26/12/09

El Dios presente, por José Antonio González Casanova

Desde una perspectiva cristiana, el capitalismo es un sistema inhumano que clama al cielo, un pecado colectivo

En estos días asistimos a la escenificación del principal misterio de la existencia humana. Lo de menos es que sea una escena vinculada a una religión concreta. A cualquier persona que tenga todavía un mínimo de sensibilidad (a pesar del ambiente anestesiante que provoca la minoría que monopoliza el poder económico) le inquieta no saber por qué y para qué está en el mundo. La Navidad cristiana pretende responder a estos interrogantes con un mensaje que muy pocos se toman en serio. Se trataría de una encantadora leyenda popular: Dios (con todo lo que significa en nuestra cultura) ha tomado la condición humana en el niño Jesús, que en su madurez morirá crucificado, pero así redime nuestros pecados. Si creemos que es Dios, nos concederá, tras la muerte, la eterna beatitud de estar con él. Así explicadas las cosas, no convencen a un adulto del siglo XXI con cierta cultura. La Iglesia católica presume de monopolizar las respuestas correctas, pero estas aún convencen menos. Y es que no se trata de creer o no creer, de tener fe o no tenerla. Es cuestión (fundamental) de lenguaje. Lo primero que hay que aclarar es la divinidad de Jesús de Nazaret, explicada por la moderna cristología en términos más razonables y comprensibles.

Siempre se habló sobre la divinidad de Jesús. Ahora se destaca la divinidad en Jesús. No se le endiosa, se le entusiasma. El teólogo Karl Rahner sostiene que Jesús no es un dios que se reviste de humanidad como si fuera un traje. ¿Qué valor ejemplar tendrían sus buenas obras si las hacía un dios omnipotente? Tener dos naturalezas (la divina más la humana) no aclara nada y lo complica todo. ¿Cuándo es humano Jesús y cuándo no? La realidad es que era un hombre normal, cada vez más consciente de su vocación o llamada divina: la que brota de la entraña de todo ser humano; lo que de Dios tenemos todos por el simple hecho de estar vivos. La encarnación de Dios en Jesús no es una irrupción celestial, sino algo radical de la singular materia humana, que lleva la huella de la mano que la moldeó. El obispo claretiano catalán Pere Casaldàliga lo llama «el ADN divino». Esa conciencia radical es una llamada a la responsabilidad social y política. El Dios del profeta galileo es un dios revolucionario que no soporta la injusticia y la opresión. Todo ser humano es sagrado. Luchar contra todo mal que se le haga es un deber religioso que puede conllevar vivir crucificado. Todos, creyentes o no, coinciden, por humanidad, en que la vida debe regirse por el amor y no por el odio egoísta. En ese sentido, el cristianismo es la religión más humana, pues todo lo cifra en el amor universal sin discriminación y en su correlato, el combate no violento por la justicia, la sociedad sin clases y la liberación de los pueblos explotados. Desde una perspectiva cristiana, el capitalismo es un sistema inhumano que clama al cielo; un pecado colectivo, una sustitución sacrílega del Templo por el Mercado.

Siempre se ha hablado mucho del silencio, la ausencia y la muerte de Dios. Se le ha negado poder y bondad, pues permite el mal cuando no lo provoca a través de religiones fanáticas, violentas, intolerantes, de moralismo rígido e inhumano. Todo ello es un reconocimiento implícito y espontáneo de que ese Dios no puede ser verdad. La gente intuye que, si existe un Dios, no debe ser así. Porque la naturaleza humana sabe ya, tras unos cuantos siglos, lo que es humano y lo que no lo es. La Iglesia vaticana y jerárquica ha dado a menudo pruebas de inhumanidad. En cambio, muchos increyentes han tenido más fe en lo humano. Su increencia lo era respecto a la versión oficial de Cristo, pues su fe era la misma, en la práctica, que la de Jesús de Nazaret. El teólogo jesuita González Faus ha dicho: «A muchas autoridades eclesiásticas inquisidoras les molesta tanto la palabra Jesús que han dado orden de que en catecismos y libros de texto no se diga Jesús, sino Cristo. Quizá por eso asistimos hoy a persecuciones crueles, que se excusan con que algunos (…) niegan la divinidad de Jesús. No es que la nieguen. Es que, a través de Jesús, se le da a Dios un rostro que no es el que quisieran los inquisidores. Porque los pone en evidencia».

La entrañable leyenda de nuestra infancia es que un niño pobre (que es Dios) nace en un establo porque nadie acoge a su madre embarazada una fría noche de invierno. Parece ser que las cosas ocurrieron de otro modo, pero la leyenda responde a un sabio instinto popular, el verdadero: Dios es un dios humano, desvalido y pobre, al que nadie acoge. El Dios que se hace presente en el mundo (en el doble sentido de presencia y regalo) se identifica con todos nosotros para que nos identifiquemos con él y, como Jesús, le imitemos en su amor por todos y en el combate por la paz en la justicia. Más allá del cava, el belén y los regalos, conmemoramos (hacemos memoria juntos) el principal misterio de la existencia humana: estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Seamos, pues, un Dios humano, desvalido y pobre, para que nos acojan como algo suyo los humillados y ofendidos de la Tierra.

José Antonio González Casanova es Catedrático de Derecho Constitucional. Autor de El Dios presente

Fuente: El Periódico de Catalunya

Porque Dios es poesía en la cual se cree, por Enrique Miret Magdalena

La religión en la que creo no es cosa de tristes gruñones, sino ayuda mutua

A mis 94 años he llegado a la conclusión de que todo tiene importancia y nada tiene importancia, porque la buena vida sólo consiste en saber aprovecharse tanto de las cosas buenas como de las malas.

He aprendido esto de los grandes sabios antiguos, como Píndaro, y de los modernos, como Ortega y Gasset: lo único decisivo es ser lo que somos porque nuestra realidad, como toda realidad, siempre tiene algo de bueno. También el gran pensador francés André Maurois me enseñó, a fuerza de equivocarme, que "hay que tratar las catástrofes como molestias y jamás las molestias como catástrofes", porque, como afirmaba Tolstoi, "la felicidad no depende de acontecimientos externos, sino de cómo los consideremos".

Hoy es un día especial para mí porque de algún modo reu-nimos en esta mesa la labor de casi 100 años, por activa o por pasiva, y yo, que soy tan proclive a la sabiduría de Oriente, he acabado por aprender, mal que bien, lo que me ha descubierto y los hechos me han confirmado: "Más vale caminar bien que llegar".

Del mismo modo, tengo que decir que la religión, sin caer en maximalismos ni minimalismos, me ha ayudado mucho en los momentos difíciles. Sostengo que todo lo que has de creer, orar y practicar está contenido en el Padre Nuestro. Y me inspiro en los discípulos próximos a Jesús y en ese pequeño libro del siglo I, la Didajé, que se traduce por Enseñanza o Doctrina y que nos muestra que toda conducta positiva ha de basarse en la regla de oro: "No hagas a los demás lo que no quieras para ti". Igualmente, el Pastor de Hermás nos dijo en el siglo II que "todo el que está alegre obra bien y piensa bien".

La religión en la que creo no es cosa de tristes gruñones, sino apertura y ayuda mutua, que siempre repercutirá en un mundo mejor, sea cual sea nuestro pensamiento: por eso, con el tiempo, mi fe se ha vuelto más sencilla y más dependiente de lo interior y de una conducta abierta a los demás. Porque Dios, lejos de ser un amo exigente, es "poesía en la cual se cree".

Mis años, finalmente, se resumen en lo que debo a mi mujer, que colgó los hábitos científicos para dedicarse a la educación de nuestros hijos y, siempre mirando hacia la izquierda, ayudar a quien lo necesitase.

El teólogo Enrique Miret Magdalena falleció el pasado 12 de octubre. Este texto es el que leyó a su familia durante su penúltimo cumpleaños, siguiendo una vieja costumbre que repetía año tras año. De alguna forma, es una síntesis de su manera de ver la vida y de entender el compromiso con los demás.

Fuente: El País
Más información de Enrique Miret Magdalena en Wikipedia

Una reincidente soledad, por José Carlos Garcia Fajardo

Antes, los preparativos de las Navidades comenzaban dos días antes. Sabíamos que comenzaba un tiempo nuevo, un tiempo de rito y de celebración. No sabíamos que contribuíamos al canto de la vida que supone la fiesta del solsticio de invierno para que no se acabase la luz y volviera a salir el sol después de la noche más larga del año.

“Los ritos son necesarios”, le dice el zorro a su nuevo amigo, el Principito, “un rito es lo que distingue un día de otro, un tiempo de otro similar”. ¿Qué más dará una fecha que otra si el tiempo es usura de la vida? Pero los seres humanos necesitamos la celebración siguiendo el curso de la naturaleza.

Antes, celebraban la siega o la vendimia, los ritos de amor o de paso. O fiestas religiosas que venían a coincidir con ancestrales costumbres relacionadas con los ciclos de la agricultura. Hoy celebramos el permanecer vivos y tratamos de dar sentido a cada momento de nuestra existencia porque se nos escapa el sentido de una vida.

Algo no va bien en el mundo y no nos atrevemos a acometer las causas contentándonos con aliviar algún efecto de esa injusticia estructural, para calmar algo la conciencia, de ahí las limosnas y los aguinaldos. Pero nos lanzamos en la vorágine de un consumismo descabellado.

Nos echamos a la calle a comprar para éste o para el otro, mientras durante el resto del año no somos capaces de encontrar un momento para saber cómo se encuentra, para escucharlo. En estos momentos corremos el riesgo de convertir “al otro” en objeto de nuestra solicitud, cuando el otro siempre es sujeto que sale al encuentro y nos interpela.

Esta es nuestra asignatura pendiente, escuchar y acoger, dejarnos querer sin abrumar con nuestros consejos o con nuestros regalos. Dejar a las personas como están sin intentar cambiarlas. ¿Por qué cuando alguien dice que nos quiere pretende cambiarnos? Pero si tú me has conocido así, como un disparate que contrastaba y complementaba el tuyo, ¿por qué ahora que vamos madurando pretendemos cambiarnos? Deja a las piedras que sean piedras sin intentar transformarlas en pan. Cuando nos conocimos, yo era un abedul y tú una palmera, nos reíamos y nos sabíamos alas de un mismo vuelo, no nos deteníamos a mirarnos uno al otro sino que aprendimos a mirar juntos en la misma dirección.

Aprendimos a compartir el pan y el vino pero sin morder el mismo trozo ni servirnos del mismo vaso. Aquel día, después de una crisis, comprendimos las palabras de Khalil Gibrán: sed como las columnas del templo, todas sostienen la bóveda pero el aire circula entre ellas.

Así nosotros en estos días de algarada tratemos de recuperar la cordura: no es Navidad porque lo digan los grandes almacenes. No es preciso agobiarnos gastando un dineral y perdiendo los papeles. Ni tan siquiera es necesario comer y beber hasta hartarse y perder el gusto por la comida y la bebida. Nos obligamos a reír y a divertirnos y, al final, es eso: nos di-vertimos, nos apartamos de nosotros mismos y del camino, extraviándonos.

¿No es en estas fiestas cuando nos acomete una extraña soledad, una especie de vacío que llamamos nostalgia y que no es más que hastío? Se diría que tenemos que caer bien a todo el mundo, felicitar hasta a las farolas y empeñarnos en retrasar la hora del sueño como si temiéramos no seguir viviendo.

Esta es la más oculta razón de los ritos en el solsticio de invierno mientras que, en el de verano, por San Juan, tenemos que celebrar con cantos, bailes y hogueras la necesidad de afirmarnos y de perpetuarnos con todo nuestro ser.

Para esto sirven los ritos y las celebraciones, para afirmarnos y aceptarnos, para asumir nuestra maduración y tratar de ser coherentes con las aportaciones de ese tiempo nuevo que vamos haciendo, porque el tiempo no existe. Según lo vamos necesitando lo vamos hilando; por eso hay un tiempo cronos, siempre igual, y un tiempo kairós, un tiempo existencial, de plenitud y de alborozo, de celebración y hasta de exceso. Como aquel tiempo que eternizaba Zorba cuando bailaba el sirtaki en la playa inmensa sin consuelo por la muerte de su único hijo.

Por eso tenemos que aprovechar todos los momentos especiales para hacernos cómplices con la vida, y sostener con Sábato: “Tengo la convicción de que debemos penetrar en la noche y, como centinelas, permanecer en guardia por aquellos que están solos y sufren el horror ocasionado por este sistema que es mundial y perverso. Un grito en la mitad de la noche puede bastar para recordarnos que estamos vivos, y que de ninguna manera pensamos entregarnos”.

Reconocer que nos debemos a nosotros mismos un gesto absoluto de confianza en la vida y de compromiso con el otro. Así lograremos trazar un puente sobre el abismo.

Es una decisión que en este momento nos debe abrasar el alma. Como el auténtico honor, que no es sino un reconocimiento que la persona de bien se hace a sí misma. Y el camino, como sugería Kafka, consiste en ahondar en el propio corazón porque eso significa ahondar en el corazón de todos los seres humanos. Ya que todos nos buscamos sin saberlo.

Fuente: José Carlos García Fajardo es Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director del Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS). Editor del blog amigo Jubilatería: Bitácora de un jubilata

23/12/09

Leonardo Boff habla sobre los rumbos del planeta tierra y del ser humano

Las movilizaciones sociales y los alardes sobre los perjuicios que la acción humana viene causando al medio ambiente no fueron suficientes para garantizar la concreción de acuerdos eficaces durante la 15ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambios Climáticos (COP-15), concluida el viernes (18) en Copenhague, Dinamarca.

Los líderes mundiales demostraron una vez más la preferencia por el desarrollo del capital en detrimento de la vida. Aún así, la postura de desdén para con los problemas climáticos del planeta no está paralizando las acciones de la población en su lucha por pequeños cambios. La evidencia dada a la causa ambiental ha servido para generar conciencia y, de a poco, cambiar malos hábitos de consumo. "El lugar más inmediato es comenzar por cada uno", sostiene Leonardo Boff.

En entrevista con ADITAL, el teólogo, filósofo y escritor habla sobre la necesidad de comenzar los cambios en nosotros que van a beneficiar a la Tierra. "Cada uno en su lugar, cada comunidad, cada entidad, en fin, todos debemos comenzar a hacer algo para dar un rumbo diferente a nuestra presencia en este planeta". Para Boff, no debemos depositar nuestras esperanzas en las decisiones que vienen de arriba.

Adital - ¿Cree usted en la voluntad política de los grandes líderes mundiales para revertir la situación climática en la que se encuentra nuestro planeta?

Leonardo Boff - No, no creo. Los grandes no tienen ninguna preocupación que vaya más allá de sus intereses materiales. Todas las políticas que hasta ahora fueron pensadas y proyectadas por el G-20 apuntan a salvar el sistema económico-financiero, con correcciones y regulaciones (que hasta ahora no se realizaron) para que todo vuelva a lo que era antes. Antes reinaba la especulación más desvergonzada que se pueda imaginar. Basta pensar que el capital productivo, aquél que se encuentra en las fábricas y en el proceso de generación de bienes, suma 60.000 billones de dólares.

El capital especulativo, basado en papeles, alcanzaba la cifra de 500.000 billones. Circulaba en las bolsas especulativas del mundo entero, gerenciado por verdaderos ladrones y falsarios. La verdadera alternativa sólo puede ser: salvar la vida y la Tierra y poner la economía al servicio de estas dos prioridades. Hay una tendencia al suicidio dentro del capitalismo: prefiere morir o hacer morir antes que renunciar a sus beneficios.

Adital - Aunque fue muy esperada la COP 15, que se realiza en Copenhague, Dinamarca, parece no apuntar hacia resultados eficaces y hacia compromisos más serios. ¿Cuál debe ser el papel de la sociedad civil en caso de que los resultados no sean los esperados?

Leonardo Boff - Llegamos a un punto en el que todos seremos afectados por los cambios climáticos. Todos corremos riesgos, inclusive el de que gran parte de la humanidad tenga que desaparecer por no conseguir adaptarse ni mitigar los efectos maléficos del calentamiento global. No podemos confiar nuestro destino a representantes políticos que, en realidad, no representan a sus pueblos sino a los capitales con sus intereses presentes en sus pueblos. Necesitamos nosotros mismos asumir una tarea salvadora. Cada uno en su lugar, cada comunidad, cada entidad, en fin, todos debemos comenzar a hacer algo para dar un rumbo diferente a nuestra presencia en este planeta. Si no podemos cambiar el mundo, sí podemos cambiar este pedazo de mundo que somos cada uno de nosotros.

Sabemos gracias a la nueva biología y por la física de las energías que toda actividad positiva, que va en la dirección de la lógica de la vida, produce una resonancia morfogenética, tal como se dice. En otras palabras, el bien que hacemos no queda reducido a nuestro espacio personal. Ese bien resuena lejos, se irradia y entra en las redes de energía que vinculan a todos con todos, reforzando el sentido profundo de la vida. De ahí pueden ocurrir surgimientos sorprendentes que apunten hacia un nuevo modo de vivir sobre el planeta y nuevas relaciones personales y sociales más inclusivas, solidarias y compasivas. Efectivamente, se nota por todos lados que la humanidad no está inmóvil ni endurecida por las perplejidades. Miles de movimientos están buscando formas nuevas de producción y alternativas que respondan a los desafíos.

Solamente hablando de ONGs, existen más de un millón en el mundo entero. Es un movimiento de base y no de cúpulas, las cuales siempre interrumpen los cambios.

Adital - Nunca las cuestiones ambientales estuvieron tan en evidencia como en los últimos años. Términos como "calentamiento global" y "cambios climáticos", a pesar de varios alertas realizados hace bastante tiempo, hoy son parte de la vida cotidiana de mucha gente en todo el planeta. ¿En esta "crisis de civilización" todavía hay tiempo para hacer algo? ¿De dónde podrá venir esa "salvación"?

Leonardo Boff - Si trabajamos con los parámetros de la física clásica, la inaugurada por Newton, Galileo Galilei y Francis Bacon, orientada por la relación causa-efecto, estamos perdidos. No tenemos tiempo suficiente para introducir cambios, ni sabiduría para aplicarlos. Iríamos fatalmente al encuentro de lo peor. Pero si cambiamos de registro y pensamos en términos de proceso evolutivo, cuya lógica viene descripta por la física cuántica que ya no trabaja con materia sino con energía (la materia, por la fórmula de Einstein, es energía altamente condensada), ahí el escenario cambia de figura.

Del caos nace un nuevo orden. Las turbulencias actuales preanuncian una emergencia nueva, venida de aquel trasfondo de Energía que subyace en el universo y en cada ser (llamado también Vacío Cuántico o Fuente Originaria de todo ser). Las emergencias o surgimientos introducen una ruptura e inauguran algo nuevo todavía no ensayado. Así, no sería extraño que de repente, los seres humanos volvieran en sí y pensaran una articulación central de la humanidad para atender las demandas de todos con los recursos de la Tierra, recursos que, si son racionalmente gerenciados, son suficientes para nosotros los humanos y para toda la comunidad de vida (animales, plantas y otros seres vivos).

Posiblemente, llegaríamos a esto sólo ante un peligro inminente o después de un desastre de grandes proporciones. Ya decía Hegel: el ser humano no aprende nada de la historia, sino que aprende todo del sufrimiento. Prefiero a San Agustín que en las Confesiones reflexionaba: el ser humano aprende a partir de dos fuentes de experiencia: el sufrimiento y el amor. El sufrimiento por la Madre Tierra y por sus hijos e hijas y el amor por nuestra propia vida y supervivencia van a salvarnos.

Entonces, no estaríamos frente a un escenario de tragedia cuyo fin es fatal o inevitable sino de una crisis que nos acrisola y purifica y nos crea la oportunidad de un salto rumbo a un nuevo ensayo civilizatorio, éste sí, caracterizado por el cuidado y por la responsabilidad colectiva por la única Casa Común y por todos sus habitantes.

Adital - Hay varias demandas pidiendo que la Corte Penal Internacional reconozca los delitos ambientales como crímenes de lesa humanidad. ¿Usted piensa que sería una alternativa?

Leonardo Boff - Las leyes solamente tienen sentido y funcionan cuando previamente se ha creado una nueva conciencia con los valores ligados al respeto y al cuidado de la vida y de la Tierra, percibida como nuestra Madre, pues nos provee todo lo que necesitamos para vivir. Si existe esa conciencia, puede materializarse en leyes, tribunales y cortes que hagan justicia a la vida, a la Humanidad y a la Tierra con castigos ejemplares. En el caso contrario, los tribunales sólo tienen un carácter legalista, de difícil aplicación, sin su necesaria aura moral, que le confiera legitimidad y reconocimiento por parte de todos.

Entonces debemos primero trabajar en la creación de esa nueva conciencia. Yo mismo estoy trabajando con un pequeño grupo, a pedido de la Presidencia de la Asamblea de la ONU, en una Declaración Universal del Bien Común de la Tierra y de la Humanidad. Esa declaración deberá difundirse por todos los medios de comunicación, especialmente por Internet, para favorecer la creación de esta nueva conciencia de la humanidad. La nueva centralidad no es más el desarrollo sustentable, sino la vida, la humanidad y la Tierra, entendida como Gaia, un superorganismo vivo.

Adital - Por otro lado, no se piensa en nada orientado hacia el consumo, por ejemplo, que no tenga interferencia directa en el caos que se produjo en la Tierra. ¿Podría hablar un poco sobre eso?

Leonardo Boff - El propósito de todo el proyecto de la modernidad, nacido en el siglo XVI, está asentado sobre la voluntad de poder que se traduce en la voluntad de enriquecimiento, que presupone la dominación y explotación ilimitada de los recursos y servicios de la Tierra. En nombre de esta intención se construyó el proyecto-mundo, primero por las potencias ibéricas, después por las centroeuropeas y finalmente por la hegemonía estadounidense. Al principio no había cómo darse cuenta de las consecuencias funestas de esta empresa, pues ésta incluía entender la Tierra como un simple baúl de recursos, algo sin espíritu que podría ser tratado como quisiéramos. Surgió el gran instrumento de la tecno-ciencia que facilitó la concreción de este proyecto. Transformó el mundo, surgió la sociedad industrial y actualmente la sociedad de la información y de la automatización.

Toda esta civilización ofrece a los seres humanos, como felicidad, la capacidad de consumo sin obstáculos, sea de bienes naturales, sea de bienes industriales. Llegamos a un punto en el que consumimos un 30% más de lo que la Tierra puede reproducir. Ella está perdiendo más y más sustentabilidad y su biocapacidad; simplemente no aguanta más el nivel excesivo de consumo por parte de los dueños del poder y de los controladores del proceso de la modernidad.

El 20% de los más ricos consume el 82,4% de toda la riqueza de la Tierra, mientras que el 20% de los más pobres tiene que contentarse con sólo el 1,6% de la riqueza total. Ahora nos damos cuenta de que una Tierra limitada no soporta un proyecto ilimitado. Si quisiéramos universalizar el nivel de consumo de los países ricos para toda la Humanidad, los cálculos ya fueron hechos: necesitaríamos por lo menos 3 Tierras iguales a ésta, lo que se revela como una imposibilidad. Tenemos que cambiar, en el caso de que queramos superar esta injusticia social y ecológica universal y tener un mínimo de equidad entre todos.

Adital - ¿Hasta qué punto cree usted que la sociedad civil organizada puede ser agente de una nueva práctica de consumo?

Leonardo Boff - Se debe comenzar por algún lugar. El lugar más inmediato es comenzar por cada uno. El desafío, frente al problema universal, es convencerse de que podemos ser más con menos. Importa hacer la opción por una simplicidad voluntaria y por un consumo compasivo y solidario pensando en todos los demás hermanos y hermanas y demás seres vivos de la naturaleza que padecen hambre y están sufriendo todo tipo de carencias. Pero para ello, debemos realizar la experiencia radicalmente humana de que de hecho todos somos hermanos y hermanas y que somos ecointerdependientes y que formamos una comunidad de vida.

La economía se orientará para producir lo que realmente necesitamos para vivir y no para acumular ni para lo superfluo, una economía de lo suficiente y de lo decente para todos, respetando los límites ecológicos de cada ecosistema y obedeciendo los ritmos de la naturaleza. Esto es posible. Pero precisamos de una "metanoia" bíblica, de una transformación de nuestros hábitos, de nuestra mente y de nuestros corazones. Esta transformación constituye la espiritualidad. No es facultativa, es necesaria. Cada uno es como una gota de lluvia. Una moja poco. Pero millones y millones de gotas hacen una tempestad, ahora es necesario un tsunami del bien.

Adital - Brasil, a causa de la Floresta Amazónica y otras florestas nativas, debería tener un papel fundamental en la cuestión ambiental. ¿Cómo evalúa usted la postura del gobierno brasilero en relación con el tema?

Leonardo Boff - El gobierno brasilero no acumuló todavía la suficiente masa crítica ni la conciencia de la importancia de la floresta amazónica en la consecución del equilibrio climático de toda la Tierra. Si el problema es el exceso de dióxido de carbono en la atmosfera, entonces son las florestas las grandes secuestradoras de este gas que produce el efecto invernadero y, en consecuencia, el calentamiento global.

Ellas absorben los gases contaminantes por medio de la fotosíntesis y los transforman en biomasa, liberando oxígeno. En vez de establecer la meta de deforestación cero y en esa posición ser rígido e implacable, por amor a la humanidad y a la Tierra, el gobierno establece que para 2020 va a reducir la deforestación en un 15%. Y hay políticas contradictorias, pues por un lado el Ministerio de Medio Ambiente combate la deforestación, y por el otro el BNDS financia proyectos de expansión de la soja y de la actividad pecuaria que avanzan sobre la floresta. Por detrás están los grandes intereses del agronegocio que presionan al gobierno a mantener una política flexible y que daña para el equilibrio de la Tierra.

Adital - Se ve la gran actuación de movimientos sociales y entidades en defensa de la naturaleza, reclamando más de sus gobiernos en ámbitos internacionales. ¿Cree que hay, en este momento, más empoderamiento?

Leonardo Boff - Pienso que la Cumbre de Copenhague tendrá una función semejante a la que tuvo la Eco-92 en Río de Janeiro. Después de la Eco-92 surgió en el mundo entero la cuestión de la sustentabilidad y de la crítica al sistema del capital visto como esencialmente anti-ecológico, pues implica una producción ilimitada a costa de la extracción ilimitada de los recursos y servicios de la naturaleza. Creo que a partir de ahora la Humanidad tomará conciencia de que, a partir de la sociedad civil mundial, de los movimientos, organizaciones, instituciones, religiones e iglesias, cambia de rumbo o tendrá que aceptar entonces la aniquilación de la biodiversidad y el riesgo del exterminio de millones y millones de seres humanos, no excluida la eventualidad de la desaparición de la propia especie humana.

Esta conciencia va a encontrar los medios para presionar a las empresas, a los grandes emprendimientos y a los Estados para hallar una nueva relación con la Tierra. El problema no es la Tierra, sino nuestra relación para con ella, relación de agresión y de explotación implacable. Necesitamos establecer un acuerdo Tierra y Humanidad para que ambos puedan convivir interdependientemente, con sinergia y espíritu de reciprocidad. Sin esto no tendremos futuro. El futuro vendrá a partir de la fuerza de la simiente, es decir, de las prácticas humanas personales y comunitarias que crean redes, ganan fuerza y consiguen imponer un nuevo orden que garantizará un nuevo tipo de historia.

Fuente: Entrevista de Rogéria Araújo para ADITAL. Traducción: Daniel Barrantes - barrantes.daniel@gmail.com

20/12/09

“Planeta tierra, tenemos un problema: sin rumbo y hundiéndonos. Repetimos…”, por Joan Buades

Finalmente la Conferencia de Copenhague se cierra con un “acuerdo”, pero absolutamente insuficiente y lamentable. Incluso se saltan la cita prevista en México para finales de 2010 y la aplazan siete años más, hasta el 2016. Copenhague pasará a la historia como el punto de no retorno de la credibilidad del sistema mundial que hemos conocido tras la Segunda Guerra Mundial y el final de la Guerra Fría. El carácter patriotero e irresponsable que los máximos dirigentes de los países que generan más del 40% de los gases letales para el clima común supone un fiasco colosal y confirma que nos encontramos en el peor escenario posible.

Después de oír a Wen Jiabao y Barack Obama y contemplar los agónicos intentos fuera de tiempo por salvar la cara ante el mundo, Copenhague pasará a la historia como el punto de no retorno de la credibilidad del sistema mundial que hemos conocido tras la Segunda Guerra Mundial y el final de la Guerra Fría. El carácter patriotero e irresponsable que los máximos dirigentes de los países que generan más del 40% de los gases letales para el clima común supone un fiasco colosal y confirma que nos encontramos en el peor escenario posible. En el discurso probablemente más gris pronunciado por Obama en todo su mandato, se limitó a pedir colaboración a los demás pueblos y se comprometió, si hay suerte en el Senado, a reducir un 3% las emisiones de los EE.UU el 2020 respecto 1990. Jiabao se mantuvo férreo en su negativa a cualquier reducción vinculante aunque China ya sea el primer país contaminante del Planeta. Y eso que, justo antes, el presidente Lula les había exhortado a salir de Copenhague con un acuerdo real, a la altura de las necesidades de la Humanidad más vulnerable y pobre en África, América Latina y Asia. No dan para más.

Un órgano tan cercano al corazón del sistema mundial neoliberal que ha creado el problema, el Financial Times, señalaba ayer que Copenhague, lejos de suponer la puesta de largo en un mundo multipolar, anuncia el “nuevo caos”. Sin objetivos vinculantes de reducción de gases contaminantes, con un horizonte de inversión en el Sur equivalente al 3% de la actual ayuda oficial al desarrollo para 2010-2012 y que apenas llegaría a doblar la AOD de hoy en 2020, y sin haber adoptado ningún mecanismo real para reducir el impacto de los dos grandes olvidados del Tratado de Kioto (la deforestación y el transporte internacional, que están en el origen de un tercio de las emisiones), el mensaje del “acuerdo Copenhague” es claro: la fiesta ha terminado, nadie está al mando, que cada uno se busque la vida como pueda. Es más, se saltan la cita prevista en México de finales de 2010 y la aplazan siete años, para 2016. Realmente desolador para los 6.800 millones de seres humanos que vivimos hoy y una angustiosa herencia para los 2.000 millones más que nacerán en los próximos 40 años. Esta falta de coraje político y de talla como estadistas se da mientras se ha conseguido una amplísima mayoría de países en Naciones Unidas (112 de 192) para que haya un tratado vinculante que permita un aumento máximo de las temperaturas de 1°5C y un decrecimiento de las emisiones hasta las 350 partes de CO2 por millón consideradas el umbral de seguridad climática para la Humanidad. Claro que, entre los 112 estados no figura ni los EE.UU, ni China, ni ninguno de la UE, así como tampoco Japón ni Australia. La foto de los ausentes dice mucho de por qué Copenhague ha fracasado.

¿Dónde podemos mirar? ¿Podemos aprender algo positivo de la Cumbre? El poeta Hölderlin escribió que “donde hay peligro /crece también la esperanza”. Ante el desbarajuste y la frivolidad de los VIP, es tiempo de volver la mirada a las propuestas surgidas en el KlimaForum, la llamada cumbre popular por el clima. Con energías limpias y renovadas por los 100.000 manifestantes que desfilaron el sábado exigiendo justicia climática, la declaración final, suscrita ya por cerca de 400 organizaciones en todo el Planeta, orienta sobre cómo podemos tomar la iniciativa y reclamar poder democrático mundial ante unos dirigentes ineptos para cuidar el aire que respiramos. Sus soluciones a la catástrofe climática pasan por garantizar una transición hacia una sociedad pospetróleo basada en la apuesta masiva por fuentes verdes de energía y la equidad entre el Norte y el Sur. Sus ideas son, realmente, sugerentes. Deberíamos empezar plantearnos abandonar completamente las energías fósiles en 30 años, recortando un 40% de las emisiones letales antes de 2020. El Norte tendría que compensar inmediatamente al Sur por la deuda climática acumulada para ayudarle a superar su extrema vulnerabilidad a la inestabilidad climática. Hay que enterrar el tráfico de contaminación vía “mercados del carbono” y dar paso a un acuerdo vinculante, real y justo de obligado cumplimiento por los estados y grandes corporaciones transnacionales. Y, finalmente, debemos cultivar una relación sostenible con el resto de la Naturaleza, especialmente en lo que tiene que ver con la producción y transporte de alimentos, energía, el uso del suelo y la disponibilidad de agua. KlimaForum cuenta con una ventaja crucial sobre Chimérica, la UE y el resto de Grandes Dinosaurios: son realistas y saben que no tenemos un Planeta B. Empieza una carrera contra el tiempo y la mejor alternativa vuelve a ser volverse ciudadanos activos, buscar y compartir aquello que nos une como seres humanos por encima de las barreras nacionales y, sobre todo, desobedientes con un poder ciego a la catástrofe en marcha. Será la gran tarea de esta generación, la nuestra: cambiar el sistema para preservar la vida humana sobre la Tierra.

Fuente: ALBA SUD. Investigación y Comunicación para el Desarrollo

Durante todo el desarrollo de la Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, Joan Buades, miembro de ALBA SUD desplazado a Copenhague, ha realizado una cobertura especial informando a diario de lo que ha ido ocurriendo dentro y fuera de la Conferencia, poniendo especial atención a los principales debates en curso.

El día de la infamia, por Andrés Sánchez

“Ayer, 7 de diciembre de 1941 -una fecha que vivirá en la infamia- los Estados Unidos de América fueron repentina y deliberadamente atacados”. Así comenzó el entonces presidente de los EEUU, Franklin D. Roosevelt, su discurso al Congreso para declarar la guerra a Japón. Ayer, 18 de diciembre de 2009, todos vivimos en Copenhague otro día infame.

No es sólo que los líderes políticos no hayan estado a la altura. Es que repentina y deliberadamente han atacado nuestro presente y nuestro futuro. Han echado por tierra el dictamen de los científicos, presentado por el Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC) en 2007. Panel en el que participan 3.000 científicos de todos los países del mundo, que se basan en artículos e investigaciones elaboradas y revisadas por decenas de miles, y que dejó las cosas muy claras. Primero, que estamos viviendo un cambio climático acelerado; que no está en las simulaciones de los ordenadores, sino en las mediciones de los termómetros y satélites. Segundo, que su causa es la actividad humana. Tercero, que no hacer nada tendrá consecuencias letales para millones de personas y para muchos ecosistemas y especies. Cuarto, que actuar para prevenir es más económico (y justo) que actuar para reparar, entre otras cosas porque hay y habrá daños irreparables, como las vidas humanas o la supervivencia de una especie.

El Cuarto Informe del IPCC tuvo su consecuencia política en el Plan de Acción de Bali: la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (UNFCCC). Básicamente, establecía una hoja de ruta que terminaba ayer en Copenhague, donde la comunidad internacional se marcaba cuatro objetivos e instrumentos para cumplirlos. Primero, reducir el problema del cambio climático, reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero (entre un 25% y un 40% en 2020 los países avanzados, y con objetivos también para los países emergentes); es la llamada “mitigación”. Segundo, definir políticas de adaptación, para reducir los riesgos asociados al cambio climático ya en marcha. Tercero, favorecer la transferencia tecnológica. Y por último, establecer mecanismos de financiación para los países pobres. Esto fue aprobado por los 192 miembros de la Convención; en su momento; se destacó que incluso los EEUU de la administración Bush, acorralada por el fiasco iraquí y empantanada en Afganistán, votó favorablemente a este Plan de Acción.

Ayer no tuvimos un parón, sino un retroceso. Porque lo que se ha aprobado es nada, es sustituir un protocolo vinculante por una mera declaración de que los países harán lo que quieran para reducir sus emisiones. O no. Porque nadie vigila al vigilante.

Nos han hecho retroceder respecto al Plan de Acción de Bali de 2007, respecto al Protocolo de Kioto de 1997, respecto a la Cumbre de Río de 1992 que fue el origen de la Convención, respecto a lo que dice la ciencia, respecto a nuestra responsabilidad histórica. Los líderes mundiales han traicionado la palabra dada hace dos años, nos han puesto en el borde del abismo. ¿De verdad alguien se cree que en 2010, o más allá, van a dar la vuelta a la situación? Sin que haya costes para los responsables de esta infamia, no tenemos ninguna garantía. Hay tres grandes responsables del desastre, a los que hay que hacerles pagar.

Primero, EEUU. Obama en apenas un mes se ha mostrado como el gran bluff, la última “burbuja” especulativa. En lugar de agradecer y hacer honor al Nobel que temerariamente se le concedió, lo ha utilizado para hacer una apología de la guerra. No sólo no ha salvado el protocolo de Kioto, sino que lo ha hundido. Gracias, Barack. ¿Qué podemos hacer? Pues se puede empezar por oponerse a enviar 515 soldados españoles más a la guerra de Afganistán. Y por replantearnos que hacen los mil y pico que ya están allí. Y todos los europeos. Porque ahora mismo lo único que está en juego en Afganistán es el prestigio norteamericano, el no quedarse solos y salir humillados. Afganistán tiene tanta relación con el 11S como Hamburgo y Orlando.

Segundo, China. Sería el momento de vincular palos y zanahorias. Es decir: si importamos sus productos, ¿por qué no esperar que cumplan los derechos humanos? ¿O que controles sus emisiones de gases de efecto invernadero? ¿Por qué no vincular los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio y los de la Convención Marco sobre Cambio Climático, a las que pertenece China, EEUU o la UE?

Tercero, la Unión Europea. Ninguneada en la cumbre. Cada día más irrelevante. Necesitamos más, no menos Europa. Que cierre alianzas con otros países y bloques regionales, en especial Latinoamérica, y más especialmente aún Brasil. Que ponga en valor su contribución en fuerzas de paz, en cooperación internacional para contribuir a la justicia global.

Los ciudadanos podemos y debemos actuar. No nos han dejado otra salida. Oponiéndonos a que EEUU salve la cara a costa de bombardear bodas en Afganistán; exigiendo que los acuerdos internacionales no sean un buffet libre; construyendo más Europa, y más redes de ciudadanía global, de democracia cooperativa y transversal, Norte/Sur, Este y Oeste.

Los ecologistas también tenemos mucho que hacer. La infamia de Copenhague tiene que marcar un antes y un después. Tomo prestado de Ulrich Beck la fórmula: el ecologismo necesita un Maquiavelo. Dicho de otro modo: que las políticas ecológicas se emancipen de la moral ecologista. Para poder ser efectivas, para poder cambiar el mundo. No nos podemos permitir otra derrota global como la que hemos sufrido en Copenhague. No nos podemos permitir otro día de la infamia.

Fuente: Andrés Sánchez. Sociólogo e Investigador de la Universidad de Almería