo niega la dignidad, incluye a quienes la sociedad de consumo excluye, practica el compartir frente al competir, vive la austeridad compartida frente a la acumulación. Pone en práctica la consigna de Desmond Tutu: «Yo soy si tú eres».

Resistiendo a las prohibiciones eclesiásticas y respondiendo a su fe genuinamente evangélica, la comunidad de San Carlos Borromeo celebró el Domingo de Resurrección como la gran fiesta del triunfo de la Vida sobre la Muerte. En ella participaron varios miles de creyentes de todos los credos y de no creyentes de distintas ideologías. Unos y otros proclamaron al unísono el mensaje de Pascua: «Resucitó: el triunfo de la justicia y de la solidaridad. Los nadie son personas».

Fuente: El Correo

8/4/07

La Pascua cristiana, ¿Qué significa resucitar?, por Benjamín Forcano



Desde hace 2000 años, una noticia sin precedentes, ha recorrido las venas de la humanidad. Nunca, en ningún lugar y de nadie, se ha afirmado algo similar a lo que la fe cristiana profesa de Jesús, cuando dice que resucitó de entre los muertos: “Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado, no está aquí”. La muerte no tuvo en Jesús la última palabra ni la tendrá ya en ningún ser humano. Lo anuncian los apóstoles: “Has de saber que tú también, resucitarás como El”. Racionalmente hablando, la condición humana implica y necesita una esperanza. El triunfo de la muerte, el triunfo de la injusticia y la derrota de las utopías claman por alguna razón positiva que permitan creer que la esperanza no es un mero voluntarismo ciego. El ser humano es el único que sabe que se ha de morir, el único que puede preguntarse cómo la muerte puede influir en su vida. Tan natural como el morir lo es para nosotros el hecho de no querer morir. La resurrección sería, desde esta perspectiva, la manera de escapar al poderío de la muerte.

Pero, la perspectiva cristiana dice algo más: la vida de Jesús es toda una vida subordinada al Reinado de Dios, que es el reino de los pobres. Precisamente por eso, los poderes de este mundo lo asesinan, porque no aceptan que el reino sea de los pobres. Y lo asesinan los representantes oficiales de Dios y de su Ley. La novedad de Jesús y de su resurrección están aquí: él, víctima, sale victorioso. La resurrección de Jesús es un triunfo sobre la injusticia, además de una escapatoria a la muerte. El resucitado es una víctima por haber vivido como vivió, y fue resucitado por haber vivido como vivió.

Por la resurrección de Jesús nosotros creemos en la resurrección de las víctimas. Sin la resurrección de Jesús, afirmar que Dios es el Dios de los pobres sería blasfemo o demencial. La resurrección de Jesús es la plenitud definitiva, lo último que se puede esperar. ¿Dónde está oh muerte tu victoria?

La muerte hecho natural. Pensar en la resurrección es pensar en la muerte. Pero, nuestra sociedad margina la muerte. Quizás lo hace así porque la muerte representa una amenaza, la posibilidad de acabar con todo en un instante. Y, como consecuencia, el miedo y la huída. Un sensato pensar sobre la muerte no es para amargarse, ni retraerse de la vida, ni ponerse en plan fatalista. En primer lugar, porque la muerte nos pertenece y de ser así algún sentido tendrá. Y lo razonable es contar con ella. Es mejor proyectar con ella el viaje, puesto que está con nosotros, que no descartarla.Lo escribe admirablemente el obispo Pedro Casaldáliga:

“No hay modo de escapar a la querella de la muerte.
Sin hora y sin lugar, ella es la cita.
Vendrá, saldrá de mí. La llevo dentro desde que soy.
Yo voy hacia su encuentro
con todo el peso de mis años vivos
Pero vendrá…. para pasar de largo.
Y en la centella de su beso amargo,
vendremos Dios y yo definitivos”.

Hasta aquí, nada especial. Somos mortales. Y, como todos, podemos preguntamos por la suerte a seguir después de la muerte: ¿Caída en la nada? ¿Supervivencia en un mundo mejor?. La muerte, puente hacia la plenitud. No sé si a la filosofía ayuda en este caso la fe. Una fe que reposa sobre la enseñanza y vida de Jesús de Nazaret.

Él fue un hombre, honrado y libre, que no transigió con la injusticia y la mentira. Señaló el camino recto hasta el final. Y los grandes de este mundo lo sometieron a una muerte violenta, injusta, a destiempo, como tantas otras. ¡El Justo exterminado!
Pero este Justo, derrotado a los ojos de la sociedad, salió victorioso. Esa muerte física, el sello final de siempre, no le atrapó ni le consumió. Dios, que hizo salir las cosas de la nada, quiso también sustraer a este hombre de la muerte y lo hizo entrar en la vida: lo resucitó. La muerte fue un tránsito, una puerta que lo introdujo en la plenitud de la vida, en la presencia y abrazo definitivo con Dios, autor de la vida, principio de todo ser, señor de la historia.

Los creyentes en Jesús de Nazaret, ya no tenemos duda: el cielo existe, es Dios mismo, con su vida eterna, y en él no hay lugar para el dolor, la injusticia, la discriminación, la esclavitud, la duda, la desesperanza. Jesús testifica que hay un Dios, Principio y Padre de todos, que tiene la última palabra. Y El nos espera para ser definitivamente en Él.

¿Qué significa resucitar? Los cristianos afirmamos que la resurrección no es una palabra vacía. Resucitar significa que Jesús, en la muerte y desde la muerte, entró en el ámbito mismo de la vida divina, realidad primera y última, inabarcable y omniabarcadora. El Crucificado continúa siendo el mismo, junto a Dios, pero sin la limitación espacio-temporal de la forma terrenal. La muerte y la resurrección no borran la identidad de la persona sino que la conservan de una manera transfigurada, en una dimensión totalmente distinta. Para hacerlo pasar a esta forma de existencia distinta, Dios no necesita los restos mortales de la existencia terrena de Jesús. La resurrección queda vinculada a la identidad de la persona, no a los elementos de un cuerpo determinado. La fe cristiana asegura que el Dios del comienzo es también el Dios del final, que el Dios que es el Creador del mundo y del hombre, es también el que lleva a éstos a su plenitud. Resucitar significa que la persona que muere, no se disuelve, continúa, y que el cuerpo sí que se disuelve pero entrando en una dimensión nueva. Hay continuidad y discontinuidad. Resucitar significa apostar, como Jesús, por la vida, llegando incluso a soportar en esta lucha el vituperio del fracaso de este mundo, pero seguros de que la inocencia del Justo será reconocida y premiada por Dios. Dios tiene siempre la última palabra, no la iniquidad. Resucitar significa que estamos ya, en una marcha dinámica, hacia la resurrección, en lucha contra todo lo que bloquea, merma y quita la vida.

El Resucitado ha dicho: “Quiero que donde yo estoy, estéis también vosotros”. Es el mensaje más inaudito de la fe cristiana. A pesar de la muerte, hay que soñar, trabajar y luchar para que este nuestro planeta sea la casa de todos, donde cada vez haya menos odio, menos injusticia, menos hostilidades, menos egoísmos, menos sufrimientos, menos guerras, menos ruinas y miserias, más justicia, más libertad, más amor, más paz, más felicidad. Es el ir anticipando el cielo en la tierra.

Los que se van no se van al vacío, sino a la vida maravillosa de Dios, al cielo. Pero para llegar al cielo no hay más que un camino: la tierra.

Benjamín Forcano, Sacerdote y teólogo

El Cristo crucificado y los crucificados de la Historia, por Benjamín Forcano


Este hombre debe morir

No creo cometer ningún desacato si en una sociedad mayoritariamente cristiana, pretendo hacer un apunte original de la muerte de Jesús, precisamente en la Semana Santa. Original en el sentido de ir al origen. Porque una cosa es lo que le ocurrió a Jesús de Nazaret en aquellos días de su entrada tumultuosa en Jerusalén, que acabó con su crucifixión en el Gólgota y otra los que hemos hecho después con una conmemoración literal, monótonamente estereotipada de aquellos hechos.

No sé por qué la mirada se nos ha de quedar clavada en el ámbito físico y restricto del Nazareno. El fue a Jerusalén a celebrar la pascua judía. Era un judío más. La fiesta era nacional, concitaba a más 120.000 israelitas, que llegaban de todas partes. La esclavitud bajo el Faraón había durado demasiado tiempo y, finalmente, habían quedado libres, congregándose en una nueva tierra. Un pueblo había sobrevivido, sin perder su identidad, y convergía allí, en explosión jubilosa, para conmemorar semejante gesta.

Pero Jerusalén desde hacía años estaba bajo otra esclavitud, la del imperio romano. A su sombra, las autoridades judías habían negociado, habían logrado una buena autonomía en su vida cultural y religiosa, siendo ellas las que manejaban a su antojo el asunto religioso. Pululaban sentimientos nacionalistas y movimientos independentistas (los zelotes), pero a las autoridades les pertenecía el monopolio del uso e interpretación de lo religioso.

Mira por donde, un campesino de Galilea, ya conocido, pero sin pertenencia a la aristocracia religiosa ni social, se atrevió a llamar a las cosas por su nombre, denunciando la enorme corrupción a que había sido sometido el nombre de Dios en el templo de Jerusalén, lugar el más emblemático para todo el pueblo, por venerar en él al Dios que los había conducido a la liberación.

La actuación de Jesús fue un desafío. Sus palabras restallaron como un látigo. ¿Qué celebración de la Pascua era aquella? ¿Cómo se compaginaba todo aquel tráfico del templo, montado por el Sanedrín, con el culto auténtico de Dios, que consistía fundamentalmente en la práctica de la justicia y del amor? ¿Que valor podían tener todos aquellos sacrificios materiales y aquellos inciensos, si la vida de los dirigentes y sus enseñanzas se apartaban del verdadero conocimiento de Dios? Su función religiosa les había llevado a erigirse en casta superior corroída por el egoísmo, la soberbia y la hipocresía.

La Pascua Judía fue para Jesús la ocasión de denunciar el sistema religioso dominante: las patrañas urdidas por los dirigentes, la conversión del culto en negocio del Sanedrín, la opresión que ejercían sobre el pueblo, las falsas interpretaciones inventadas, la arrogancia de que hacían gala, el menosprecio hacia los sectores más pobres, su afirmación de la teocracia e idolatría nacionalista, el montaje de toda una religión legalista, puramente exterior, que cultivaba la apariencia y escondía el vicio.

Jesús apuntaba al corazón. No había escapatorias posibles. La cosa era más sencilla. No había que embolicar a Dios con las tonterías y truhanerías de los hombres. Dios es lo que es y refleja su luz, con nitidez, en la conciencia de todos. Aunque sean analfabetos. Esa luz , por natural, es pura e incanjeable. Y a ella remitía, en última instancia, la sabiduría popular del Nazareno.

Con lo cual, encendió la chispa: el pueblo le escuchaba admirado y los dirigentes le espiaban preocupados. Era peligroso. Y determinaron matarle.

Una muerte violenta, injusta, criminal, a manos del poder más arbitrario. No a manos del Padre celestial; esa sería la muerte de un Dios sádico. Ni Jesús buscó la muerte, ni Dios le destinó a ella. Eso es una solemne tontería, una herejía y una coartada para todos los poderes de turno que siempre se han negado a ver la muerte de Jesús como lo que fue: una consecuencia de su estilo de vida, de su rebeldía y disidencia frente al poder religioso y civil, de su coherencia y libertad, de su sinceridad y amor por la justicia y los más pobres. Jesús murió asesinado por la sinagoga y el imperio.

Los crucificados de nuestro tiempo

Vengamos ya a las muertes de los Viernes Santos de nuestro tiempo. Los templos cristianos con sus ritos, inciensos, cantos, plegarias y procesiones, ¿a quién están recordando? ¿Qué están celebrando? ¿La muerte de Jesús? ¿Su muerte física? ¿Nada más? ¿Y eso una y otra vez, un año y otro año, un siglo y otro siglo?

¿No será que hemos convertido en momia sagrada la liturgia católica? La pasión y muerte de Jesús son referencia paradigmática. Pero su muerte no ha acabado, sigue reviviéndose en el Cuerpo de la Iglesia y de la Humanidad. Y sigue produciéndose en el altar del poder económico y del poder religioso. Hoy son otros los Faraones, los Pilatos y los Sumos Sacerdotes...

¿Dónde están los profetas y liberadores que, como él, tratan de rescatar el significado de su Pascua, hoy pascua cristiana? ¿Cuántas son las desviaciones y corrupciones que hay que destapar y corregir? ¿Quiénes son los tiranos y verdugos? ¿Quiénes los que sufren pasión y quiénes los crucificados? ¿Cuánto de esto está presente y se celebra en las liturgias de nuestros templos?.

Bajarlos de la cruz

Los Viernes Santos en muchas ciudades de España alzamos la vista para contemplar las imágenes de nuestros Cristos Crucificados.

¿Y qué, si junto al Cristo Crucificado ("Cuanto hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños conmigo los hicisteis") desfilasen por nuestras calles las imágenes de los pueblos crucificado del Sur? ¿Qué, si en nuestras liturgias contemplásemos rotos por el dolor, las heridas, miserias, humillaciones y muertes que viene arrastrando desde siglos?

¿Qué, si frente a tanto terrorismo oficial y legal, revestido de potencia y tecnología más que espectacular y disfrazado inclusive con la bendición de Dios, descubriésemos las motivaciones reales que lo guían y que lo llevan a cuotas increíbles de crueldad y exterminio?

Teólogos de la liberación afincados en el Tercer Mundo, insignes, y mártires algunos como Ignacio Ellacuría, nos han hablado de este hecho evidente y lo han hecho desde una perspectiva cristiana: estos pueblos crucificados son la actualización de Cristo Crucificado. Decía Monseñor Romero: "Ustedes son la imagen del divino traspasado.”
Estos pueblos crucificados son víctimas, no caídas del cielo, sino producidas por
los sucesivos imperios, por el sistema económico dominante y por las multinacionales.
Son estos verdugos los que imponen la injusticia, los que la defienden violentamente si hace falta, y hasta con terror. Cuenten en esa procesión inmensa a los 300.000 centroamericanos matados en estas últimas décadas, y... alarguen la vista y verán pueblos masacrados, movimientos reprimidos, líderes desaparecidos, gentes de pueblo perseguidas, torturadas, desaparecidas. Verán las argollas que los poderes del FMI, del BM y de la OMC siguen poniendo para que esos pueblos no levanten cabeza y puedan disponer impunemente de sus materias primas.

Estos pueblos, en un mundo donde la riqueza nunca ha sido tanta, ven como los poderosos les roban, les ponen condiciones comerciales inicuas, acumulan cada vez más riqueza, sin importarles el hecho de que la distancia de ingresos entre unos y otros crece sin cesar, de modo que si en el año 1820 era de 1 a 3, hoy es de 1 a 70. El 20% de la población más rica del planeta se ha repartido en 1997 el 86% de la riqueza. La mitad de África, unos 400 millones, vive con menos de 1 dólar diario y está desnutrida. EE.UU. tiene una deuda externa de 6 billones de dólares, doble que la de todos los países pobres, pero a él nadie le exige que la devuelva, en tanto que a los pobres se les obliga con un cuchillo en la garganta.

Con razón, el Cristo Crucificado y estos pueblos Crucificados son la explicación el uno de los otros. Son el Siervo de Yahvé "sin figura, sin belleza, sin rostro atrayente.” Son pobres y, además, aplastados y torturados. Y así son como el Siervo "que no parecía hombre ni tenía aspecto humano y producía espanto.”Y mientras sufren en paciencia y resignación, se los alaba, se reconoce su bondad, sencillez, religiosidad, pero si se deciden a vivir e invocar al Dios que los defiende y libera, entonces son subversivos, terroristas, criminales, ateos, marxistas y comunistas.

Y no tienen quien los defienda, "son llevados a la muerte, sin justicia.” Con razón escribía el obispo Pedro Casaldáliga: "Es hora de martirio en nuestra América Latina.” ¡Cuántos campesinos, sindicalistas, maestros, catequistas, religiosas y religiosos, líderes populares, obispos engruesan esa procesión de crucificados! Ellos son el siervo sufriente de Yahvé. "Les han dejado -escribía Ellacuría- como a un Cristo.”

Paradójicamente, estos Crucificados son "luz de las naciones" ,es decir, ponen al
descubierto la pecaminosidad fundamental del Primer Mundo, que es la injusticia. Y señalan como mala éticamente la solución que están dando al mundo, pues deshumaniza a unos y a otros. Y, además, ofrecen salvación, por ser portadores de los "valores evangélicos": solidaridad, servicio, sencillez y disponibilidad para acoger el don de Dios. Y ofrecen un potencial inmenso de esperanza, una y otra vez ahogada por el mundo occidental, pero sigue ahí contra toda esperanza, para poner en evidencia su fracaso. Y ofrecen amor, porque así lo han demostrado innumerables mártires de América Latina y de otras partes. Y ese amor es una gran oferta de humanización.
Nosotros, hoy, en esas procesiones del Cristo Crucificado y de tantos otros que
no estarán visibles en nuestras calles, tenemos un compromiso: bajarlos de la cruz. Es una manera muy correcta de celebrar la muerte del Señor.

¿Se puede recuperar la Semana Santa?

Es impresionante la desfiguración hecha sobre los hechos fundamentales de la vida cristiana. Uno de ellos es la cruz. De un instrumento utilizado para infligir la muerte a revolucionarios y rebeldes políticos, ha pasado a ser un símbolo poco menos que de la pasión de Dios por la venganza. Jesús habría muerto para satisfacer la ira de Dios, provocada por los pecados de la humanidad. Y seguiríamos oficiando esa inmolación para recabar la reconciliación y perdón de Dios. Ha sido esta una teología en boga, por muchos siglos, que ha fomentado una especial religiosidad popular.

La cosa es distinta: Jesús, como israelita, vive civilmente, no es ministro del Templo de Jerusalén, participa de las fiestas de su pueblo, sobre todo de la más relevante, la Pascua. La Pascua es propicia para movilizaciones y posibles levantamientos contra el invasor romano.

Jesús,en esa Pascua, sube también a Jerusalén, decidido a actuar públicamente. Desde Betania, rodeado de paisanos, admiradores y peregrinos, se dirigen tumultuosamente hacia la ciudad.

Allí estaba el Templo, centro de la vida social, política y religiosa de Israel. Ocupaba una quinta parte de la ciudad. En él, había atrios para todos: sacerdotes, varones, mujeres, extranjeros, cambistas. Y, dentro, el santuario: lugar de los sacrificios, reservado sólo a los sacerdotes.

Lo de la llegada a Jerusalén, fue un preámbulo. Pronto, vino lo demás. Jesús venía denunciando fuerte, había que acabar con muchos abusos, eran necesarios muchas reformas, nadie podía escudarse so pretextos para no convertirse y, sobre todo, había que aplicar el hacha a la raíz. La gente tenía a Jesús como profeta y, si era consecuente, veían que iba a pasar algo serio.

El sistema religioso imperante era demasiado obsceno, chocaba demasiado con el sentir real del pueblo y con las propuestas de Jesús. Jesús prosiguió su enseñanza en el Templo y arreció en su denuncia; "Vosotros habéis convertido el Templo en cueva de bandidos.” El escándalo estaba servido: aquel hombre enseñaba como quien tiene autoridad, sin pasar por la aprobación ni la censura oficial: "¿Y a ti quien te ha dado autoridad para enseñar esto?”

Jesús quería dejar bien claro el contraste: la religión no sirve para oprimir la conciencias, para crear desigualdades (ricos/pobres, buenos/malos, extranjeros/nacionales,...), para montar negocios, legitimar abusos del poder, restringir la libertad y enmascarar la hipocresía, para negar el amor y la fraternidad. "Estáis equivocados, sois guías ciegos, no hacéis ni dejáis hacer, id y aprender lo que significa misericordia quiero que no sacrificio ".

Hay cosas que no se pueden conciliar y, menos, en nombre de Dios.Le exigían que se callase y que hiciera callar a sus discípulos. Pero él replicaba: "Lo encubierto, lo oscuro, lo callado, salga a la luz sobre los terrados.”

Jesús, pues, no va a la muerte por voluntad de su Padre. La muerte es, en El, una consecuencia de su vida, vivida cabalmente, desde el amor y la libertad, desde la justicia y el amor a los más pobres. En seguir ese su camino está nuestra "redención" y nuestra liberación.

Habrá quien quiera hacer una lectura idealista o espiritualista de la vida de Jesús. Y habrá quienes pensarán que las liturgias católicas -muchas- expresan con fidelidad los hechos básicos de la vida de Jesús y que nada tienen que ver con la vida civil y secular.

Yo pienso que la liturgia se vuelve estéril, cuando se la priva de su savia original. Lo sustancial y lo permanente de la liturgia no son unas fórmulas, sino la vida de Jesús, que se intenta reavivar y asimilar litúrgicamente.

Una liturgia repetitiva, sin base en los Evangelios, sin arraigo ni proyección en la
vida, se convierte fácilmente en arqueologismo ritual, momificado en gestos y oraciones.

La vida va no se deja encasillar, como no se deja encasillar la vida de ningún pueblo, ni la de ningún momento de la historia. La liturgia se hace y se vive al filo de la vida; cuando esa vida está ausente surgen las liturgias raras, espiritualistas, aburridas.

¿Qué consecuencias supondría en nosotros y en la sociedad una celebración que tradujese actualmente, a cada situación, el significado auténtico de lo narrado en los Evangelios? ¿Qué cambiaríamos y en qué no cambiaría el funcionamiento de la liturgia?

Benjamín Forcano

6/4/07

Pascua: las muchas travesías, por Leonardo Boff


La Pascua es la fiesta central de judíos y cristianos. Para los judíos, celebra -y celebrar es actualizar- el paso de la esclavitud en Egipto a la tierra prometida, el paso a través del Mar Rojo, y el paso de masa anónima a pueblo organizado. La figura de referencia es Moisés, libertador y legislador, que nació cerca de 1250 años antes de nuestra era. Él condujo la masa hacia la libertad y la hizo pueblo de Dios.

Para los cristianos, la pascua es también paso. Tiene como figura central a Jesús de Nazaret. Celebra el paso de su muerte a la vida, de su pasión a la resurrección, del viejo Adán al nuevo Adán, de este mundo cansado al mundo nuevo en Dios.

Como en todos los pasos hay ritos, los famosos ritos de paso tan minuciosamente estudiados por los antropólogos. En todo paso existe un antes y un después. Hay una ruptura. Los que realizan el paso se transforman. El rito de paso del nacimiento, por ejemplo, celebra la ruptura de la pertenencia al mundo natural, para pasar a pertenecer al mundo cultural, representado por la imposición del nombre. El bautismo celebra el paso del mundo cultural al mundo sobrenatural, es decir, de hijo e hija de los padres a hijo e hija de Dios. El matrimonio es otro importante rito de paso: de soltero o soltera con las disponibilidades que caben a esta fase de la vida, a casado y casada, con las responsabilidades que este estado comporta. La muerte es otro gran rito de paso: se pasa del tiempo a la eternidad, de la estrechez espaciotemporal a la total apertura de lo infinito, de este mundo a Dios.

Si nos fijamos bien, toda la vida humana posee una estructura pascual. Toda ella está hecha de crisis que significan pasos y procesos de acrisolamiento y madurez. Tomando como referencia el tiempo, se verifica un paso de la infancia a la juventud, de la juventud a la edad adulta, de la edad adulta a la vejez (hoy se preferimos decir tercera edad), de la vejez a la muerte, de la muerte a la resurrección y de la resurrección a la zambullida inefable en el reino de la Trinidad, según la creencia de los cristianos.

Son verdaderas travesías con los riesgos y peligros que este fenómeno existencial implica. Hay travesías que nos llevan al abismo; otras nos llevan a la culminación. La pascua trae además una novedad, tan bien intuida por el filósofo Hegel, un viernes santo en el Konvikt de Tübingen (un seminario protestante) donde estudiaba. La pascua nos revela la dialéctica objetiva de lo real: la tesis, la antítesis y la síntesis. Vivir es la tesis. La muerte es la antítesis. La resurrección es la síntesis. La síntesis es un proceso de recogimiento y de rescate de todas las negatividades dentro de una nueva positividad superior. Así que lo negativo nunca es absolutamente negativo, ni lo positivo es solamente positivo. Ambos se contienen el uno al otro, encierran contradicciones y forman el juego dinámico de la vida y de la historia. Y todo termina en una síntesis superior.

Tal vez esta sea la gran contribución que la pascua judeocristiana ofrece a quienes se entristecen y se interrogan sobre el sentido de la vida y de la historia. La esclavitud no tiene la última palabra, sino la liberación. No es la muerte quien posee el sentido de las cosas, sino la vida y la resurrección. Así la historia estará siempre abierta. Con razón nos decía el poeta y profeta Dom Pedro Casaldáliga: después de la síntesis final de la pascua de Cristo ya no podemos vivir tristes. Ahora la verdadera alternativa es: la vida o la resurrección.

Koinonia

¿ Quién Le quita una espina?, Equipo Portal Dorado


¿Quién Le quita una espina?

La lluvia no apaga el sonido afligido de tambores y cornetas, que desde la Iglesia de San Lorenzo alcanza nuestra buhardilla. Velan para que no vuele. Año tras años Le mantienen en la cruz. Dos mil siete años no bastan. Pasos y procesiones siguen reivindicando negro permanente. El luto de la Semana Santa reclama por doquier que no termine la agonía de Jesús el Nazareno, que la corona de milenaria angustia permanezca por siempre bien clavada.

¿Hasta cuándo el padecimiento del Maestro de maestros, hasta cuándo las lágrimas por el Cristo crucificado? ¿Hasta cuándo arrodillados ante el madero? ¿Para cuándo la celebración del Cristo renacido?

¿No bastan ya dos mil años? ¿Es preciso aún mantenerle clavado en la cruz? ¿Para cuándo el Jesús de Serrat, el que anduvo en la mar, el que dormía bajo estrellas, el que se dejaba acariciar por la ternura pura de María Magdalena, el que hinchaba almas y corazones, el que resucitaba a vivos y muertos…? ¿Para cuándo el que vino a inundar la tierra de alegría y amor fraterno, de humor y de esperanza…?

¿Y si Le quitamos los clavos, y si al igual que templarios, cátaros y otras fraternidades Le apeamos del madero? ¿Y si culminamos la irreverencia de ascenderle permanentemente a los Cielos, donde no hay coronas de espinas, ni romanos de entonces o ahora, ni sanedrines antiguos o modernos…? Clausuremos el calvario, detengamos ese ancestral goteo de sangre, ese arañar de espinas, ese dolor que inunda estos días.

El Jesús liberado del sufrimiento, exige liberarnos nosotros también de éste. Supone clausura de tormentos, sonreír al infinito don de la vida, excelsa, compartida, sublimada en el espíritu…, supone cuestionarnos estos dos mil siete años cabizbajos, colmados de clavos, clavados ante el madero.

¿Quién Le quita la primera espina? ¿Quien Le saca fuera de ese valle de lágrimas? ¿Quien imagina otro Jesús, con corona de gloria, que ríe, canta y danza sin tregua, que reina en otro valle más alto, infinitamente bello, donde no hay egoísmo ni por lo tanto penas, donde todo es servicio al prójimo, donde volvemos a vivir en paz y armonía como hermanos?

Enmudezcan las cornetas y tambores de las procesiones doloridas. Dicen que retorna sin gota de sangre, desnudo de madero, curado de clavos… Corre el rumor de que vuelve entre rosales sin espinas, con el clarear del alba, de entre la fría niebla que aventamos… Anuncian que los tiempos son llegados, que el Maestro de maestros viene a inaugurar la nueva era de gozo y fraternidad por la que siempre suspiramos.

Equipo de Portal Dorado