Desde una perspectiva cristiana, el capitalismo es un sistema inhumano que clama al cielo, un pecado colectivo
En estos días asistimos a la escenificación del principal misterio de la existencia humana. Lo de menos es que sea una escena vinculada a una religión concreta. A cualquier persona que tenga todavía un mínimo de sensibilidad (a pesar del ambiente anestesiante que provoca la minoría que monopoliza el poder económico) le inquieta no saber por qué y para qué está en el mundo. La Navidad cristiana pretende responder a estos interrogantes con un mensaje que muy pocos se toman en serio. Se trataría de una encantadora leyenda popular: Dios (con todo lo que significa en nuestra cultura) ha tomado la condición humana en el niño Jesús, que en su madurez morirá crucificado, pero así redime nuestros pecados. Si creemos que es Dios, nos concederá, tras la muerte, la eterna beatitud de estar con él. Así explicadas las cosas, no convencen a un adulto del siglo XXI con cierta cultura. La Iglesia católica presume de monopolizar las respuestas correctas, pero estas aún convencen menos. Y es que no se trata de creer o no creer, de tener fe o no tenerla. Es cuestión (fundamental) de lenguaje. Lo primero que hay que aclarar es la divinidad de Jesús de Nazaret, explicada por la moderna cristología en términos más razonables y comprensibles.
Siempre se habló sobre la divinidad de Jesús. Ahora se destaca la divinidad en Jesús. No se le endiosa, se le entusiasma. El teólogo Karl Rahner sostiene que Jesús no es un dios que se reviste de humanidad como si fuera un traje. ¿Qué valor ejemplar tendrían sus buenas obras si las hacía un dios omnipotente? Tener dos naturalezas (la divina más la humana) no aclara nada y lo complica todo. ¿Cuándo es humano Jesús y cuándo no? La realidad es que era un hombre normal, cada vez más consciente de su vocación o llamada divina: la que brota de la entraña de todo ser humano; lo que de Dios tenemos todos por el simple hecho de estar vivos. La encarnación de Dios en Jesús no es una irrupción celestial, sino algo radical de la singular materia humana, que lleva la huella de la mano que la moldeó. El obispo claretiano catalán Pere Casaldàliga lo llama «el ADN divino». Esa conciencia radical es una llamada a la responsabilidad social y política. El Dios del profeta galileo es un dios revolucionario que no soporta la injusticia y la opresión. Todo ser humano es sagrado. Luchar contra todo mal que se le haga es un deber religioso que puede conllevar vivir crucificado. Todos, creyentes o no, coinciden, por humanidad, en que la vida debe regirse por el amor y no por el odio egoísta. En ese sentido, el cristianismo es la religión más humana, pues todo lo cifra en el amor universal sin discriminación y en su correlato, el combate no violento por la justicia, la sociedad sin clases y la liberación de los pueblos explotados. Desde una perspectiva cristiana, el capitalismo es un sistema inhumano que clama al cielo; un pecado colectivo, una sustitución sacrílega del Templo por el Mercado.
Siempre se ha hablado mucho del silencio, la ausencia y la muerte de Dios. Se le ha negado poder y bondad, pues permite el mal cuando no lo provoca a través de religiones fanáticas, violentas, intolerantes, de moralismo rígido e inhumano. Todo ello es un reconocimiento implícito y espontáneo de que ese Dios no puede ser verdad. La gente intuye que, si existe un Dios, no debe ser así. Porque la naturaleza humana sabe ya, tras unos cuantos siglos, lo que es humano y lo que no lo es. La Iglesia vaticana y jerárquica ha dado a menudo pruebas de inhumanidad. En cambio, muchos increyentes han tenido más fe en lo humano. Su increencia lo era respecto a la versión oficial de Cristo, pues su fe era la misma, en la práctica, que la de Jesús de Nazaret. El teólogo jesuita González Faus ha dicho: «A muchas autoridades eclesiásticas inquisidoras les molesta tanto la palabra Jesús que han dado orden de que en catecismos y libros de texto no se diga Jesús, sino Cristo. Quizá por eso asistimos hoy a persecuciones crueles, que se excusan con que algunos (…) niegan la divinidad de Jesús. No es que la nieguen. Es que, a través de Jesús, se le da a Dios un rostro que no es el que quisieran los inquisidores. Porque los pone en evidencia».
La entrañable leyenda de nuestra infancia es que un niño pobre (que es Dios) nace en un establo porque nadie acoge a su madre embarazada una fría noche de invierno. Parece ser que las cosas ocurrieron de otro modo, pero la leyenda responde a un sabio instinto popular, el verdadero: Dios es un dios humano, desvalido y pobre, al que nadie acoge. El Dios que se hace presente en el mundo (en el doble sentido de presencia y regalo) se identifica con todos nosotros para que nos identifiquemos con él y, como Jesús, le imitemos en su amor por todos y en el combate por la paz en la justicia. Más allá del cava, el belén y los regalos, conmemoramos (hacemos memoria juntos) el principal misterio de la existencia humana: estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Seamos, pues, un Dios humano, desvalido y pobre, para que nos acojan como algo suyo los humillados y ofendidos de la Tierra.
José Antonio González Casanova es Catedrático de Derecho Constitucional. Autor de El Dios presente
Fuente: El Periódico de Catalunya
26/12/09
Porque Dios es poesía en la cual se cree, por Enrique Miret Magdalena
La religión en la que creo no es cosa de tristes gruñones, sino ayuda mutua
A mis 94 años he llegado a la conclusión de que todo tiene importancia y nada tiene importancia, porque la buena vida sólo consiste en saber aprovecharse tanto de las cosas buenas como de las malas.
He aprendido esto de los grandes sabios antiguos, como Píndaro, y de los modernos, como Ortega y Gasset: lo único decisivo es ser lo que somos porque nuestra realidad, como toda realidad, siempre tiene algo de bueno. También el gran pensador francés André Maurois me enseñó, a fuerza de equivocarme, que "hay que tratar las catástrofes como molestias y jamás las molestias como catástrofes", porque, como afirmaba Tolstoi, "la felicidad no depende de acontecimientos externos, sino de cómo los consideremos".
Hoy es un día especial para mí porque de algún modo reu-nimos en esta mesa la labor de casi 100 años, por activa o por pasiva, y yo, que soy tan proclive a la sabiduría de Oriente, he acabado por aprender, mal que bien, lo que me ha descubierto y los hechos me han confirmado: "Más vale caminar bien que llegar".
Del mismo modo, tengo que decir que la religión, sin caer en maximalismos ni minimalismos, me ha ayudado mucho en los momentos difíciles. Sostengo que todo lo que has de creer, orar y practicar está contenido en el Padre Nuestro. Y me inspiro en los discípulos próximos a Jesús y en ese pequeño libro del siglo I, la Didajé, que se traduce por Enseñanza o Doctrina y que nos muestra que toda conducta positiva ha de basarse en la regla de oro: "No hagas a los demás lo que no quieras para ti". Igualmente, el Pastor de Hermás nos dijo en el siglo II que "todo el que está alegre obra bien y piensa bien".
La religión en la que creo no es cosa de tristes gruñones, sino apertura y ayuda mutua, que siempre repercutirá en un mundo mejor, sea cual sea nuestro pensamiento: por eso, con el tiempo, mi fe se ha vuelto más sencilla y más dependiente de lo interior y de una conducta abierta a los demás. Porque Dios, lejos de ser un amo exigente, es "poesía en la cual se cree".
Mis años, finalmente, se resumen en lo que debo a mi mujer, que colgó los hábitos científicos para dedicarse a la educación de nuestros hijos y, siempre mirando hacia la izquierda, ayudar a quien lo necesitase.
El teólogo Enrique Miret Magdalena falleció el pasado 12 de octubre. Este texto es el que leyó a su familia durante su penúltimo cumpleaños, siguiendo una vieja costumbre que repetía año tras año. De alguna forma, es una síntesis de su manera de ver la vida y de entender el compromiso con los demás.
Fuente: El País
Más información de Enrique Miret Magdalena en Wikipedia
A mis 94 años he llegado a la conclusión de que todo tiene importancia y nada tiene importancia, porque la buena vida sólo consiste en saber aprovecharse tanto de las cosas buenas como de las malas.He aprendido esto de los grandes sabios antiguos, como Píndaro, y de los modernos, como Ortega y Gasset: lo único decisivo es ser lo que somos porque nuestra realidad, como toda realidad, siempre tiene algo de bueno. También el gran pensador francés André Maurois me enseñó, a fuerza de equivocarme, que "hay que tratar las catástrofes como molestias y jamás las molestias como catástrofes", porque, como afirmaba Tolstoi, "la felicidad no depende de acontecimientos externos, sino de cómo los consideremos".
Hoy es un día especial para mí porque de algún modo reu-nimos en esta mesa la labor de casi 100 años, por activa o por pasiva, y yo, que soy tan proclive a la sabiduría de Oriente, he acabado por aprender, mal que bien, lo que me ha descubierto y los hechos me han confirmado: "Más vale caminar bien que llegar".
Del mismo modo, tengo que decir que la religión, sin caer en maximalismos ni minimalismos, me ha ayudado mucho en los momentos difíciles. Sostengo que todo lo que has de creer, orar y practicar está contenido en el Padre Nuestro. Y me inspiro en los discípulos próximos a Jesús y en ese pequeño libro del siglo I, la Didajé, que se traduce por Enseñanza o Doctrina y que nos muestra que toda conducta positiva ha de basarse en la regla de oro: "No hagas a los demás lo que no quieras para ti". Igualmente, el Pastor de Hermás nos dijo en el siglo II que "todo el que está alegre obra bien y piensa bien".
La religión en la que creo no es cosa de tristes gruñones, sino apertura y ayuda mutua, que siempre repercutirá en un mundo mejor, sea cual sea nuestro pensamiento: por eso, con el tiempo, mi fe se ha vuelto más sencilla y más dependiente de lo interior y de una conducta abierta a los demás. Porque Dios, lejos de ser un amo exigente, es "poesía en la cual se cree".
Mis años, finalmente, se resumen en lo que debo a mi mujer, que colgó los hábitos científicos para dedicarse a la educación de nuestros hijos y, siempre mirando hacia la izquierda, ayudar a quien lo necesitase.
El teólogo Enrique Miret Magdalena falleció el pasado 12 de octubre. Este texto es el que leyó a su familia durante su penúltimo cumpleaños, siguiendo una vieja costumbre que repetía año tras año. De alguna forma, es una síntesis de su manera de ver la vida y de entender el compromiso con los demás.
Fuente: El País
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Una reincidente soledad, por José Carlos Garcia Fajardo
“Los ritos son necesarios”, le dice el zorro a su nuevo amigo, el Principito, “un rito es lo que distingue un día de otro, un tiempo de otro similar”. ¿Qué más dará una fecha que otra si el tiempo es usura de la vida? Pero los seres humanos necesitamos la celebración siguiendo el curso de la naturaleza.
Antes, celebraban la siega o la vendimia, los ritos de amor o de paso. O fiestas religiosas que venían a coincidir con ancestrales costumbres relacionadas con los ciclos de la agricultura. Hoy celebramos el permanecer vivos y tratamos de dar sentido a cada momento de nuestra existencia porque se nos escapa el sentido de una vida.
Algo no va bien en el mundo y no nos atrevemos a acometer las causas contentándonos con aliviar algún efecto de esa injusticia estructural, para calmar algo la conciencia, de ahí las limosnas y los aguinaldos. Pero nos lanzamos en la vorágine de un consumismo descabellado.
Nos echamos a la calle a comprar para éste o para el otro, mientras durante el resto del año no somos capaces de encontrar un momento para saber cómo se encuentra, para escucharlo. En estos momentos corremos el riesgo de convertir “al otro” en objeto de nuestra solicitud, cuando el otro siempre es sujeto que sale al encuentro y nos interpela.
Esta es nuestra asignatura pendiente, escuchar y acoger, dejarnos querer sin abrumar con nuestros consejos o con nuestros regalos. Dejar a las personas como están sin intentar cambiarlas. ¿Por qué cuando alguien dice que nos quiere pretende cambiarnos? Pero si tú me has conocido así, como un disparate que contrastaba y complementaba el tuyo, ¿por qué ahora que vamos madurando pretendemos cambiarnos? Deja a las piedras que sean piedras sin intentar transformarlas en pan. Cuando nos conocimos, yo era un abedul y tú una palmera, nos reíamos y nos sabíamos alas de un mismo vuelo, no nos deteníamos a mirarnos uno al otro sino que aprendimos a mirar juntos en la misma dirección.
Aprendimos a compartir el pan y el vino pero sin morder el mismo trozo ni servirnos del mismo vaso. Aquel día, después de una crisis, comprendimos las palabras de Khalil Gibrán: sed como las columnas del templo, todas sostienen la bóveda pero el aire circula entre ellas.
Así nosotros en estos días de algarada tratemos de recuperar la cordura: no es Navidad porque lo digan los grandes almacenes. No es preciso agobiarnos gastando un dineral y perdiendo los papeles. Ni tan siquiera es necesario comer y beber hasta hartarse y perder el gusto por la comida y la bebida. Nos obligamos a reír y a divertirnos y, al final, es eso: nos di-vertimos, nos apartamos de nosotros mismos y del camino, extraviándonos.
¿No es en estas fiestas cuando nos acomete una extraña soledad, una especie de vacío que llamamos nostalgia y que no es más que hastío? Se diría que tenemos que caer bien a todo el mundo, felicitar hasta a las farolas y empeñarnos en retrasar la hora del sueño como si temiéramos no seguir viviendo.
Esta es la más oculta razón de los ritos en el solsticio de invierno mientras que, en el de verano, por San Juan, tenemos que celebrar con cantos, bailes y hogueras la necesidad de afirmarnos y de perpetuarnos con todo nuestro ser.
Para esto sirven los ritos y las celebraciones, para afirmarnos y aceptarnos, para asumir nuestra maduración y tratar de ser coherentes con las aportaciones de ese tiempo nuevo que vamos haciendo, porque el tiempo no existe. Según lo vamos necesitando lo vamos hilando; por eso hay un tiempo cronos, siempre igual, y un tiempo kairós, un tiempo existencial, de plenitud y de alborozo, de celebración y hasta de exceso. Como aquel tiempo que eternizaba Zorba cuando bailaba el sirtaki en la playa inmensa sin consuelo por la muerte de su único hijo.
Por eso tenemos que aprovechar todos los momentos especiales para hacernos cómplices con la vida, y sostener con Sábato: “Tengo la convicción de que debemos penetrar en la noche y, como centinelas, permanecer en guardia por aquellos que están solos y sufren el horror ocasionado por este sistema que es mundial y perverso. Un grito en la mitad de la noche puede bastar para recordarnos que estamos vivos, y que de ninguna manera pensamos entregarnos”.
Reconocer que nos debemos a nosotros mismos un gesto absoluto de confianza en la vida y de compromiso con el otro. Así lograremos trazar un puente sobre el abismo.
Es una decisión que en este momento nos debe abrasar el alma. Como el auténtico honor, que no es sino un reconocimiento que la persona de bien se hace a sí misma. Y el camino, como sugería Kafka, consiste en ahondar en el propio corazón porque eso significa ahondar en el corazón de todos los seres humanos. Ya que todos nos buscamos sin saberlo.
Fuente: José Carlos García Fajardo es Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director del Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS). Editor del blog amigo Jubilatería: Bitácora de un jubilata
23/12/09
Leonardo Boff habla sobre los rumbos del planeta tierra y del ser humano
Las movilizaciones sociales y los alardes sobre los perjuicios que la acción humana viene causando al medio ambiente no fueron suficientes para garantizar la concreción de acuerdos eficaces durante la 15ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambios Climáticos (COP-15), concluida el viernes (18) en Copenhague, Dinamarca.Los líderes mundiales demostraron una vez más la preferencia por el desarrollo del capital en detrimento de la vida. Aún así, la postura de desdén para con los problemas climáticos del planeta no está paralizando las acciones de la población en su lucha por pequeños cambios. La evidencia dada a la causa ambiental ha servido para generar conciencia y, de a poco, cambiar malos hábitos de consumo. "El lugar más inmediato es comenzar por cada uno", sostiene Leonardo Boff.
En entrevista con ADITAL, el teólogo, filósofo y escritor habla sobre la necesidad de comenzar los cambios en nosotros que van a beneficiar a la Tierra. "Cada uno en su lugar, cada comunidad, cada entidad, en fin, todos debemos comenzar a hacer algo para dar un rumbo diferente a nuestra presencia en este planeta". Para Boff, no debemos depositar nuestras esperanzas en las decisiones que vienen de arriba.
Adital - ¿Cree usted en la voluntad política de los grandes líderes mundiales para revertir la situación climática en la que se encuentra nuestro planeta?
Leonardo Boff - No, no creo. Los grandes no tienen ninguna preocupación que vaya más allá de sus intereses materiales. Todas las políticas que hasta ahora fueron pensadas y proyectadas por el G-20 apuntan a salvar el sistema económico-financiero, con correcciones y regulaciones (que hasta ahora no se realizaron) para que todo vuelva a lo que era antes. Antes reinaba la especulación más desvergonzada que se pueda imaginar. Basta pensar que el capital productivo, aquél que se encuentra en las fábricas y en el proceso de generación de bienes, suma 60.000 billones de dólares.
El capital especulativo, basado en papeles, alcanzaba la cifra de 500.000 billones. Circulaba en las bolsas especulativas del mundo entero, gerenciado por verdaderos ladrones y falsarios. La verdadera alternativa sólo puede ser: salvar la vida y la Tierra y poner la economía al servicio de estas dos prioridades. Hay una tendencia al suicidio dentro del capitalismo: prefiere morir o hacer morir antes que renunciar a sus beneficios.
Adital - Aunque fue muy esperada la COP 15, que se realiza en Copenhague, Dinamarca, parece no apuntar hacia resultados eficaces y hacia compromisos más serios. ¿Cuál debe ser el papel de la sociedad civil en caso de que los resultados no sean los esperados?
Leonardo Boff - Llegamos a un punto en el que todos seremos afectados por los cambios climáticos. Todos corremos riesgos, inclusive el de que gran parte de la humanidad tenga que desaparecer por no conseguir adaptarse ni mitigar los efectos maléficos del calentamiento global. No podemos confiar nuestro destino a representantes políticos que, en realidad, no representan a sus pueblos sino a los capitales con sus intereses presentes en sus pueblos. Necesitamos nosotros mismos asumir una tarea salvadora. Cada uno en su lugar, cada comunidad, cada entidad, en fin, todos debemos comenzar a hacer algo para dar un rumbo diferente a nuestra presencia en este planeta. Si no podemos cambiar el mundo, sí podemos cambiar este pedazo de mundo que somos cada uno de nosotros.
Sabemos gracias a la nueva biología y por la física de las energías que toda actividad positiva, que va en la dirección de la lógica de la vida, produce una resonancia morfogenética, tal como se dice. En otras palabras, el bien que hacemos no queda reducido a nuestro espacio personal. Ese bien resuena lejos, se irradia y entra en las redes de energía que vinculan a todos con todos, reforzando el sentido profundo de la vida. De ahí pueden ocurrir surgimientos sorprendentes que apunten hacia un nuevo modo de vivir sobre el planeta y nuevas relaciones personales y sociales más inclusivas, solidarias y compasivas. Efectivamente, se nota por todos lados que la humanidad no está inmóvil ni endurecida por las perplejidades. Miles de movimientos están buscando formas nuevas de producción y alternativas que respondan a los desafíos.
Solamente hablando de ONGs, existen más de un millón en el mundo entero. Es un movimiento de base y no de cúpulas, las cuales siempre interrumpen los cambios.
Adital - Nunca las cuestiones ambientales estuvieron tan en evidencia como en los últimos años. Términos como "calentamiento global" y "cambios climáticos", a pesar de varios alertas realizados hace bastante tiempo, hoy son parte de la vida cotidiana de mucha gente en todo el planeta. ¿En esta "crisis de civilización" todavía hay tiempo para hacer algo? ¿De dónde podrá venir esa "salvación"?
Leonardo Boff - Si trabajamos con los parámetros de la física clásica, la inaugurada por Newton, Galileo Galilei y Francis Bacon, orientada por la relación causa-efecto, estamos perdidos. No tenemos tiempo suficiente para introducir cambios, ni sabiduría para aplicarlos. Iríamos fatalmente al encuentro de lo peor. Pero si cambiamos de registro y pensamos en términos de proceso evolutivo, cuya lógica viene descripta por la física cuántica que ya no trabaja con materia sino con energía (la materia, por la fórmula de Einstein, es energía altamente condensada), ahí el escenario cambia de figura.
Del caos nace un nuevo orden. Las turbulencias actuales preanuncian una emergencia nueva, venida de aquel trasfondo de Energía que subyace en el universo y en cada ser (llamado también Vacío Cuántico o Fuente Originaria de todo ser). Las emergencias o surgimientos introducen una ruptura e inauguran algo nuevo todavía no ensayado. Así, no sería extraño que de repente, los seres humanos volvieran en sí y pensaran una articulación central de la humanidad para atender las demandas de todos con los recursos de la Tierra, recursos que, si son racionalmente gerenciados, son suficientes para nosotros los humanos y para toda la comunidad de vida (animales, plantas y otros seres vivos).
Posiblemente, llegaríamos a esto sólo ante un peligro inminente o después de un desastre de grandes proporciones. Ya decía Hegel: el ser humano no aprende nada de la historia, sino que aprende todo del sufrimiento. Prefiero a San Agustín que en las Confesiones reflexionaba: el ser humano aprende a partir de dos fuentes de experiencia: el sufrimiento y el amor. El sufrimiento por la Madre Tierra y por sus hijos e hijas y el amor por nuestra propia vida y supervivencia van a salvarnos.
Entonces, no estaríamos frente a un escenario de tragedia cuyo fin es fatal o inevitable sino de una crisis que nos acrisola y purifica y nos crea la oportunidad de un salto rumbo a un nuevo ensayo civilizatorio, éste sí, caracterizado por el cuidado y por la responsabilidad colectiva por la única Casa Común y por todos sus habitantes.
Adital - Hay varias demandas pidiendo que la Corte Penal Internacional reconozca los delitos ambientales como crímenes de lesa humanidad. ¿Usted piensa que sería una alternativa?
Leonardo Boff - Las leyes solamente tienen sentido y funcionan cuando previamente se ha creado una nueva conciencia con los valores ligados al respeto y al cuidado de la vida y de la Tierra, percibida como nuestra Madre, pues nos provee todo lo que necesitamos para vivir. Si existe esa conciencia, puede materializarse en leyes, tribunales y cortes que hagan justicia a la vida, a la Humanidad y a la Tierra con castigos ejemplares. En el caso contrario, los tribunales sólo tienen un carácter legalista, de difícil aplicación, sin su necesaria aura moral, que le confiera legitimidad y reconocimiento por parte de todos.
Entonces debemos primero trabajar en la creación de esa nueva conciencia. Yo mismo estoy trabajando con un pequeño grupo, a pedido de la Presidencia de la Asamblea de la ONU, en una Declaración Universal del Bien Común de la Tierra y de la Humanidad. Esa declaración deberá difundirse por todos los medios de comunicación, especialmente por Internet, para favorecer la creación de esta nueva conciencia de la humanidad. La nueva centralidad no es más el desarrollo sustentable, sino la vida, la humanidad y la Tierra, entendida como Gaia, un superorganismo vivo.
Adital - Por otro lado, no se piensa en nada orientado hacia el consumo, por ejemplo, que no tenga interferencia directa en el caos que se produjo en la Tierra. ¿Podría hablar un poco sobre eso?
Leonardo Boff - El propósito de todo el proyecto de la modernidad, nacido en el siglo XVI, está asentado sobre la voluntad de poder que se traduce en la voluntad de enriquecimiento, que presupone la dominación y explotación ilimitada de los recursos y servicios de la Tierra. En nombre de esta intención se construyó el proyecto-mundo, primero por las potencias ibéricas, después por las centroeuropeas y finalmente por la hegemonía estadounidense. Al principio no había cómo darse cuenta de las consecuencias funestas de esta empresa, pues ésta incluía entender la Tierra como un simple baúl de recursos, algo sin espíritu que podría ser tratado como quisiéramos. Surgió el gran instrumento de la tecno-ciencia que facilitó la concreción de este proyecto. Transformó el mundo, surgió la sociedad industrial y actualmente la sociedad de la información y de la automatización.
Toda esta civilización ofrece a los seres humanos, como felicidad, la capacidad de consumo sin obstáculos, sea de bienes naturales, sea de bienes industriales. Llegamos a un punto en el que consumimos un 30% más de lo que la Tierra puede reproducir. Ella está perdiendo más y más sustentabilidad y su biocapacidad; simplemente no aguanta más el nivel excesivo de consumo por parte de los dueños del poder y de los controladores del proceso de la modernidad.
El 20% de los más ricos consume el 82,4% de toda la riqueza de la Tierra, mientras que el 20% de los más pobres tiene que contentarse con sólo el 1,6% de la riqueza total. Ahora nos damos cuenta de que una Tierra limitada no soporta un proyecto ilimitado. Si quisiéramos universalizar el nivel de consumo de los países ricos para toda la Humanidad, los cálculos ya fueron hechos: necesitaríamos por lo menos 3 Tierras iguales a ésta, lo que se revela como una imposibilidad. Tenemos que cambiar, en el caso de que queramos superar esta injusticia social y ecológica universal y tener un mínimo de equidad entre todos.
Adital - ¿Hasta qué punto cree usted que la sociedad civil organizada puede ser agente de una nueva práctica de consumo?
Leonardo Boff - Se debe comenzar por algún lugar. El lugar más inmediato es comenzar por cada uno. El desafío, frente al problema universal, es convencerse de que podemos ser más con menos. Importa hacer la opción por una simplicidad voluntaria y por un consumo compasivo y solidario pensando en todos los demás hermanos y hermanas y demás seres vivos de la naturaleza que padecen hambre y están sufriendo todo tipo de carencias. Pero para ello, debemos realizar la experiencia radicalmente humana de que de hecho todos somos hermanos y hermanas y que somos ecointerdependientes y que formamos una comunidad de vida.
La economía se orientará para producir lo que realmente necesitamos para vivir y no para acumular ni para lo superfluo, una economía de lo suficiente y de lo decente para todos, respetando los límites ecológicos de cada ecosistema y obedeciendo los ritmos de la naturaleza. Esto es posible. Pero precisamos de una "metanoia" bíblica, de una transformación de nuestros hábitos, de nuestra mente y de nuestros corazones. Esta transformación constituye la espiritualidad. No es facultativa, es necesaria. Cada uno es como una gota de lluvia. Una moja poco. Pero millones y millones de gotas hacen una tempestad, ahora es necesario un tsunami del bien.
Adital - Brasil, a causa de la Floresta Amazónica y otras florestas nativas, debería tener un papel fundamental en la cuestión ambiental. ¿Cómo evalúa usted la postura del gobierno brasilero en relación con el tema?
Leonardo Boff - El gobierno brasilero no acumuló todavía la suficiente masa crítica ni la conciencia de la importancia de la floresta amazónica en la consecución del equilibrio climático de toda la Tierra. Si el problema es el exceso de dióxido de carbono en la atmosfera, entonces son las florestas las grandes secuestradoras de este gas que produce el efecto invernadero y, en consecuencia, el calentamiento global.
Ellas absorben los gases contaminantes por medio de la fotosíntesis y los transforman en biomasa, liberando oxígeno. En vez de establecer la meta de deforestación cero y en esa posición ser rígido e implacable, por amor a la humanidad y a la Tierra, el gobierno establece que para 2020 va a reducir la deforestación en un 15%. Y hay políticas contradictorias, pues por un lado el Ministerio de Medio Ambiente combate la deforestación, y por el otro el BNDS financia proyectos de expansión de la soja y de la actividad pecuaria que avanzan sobre la floresta. Por detrás están los grandes intereses del agronegocio que presionan al gobierno a mantener una política flexible y que daña para el equilibrio de la Tierra.
Adital - Se ve la gran actuación de movimientos sociales y entidades en defensa de la naturaleza, reclamando más de sus gobiernos en ámbitos internacionales. ¿Cree que hay, en este momento, más empoderamiento?
Leonardo Boff - Pienso que la Cumbre de Copenhague tendrá una función semejante a la que tuvo la Eco-92 en Río de Janeiro. Después de la Eco-92 surgió en el mundo entero la cuestión de la sustentabilidad y de la crítica al sistema del capital visto como esencialmente anti-ecológico, pues implica una producción ilimitada a costa de la extracción ilimitada de los recursos y servicios de la naturaleza. Creo que a partir de ahora la Humanidad tomará conciencia de que, a partir de la sociedad civil mundial, de los movimientos, organizaciones, instituciones, religiones e iglesias, cambia de rumbo o tendrá que aceptar entonces la aniquilación de la biodiversidad y el riesgo del exterminio de millones y millones de seres humanos, no excluida la eventualidad de la desaparición de la propia especie humana.
Esta conciencia va a encontrar los medios para presionar a las empresas, a los grandes emprendimientos y a los Estados para hallar una nueva relación con la Tierra. El problema no es la Tierra, sino nuestra relación para con ella, relación de agresión y de explotación implacable. Necesitamos establecer un acuerdo Tierra y Humanidad para que ambos puedan convivir interdependientemente, con sinergia y espíritu de reciprocidad. Sin esto no tendremos futuro. El futuro vendrá a partir de la fuerza de la simiente, es decir, de las prácticas humanas personales y comunitarias que crean redes, ganan fuerza y consiguen imponer un nuevo orden que garantizará un nuevo tipo de historia.
Fuente: Entrevista de Rogéria Araújo para ADITAL. Traducción: Daniel Barrantes - barrantes.daniel@gmail.com
20/12/09
“Planeta tierra, tenemos un problema: sin rumbo y hundiéndonos. Repetimos…”, por Joan Buades
Finalmente la Conferencia de Copenhague se cierra con un “acuerdo”, pero absolutamente insuficiente y lamentable. Incluso se saltan la cita prevista en México para finales de 2010 y la aplazan siete años más, hasta el 2016. Copenhague pasará a la historia como el punto de no retorno de la credibilidad del sistema mundial que hemos conocido tras la Segunda Guerra Mundial y el final de la Guerra Fría. El carácter patriotero e irresponsable que los máximos dirigentes de los países que generan más del 40% de los gases letales para el clima común supone un fiasco colosal y confirma que nos encontramos en el peor escenario posible.
Después de oír a Wen Jiabao y Barack Obama y contemplar los agónicos intentos fuera de tiempo por salvar la cara ante el mundo, Copenhague pasará a la historia como el punto de no retorno de la credibilidad del sistema mundial que hemos conocido tras la Segunda Guerra Mundial y el final de la Guerra Fría. El carácter patriotero e irresponsable que los máximos dirigentes de los países que generan más del 40% de los gases letales para el clima común supone un fiasco colosal y confirma que nos encontramos en el peor escenario posible. En el discurso probablemente más gris pronunciado por Obama en todo su mandato, se limitó a pedir colaboración a los demás pueblos y se comprometió, si hay suerte en el Senado, a reducir un 3% las emisiones de los EE.UU el 2020 respecto 1990. Jiabao se mantuvo férreo en su negativa a cualquier reducción vinculante aunque China ya sea el primer país contaminante del Planeta. Y eso que, justo antes, el presidente Lula les había exhortado a salir de Copenhague con un acuerdo real, a la altura de las necesidades de la Humanidad más vulnerable y pobre en África, América Latina y Asia. No dan para más.
Un órgano tan cercano al corazón del sistema mundial neoliberal que ha creado el problema, el Financial Times, señalaba ayer que Copenhague, lejos de suponer la puesta de largo en un mundo multipolar, anuncia el “nuevo caos”. Sin objetivos vinculantes de reducción de gases contaminantes, con un horizonte de inversión en el Sur equivalente al 3% de la actual ayuda oficial al desarrollo para 2010-2012 y que apenas llegaría a doblar la AOD de hoy en 2020, y sin haber adoptado ningún mecanismo real para reducir el impacto de los dos grandes olvidados del Tratado de Kioto (la deforestación y el transporte internacional, que están en el origen de un tercio de las emisiones), el mensaje del “acuerdo Copenhague” es claro: la fiesta ha terminado, nadie está al mando, que cada uno se busque la vida como pueda. Es más, se saltan la cita prevista en México de finales de 2010 y la aplazan siete años, para 2016. Realmente desolador para los 6.800 millones de seres humanos que vivimos hoy y una angustiosa herencia para los 2.000 millones más que nacerán en los próximos 40 años. Esta falta de coraje político y de talla como estadistas se da mientras se ha conseguido una amplísima mayoría de países en Naciones Unidas (112 de 192) para que haya un tratado vinculante que permita un aumento máximo de las temperaturas de 1°5C y un decrecimiento de las emisiones hasta las 350 partes de CO2 por millón consideradas el umbral de seguridad climática para la Humanidad. Claro que, entre los 112 estados no figura ni los EE.UU, ni China, ni ninguno de la UE, así como tampoco Japón ni Australia. La foto de los ausentes dice mucho de por qué Copenhague ha fracasado.
¿Dónde podemos mirar? ¿Podemos aprender algo positivo de la Cumbre? El poeta Hölderlin escribió que “donde hay peligro /crece también la esperanza”. Ante el desbarajuste y la frivolidad de los VIP, es tiempo de volver la mirada a las propuestas surgidas en el KlimaForum, la llamada cumbre popular por el clima. Con energías limpias y renovadas por los 100.000 manifestantes que desfilaron el sábado exigiendo justicia climática, la declaración final, suscrita ya por cerca de 400 organizaciones en todo el Planeta, orienta sobre cómo podemos tomar la iniciativa y reclamar poder democrático mundial ante unos dirigentes ineptos para cuidar el aire que respiramos. Sus soluciones a la catástrofe climática pasan por garantizar una transición hacia una sociedad pospetróleo basada en la apuesta masiva por fuentes verdes de energía y la equidad entre el Norte y el Sur. Sus ideas son, realmente, sugerentes. Deberíamos empezar plantearnos abandonar completamente las energías fósiles en 30 años, recortando un 40% de las emisiones letales antes de 2020. El Norte tendría que compensar inmediatamente al Sur por la deuda climática acumulada para ayudarle a superar su extrema vulnerabilidad a la inestabilidad climática. Hay que enterrar el tráfico de contaminación vía “mercados del carbono” y dar paso a un acuerdo vinculante, real y justo de obligado cumplimiento por los estados y grandes corporaciones transnacionales. Y, finalmente, debemos cultivar una relación sostenible con el resto de la Naturaleza, especialmente en lo que tiene que ver con la producción y transporte de alimentos, energía, el uso del suelo y la disponibilidad de agua. KlimaForum cuenta con una ventaja crucial sobre Chimérica, la UE y el resto de Grandes Dinosaurios: son realistas y saben que no tenemos un Planeta B. Empieza una carrera contra el tiempo y la mejor alternativa vuelve a ser volverse ciudadanos activos, buscar y compartir aquello que nos une como seres humanos por encima de las barreras nacionales y, sobre todo, desobedientes con un poder ciego a la catástrofe en marcha. Será la gran tarea de esta generación, la nuestra: cambiar el sistema para preservar la vida humana sobre la Tierra.
Fuente: ALBA SUD. Investigación y Comunicación para el Desarrollo
Durante todo el desarrollo de la Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, Joan Buades, miembro de ALBA SUD desplazado a Copenhague, ha realizado una cobertura especial informando a diario de lo que ha ido ocurriendo dentro y fuera de la Conferencia, poniendo especial atención a los principales debates en curso.
Después de oír a Wen Jiabao y Barack Obama y contemplar los agónicos intentos fuera de tiempo por salvar la cara ante el mundo, Copenhague pasará a la historia como el punto de no retorno de la credibilidad del sistema mundial que hemos conocido tras la Segunda Guerra Mundial y el final de la Guerra Fría. El carácter patriotero e irresponsable que los máximos dirigentes de los países que generan más del 40% de los gases letales para el clima común supone un fiasco colosal y confirma que nos encontramos en el peor escenario posible. En el discurso probablemente más gris pronunciado por Obama en todo su mandato, se limitó a pedir colaboración a los demás pueblos y se comprometió, si hay suerte en el Senado, a reducir un 3% las emisiones de los EE.UU el 2020 respecto 1990. Jiabao se mantuvo férreo en su negativa a cualquier reducción vinculante aunque China ya sea el primer país contaminante del Planeta. Y eso que, justo antes, el presidente Lula les había exhortado a salir de Copenhague con un acuerdo real, a la altura de las necesidades de la Humanidad más vulnerable y pobre en África, América Latina y Asia. No dan para más.Un órgano tan cercano al corazón del sistema mundial neoliberal que ha creado el problema, el Financial Times, señalaba ayer que Copenhague, lejos de suponer la puesta de largo en un mundo multipolar, anuncia el “nuevo caos”. Sin objetivos vinculantes de reducción de gases contaminantes, con un horizonte de inversión en el Sur equivalente al 3% de la actual ayuda oficial al desarrollo para 2010-2012 y que apenas llegaría a doblar la AOD de hoy en 2020, y sin haber adoptado ningún mecanismo real para reducir el impacto de los dos grandes olvidados del Tratado de Kioto (la deforestación y el transporte internacional, que están en el origen de un tercio de las emisiones), el mensaje del “acuerdo Copenhague” es claro: la fiesta ha terminado, nadie está al mando, que cada uno se busque la vida como pueda. Es más, se saltan la cita prevista en México de finales de 2010 y la aplazan siete años, para 2016. Realmente desolador para los 6.800 millones de seres humanos que vivimos hoy y una angustiosa herencia para los 2.000 millones más que nacerán en los próximos 40 años. Esta falta de coraje político y de talla como estadistas se da mientras se ha conseguido una amplísima mayoría de países en Naciones Unidas (112 de 192) para que haya un tratado vinculante que permita un aumento máximo de las temperaturas de 1°5C y un decrecimiento de las emisiones hasta las 350 partes de CO2 por millón consideradas el umbral de seguridad climática para la Humanidad. Claro que, entre los 112 estados no figura ni los EE.UU, ni China, ni ninguno de la UE, así como tampoco Japón ni Australia. La foto de los ausentes dice mucho de por qué Copenhague ha fracasado.
¿Dónde podemos mirar? ¿Podemos aprender algo positivo de la Cumbre? El poeta Hölderlin escribió que “donde hay peligro /crece también la esperanza”. Ante el desbarajuste y la frivolidad de los VIP, es tiempo de volver la mirada a las propuestas surgidas en el KlimaForum, la llamada cumbre popular por el clima. Con energías limpias y renovadas por los 100.000 manifestantes que desfilaron el sábado exigiendo justicia climática, la declaración final, suscrita ya por cerca de 400 organizaciones en todo el Planeta, orienta sobre cómo podemos tomar la iniciativa y reclamar poder democrático mundial ante unos dirigentes ineptos para cuidar el aire que respiramos. Sus soluciones a la catástrofe climática pasan por garantizar una transición hacia una sociedad pospetróleo basada en la apuesta masiva por fuentes verdes de energía y la equidad entre el Norte y el Sur. Sus ideas son, realmente, sugerentes. Deberíamos empezar plantearnos abandonar completamente las energías fósiles en 30 años, recortando un 40% de las emisiones letales antes de 2020. El Norte tendría que compensar inmediatamente al Sur por la deuda climática acumulada para ayudarle a superar su extrema vulnerabilidad a la inestabilidad climática. Hay que enterrar el tráfico de contaminación vía “mercados del carbono” y dar paso a un acuerdo vinculante, real y justo de obligado cumplimiento por los estados y grandes corporaciones transnacionales. Y, finalmente, debemos cultivar una relación sostenible con el resto de la Naturaleza, especialmente en lo que tiene que ver con la producción y transporte de alimentos, energía, el uso del suelo y la disponibilidad de agua. KlimaForum cuenta con una ventaja crucial sobre Chimérica, la UE y el resto de Grandes Dinosaurios: son realistas y saben que no tenemos un Planeta B. Empieza una carrera contra el tiempo y la mejor alternativa vuelve a ser volverse ciudadanos activos, buscar y compartir aquello que nos une como seres humanos por encima de las barreras nacionales y, sobre todo, desobedientes con un poder ciego a la catástrofe en marcha. Será la gran tarea de esta generación, la nuestra: cambiar el sistema para preservar la vida humana sobre la Tierra.
Fuente: ALBA SUD. Investigación y Comunicación para el Desarrollo
Durante todo el desarrollo de la Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, Joan Buades, miembro de ALBA SUD desplazado a Copenhague, ha realizado una cobertura especial informando a diario de lo que ha ido ocurriendo dentro y fuera de la Conferencia, poniendo especial atención a los principales debates en curso.
El día de la infamia, por Andrés Sánchez
“Ayer, 7 de diciembre de 1941 -una fecha que vivirá en la infamia- los Estados Unidos de América fueron repentina y deliberadamente atacados”. Así comenzó el entonces presidente de los EEUU, Franklin D. Roosevelt, su discurso al Congreso para declarar la guerra a Japón. Ayer, 18 de diciembre de 2009, todos vivimos en Copenhague otro día infame.No es sólo que los líderes políticos no hayan estado a la altura. Es que repentina y deliberadamente han atacado nuestro presente y nuestro futuro. Han echado por tierra el dictamen de los científicos, presentado por el Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC) en 2007. Panel en el que participan 3.000 científicos de todos los países del mundo, que se basan en artículos e investigaciones elaboradas y revisadas por decenas de miles, y que dejó las cosas muy claras. Primero, que estamos viviendo un cambio climático acelerado; que no está en las simulaciones de los ordenadores, sino en las mediciones de los termómetros y satélites. Segundo, que su causa es la actividad humana. Tercero, que no hacer nada tendrá consecuencias letales para millones de personas y para muchos ecosistemas y especies. Cuarto, que actuar para prevenir es más económico (y justo) que actuar para reparar, entre otras cosas porque hay y habrá daños irreparables, como las vidas humanas o la supervivencia de una especie.
El Cuarto Informe del IPCC tuvo su consecuencia política en el Plan de Acción de Bali: la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (UNFCCC). Básicamente, establecía una hoja de ruta que terminaba ayer en Copenhague, donde la comunidad internacional se marcaba cuatro objetivos e instrumentos para cumplirlos. Primero, reducir el problema del cambio climático, reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero (entre un 25% y un 40% en 2020 los países avanzados, y con objetivos también para los países emergentes); es la llamada “mitigación”. Segundo, definir políticas de adaptación, para reducir los riesgos asociados al cambio climático ya en marcha. Tercero, favorecer la transferencia tecnológica. Y por último, establecer mecanismos de financiación para los países pobres. Esto fue aprobado por los 192 miembros de la Convención; en su momento; se destacó que incluso los EEUU de la administración Bush, acorralada por el fiasco iraquí y empantanada en Afganistán, votó favorablemente a este Plan de Acción.
Ayer no tuvimos un parón, sino un retroceso. Porque lo que se ha aprobado es nada, es sustituir un protocolo vinculante por una mera declaración de que los países harán lo que quieran para reducir sus emisiones. O no. Porque nadie vigila al vigilante.
Nos han hecho retroceder respecto al Plan de Acción de Bali de 2007, respecto al Protocolo de Kioto de 1997, respecto a la Cumbre de Río de 1992 que fue el origen de la Convención, respecto a lo que dice la ciencia, respecto a nuestra responsabilidad histórica. Los líderes mundiales han traicionado la palabra dada hace dos años, nos han puesto en el borde del abismo. ¿De verdad alguien se cree que en 2010, o más allá, van a dar la vuelta a la situación? Sin que haya costes para los responsables de esta infamia, no tenemos ninguna garantía. Hay tres grandes responsables del desastre, a los que hay que hacerles pagar.
Primero, EEUU. Obama en apenas un mes se ha mostrado como el gran bluff, la última “burbuja” especulativa. En lugar de agradecer y hacer honor al Nobel que temerariamente se le concedió, lo ha utilizado para hacer una apología de la guerra. No sólo no ha salvado el protocolo de Kioto, sino que lo ha hundido. Gracias, Barack. ¿Qué podemos hacer? Pues se puede empezar por oponerse a enviar 515 soldados españoles más a la guerra de Afganistán. Y por replantearnos que hacen los mil y pico que ya están allí. Y todos los europeos. Porque ahora mismo lo único que está en juego en Afganistán es el prestigio norteamericano, el no quedarse solos y salir humillados. Afganistán tiene tanta relación con el 11S como Hamburgo y Orlando.
Segundo, China. Sería el momento de vincular palos y zanahorias. Es decir: si importamos sus productos, ¿por qué no esperar que cumplan los derechos humanos? ¿O que controles sus emisiones de gases de efecto invernadero? ¿Por qué no vincular los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio y los de la Convención Marco sobre Cambio Climático, a las que pertenece China, EEUU o la UE?
Tercero, la Unión Europea. Ninguneada en la cumbre. Cada día más irrelevante. Necesitamos más, no menos Europa. Que cierre alianzas con otros países y bloques regionales, en especial Latinoamérica, y más especialmente aún Brasil. Que ponga en valor su contribución en fuerzas de paz, en cooperación internacional para contribuir a la justicia global.
Los ciudadanos podemos y debemos actuar. No nos han dejado otra salida. Oponiéndonos a que EEUU salve la cara a costa de bombardear bodas en Afganistán; exigiendo que los acuerdos internacionales no sean un buffet libre; construyendo más Europa, y más redes de ciudadanía global, de democracia cooperativa y transversal, Norte/Sur, Este y Oeste.
Los ecologistas también tenemos mucho que hacer. La infamia de Copenhague tiene que marcar un antes y un después. Tomo prestado de Ulrich Beck la fórmula: el ecologismo necesita un Maquiavelo. Dicho de otro modo: que las políticas ecológicas se emancipen de la moral ecologista. Para poder ser efectivas, para poder cambiar el mundo. No nos podemos permitir otra derrota global como la que hemos sufrido en Copenhague. No nos podemos permitir otro día de la infamia.
Fuente: Andrés Sánchez. Sociólogo e Investigador de la Universidad de Almería
19/12/09
La movilidad social ya no es ascendente, sino descendente
La conclusión de expertos de toda Europa es clara: vivimos peor que nuestros padres y nuestros hijos vivirán peor que nosotros. El descenso social está amenazando a unas clases medias airadas y desorientadas que no saben cómo afrontar su futuro. Como subraya José Félix Tezanos, catedrático de sociología de la UNED y director de la Fundación Sistema, nos hallamos ante un cambio de consecuencias imprevisibles. El declive de las clases medias tiene que ver con la crisis (“quien posee mayores recursos siempre tiene reservas para los malos momentos, mientras que las capas medias se caracterizan por vivir al límite de sus posibilidades”), pero también forma parte de un panorama más amplio, el de una movilidad social descendente que resulta novedosa en las sociedades occidentales.
Según Tezanos, hemos entrado en una época en la que los hijos tienen menos oportunidades que sus padres y donde las situaciones de necesidad actuales son paliadas gracias a los recursos familiares, “pero cuando éstos se agoten (porque los padres se jubilen, por ejemplo) vamos a encontrarnos con un fenómeno de gran complejidad y de imprevisibles consecuencias”.
Reyes Calderón, vicedecana de la facultad de Económicas de la Universidad de Navarra, coincide en el diagnóstico sobre el declive que está viviendo el estrato social intermedio en la Vieja Europa. “La consultora Mckinsey publicó un informe intitulado Alemania en el año 2020, en el que aseguraba que la clase media alemana (el 53% de la población) estaba amenazada y caería en la pobreza si no se alcanzaban sostenidamente tasas de crecimiento del PIB superiores al 3%. El ejemplo de Alemania se puede extender a otros países”.
Esa sensación de inseguridad, junto con el deterioro del nivel de vida en el que crecieron, está provocando sentimientos contradictorios en las capas medias. El más frecuente, el del resentimiento: en tanto las promesas en las que se criaron (en esencia, la conservación de un nivel económico a cambio de un esfuerzo formativo) ya no están operativas, y en tanto cumplieron su parte obteniendo los diplomas que se les exigían, buena parte de la clase media vive con una sensación de haber sido estafada. Y se trata de una clase de actitudes que irán en aumento, en parte por la ausencia de mecanismos sociales que las contengan. Como asegura Tezanos, “vivíamos en un mundo con grandes agarraderas vitales, como eran el trabajo y la familia, y con un sistema de identidades fuertes (patria, religión, clase social).
Hoy, por el contrario, las tasas de nupcialidad han caído enormemente, mucha gente no tiene familia a la que recurrir, la mitad de las parroquias en España ya no tienen ni siquiera cura y se descree profundamente de las ideas políticas”. Ese mundo de convicciones firmes ha sido sustituido, afirma Tezanos, por sistemas microscópicos de identidad, “donde imperan pareceres, impresiones y tendencias que proporcionan las tres g: generación, gusto y género. La gente se relaciona con personas de su misma edad, con aficiones similares y de su mismo sexo”. Todos estos factores, pues, hacen que estemos a las puertas de “un cambio de una hondura espectacular”.
Pérdida de valores
Esa debilidad de las grandes ideas se manifiesta, asegura Calderón, en dos terrenos. La pérdida de valores es uno de ellos. “La clase media ha sido tradicionalmente identificada con el esfuerzo, la austeridad, la palabra dada, los lazos familiares. Esos valores no han caído en desuso con la crisis económica sino con la larga etapa de prosperidad artificial que hemos vivido. La riqueza, las metas, el éxito parecían estar siempre al alcance de la mano, se lograban sin esfuerzo y producían altos rendimientos”. La consecuencia de este nuevo contexto fue que la clase media cambió su patrón de consumo, su comportamiento económico y su educación en valores, con consecuencias muy negativas: “Enseña ahora a tus hijos, que han vivido accediendo a todos los bienes al instante, que tienen que ser felices con muy poco y, ese poco, obtenido con mucho trabajo”.
El segundo aspecto que explicaría la debilidad de las capas medias, según Calderón, son las deficientes acciones institucionales: “si bien los Estados sabían que eran su principal fuente de ingresos fiscales, no han ajustado sus instituciones para fomentar un desarrollo sostenido de sus clases medias. Ser tendero, autónomo, tener una pequeña empresa o un despacho profesional está tan mal tratado en España que más pareciera que fueran enemigos y no amigos”. Y ese entorno de pérdida de poder adquisitivo, “el mal tratamiento fiscal y la dura competencia global (muchas veces sin las mismas reglas de juego) están haciendo que se desplome un sector de la clase media, lo que puede ser una amenaza política, económica y social. Si no alcanzan unos mínimos, nuestra forma de vivir peligrará”.
Las consecuencias políticas de una situación en la que se mezclan el declive económico con el debilitamiento de los lazos sociales y con un resentimiento creciente están todavía por explorar. Es cierto que tenemos experiencias que nos pueden servir de guía, pero también lo es que este contexto tiene componentes nuevos que pueden producir movimientos inesperados. Históricamente, el resentimiento suele traducirse, según Andrew Richards, profesor de ciencia política en el Centro de Estudios Avanzados en Ciencias Sociales de la Fundación Juan March, “en apatía política; es decir, en la tendencia de rechazar los partidos políticos con el argumento que ninguno de ellos representa o defiende sus intereses, que todos los políticos son iguales, etc. El resultado de este tipo de sentimiento es la decisión de no votar, generando así mayores niveles de abstención en las elecciones, y también un declive en la proporción del electorado que se identifica fuertemente con un partido político u otro”.
El segundo efecto del resentimiento consiste “en el apoyo (explícito o implícito) para las fuerzas políticas extremas, de izquierda o – sobre todo, en los últimos años – de derecha, y actitudes cada vez más intolerantes y menos liberales sobre temas como la inmigración, el estado de bienestar y la delincuencia. Y quizás menos confianza (por parte de la clase media) en los sistemas públicos de educación y salud que ofrecen, aparentemente, menos beneficios, y funcionan peor que antes”.
En ese sentido, y dado que la irritación con la política y con sus actores principales está creciendo, bien puede sentenciarse, y así lo significa Richards, que “quienes mejor canalicen ese descontento serán los triunfadores electorales”. El tema clave es cómo dirigir, y hacia dónde, ese caudal de emociones negativas. “En muchos países europeos la izquierda ha adoptado posiciones cada vez más derechistas para mantener la lealtad de sus bases tradicionales, disminuyendo así la amenaza electoral de la derecha. Pero eso significa, a largo plazo por lo menos, la derrota de cualquier agenda política progresista e inclusiva”. En este orden, el contexto español es pertinente, según Richards, en la medida en que en él pelean dos discursos opuestos: mientras el PSOE intenta resaltar los aspectos positivos, el PP hace lo mismo con los negativos. Y, en ese combate, las perspectivas negativas están ganando terreno. “Es verdad que el gobierno consiguió la reelección, pero llama la atención el colapso del apoyo para los socialistas en sus baluartes tradicionales de Madrid, por ejemplo”.
Para Calderón, sin embargo, la debilidad de las formaciones políticas no es más que el reflejo “de una clase media atocinada, que produce partidos sin garra, sin programa, casi sin ideología. Eso tendrá que cambiar. Estimo que la secuencia será, más o menos, la siguiente: las clases medias dejarán de votar y la socialdemocracia pagará las consecuencias de su aburguesamiento estéril. Entonces surgirán nuevos partidos con ideología y bandera”.
Pero, asegura Tezanos, el problema va mucho más allá de lo meramente político, puesto que avanzamos hacia un mundo lleno de incertidumbres laborales, económicas y vitales. “Estamos entrando en una nueva era. Se acabó lo conocido”.
Fuente: Artículo de Esteban Hernández en El Confidencial
Según Tezanos, hemos entrado en una época en la que los hijos tienen menos oportunidades que sus padres y donde las situaciones de necesidad actuales son paliadas gracias a los recursos familiares, “pero cuando éstos se agoten (porque los padres se jubilen, por ejemplo) vamos a encontrarnos con un fenómeno de gran complejidad y de imprevisibles consecuencias”.
Reyes Calderón, vicedecana de la facultad de Económicas de la Universidad de Navarra, coincide en el diagnóstico sobre el declive que está viviendo el estrato social intermedio en la Vieja Europa. “La consultora Mckinsey publicó un informe intitulado Alemania en el año 2020, en el que aseguraba que la clase media alemana (el 53% de la población) estaba amenazada y caería en la pobreza si no se alcanzaban sostenidamente tasas de crecimiento del PIB superiores al 3%. El ejemplo de Alemania se puede extender a otros países”.
Esa sensación de inseguridad, junto con el deterioro del nivel de vida en el que crecieron, está provocando sentimientos contradictorios en las capas medias. El más frecuente, el del resentimiento: en tanto las promesas en las que se criaron (en esencia, la conservación de un nivel económico a cambio de un esfuerzo formativo) ya no están operativas, y en tanto cumplieron su parte obteniendo los diplomas que se les exigían, buena parte de la clase media vive con una sensación de haber sido estafada. Y se trata de una clase de actitudes que irán en aumento, en parte por la ausencia de mecanismos sociales que las contengan. Como asegura Tezanos, “vivíamos en un mundo con grandes agarraderas vitales, como eran el trabajo y la familia, y con un sistema de identidades fuertes (patria, religión, clase social).
Hoy, por el contrario, las tasas de nupcialidad han caído enormemente, mucha gente no tiene familia a la que recurrir, la mitad de las parroquias en España ya no tienen ni siquiera cura y se descree profundamente de las ideas políticas”. Ese mundo de convicciones firmes ha sido sustituido, afirma Tezanos, por sistemas microscópicos de identidad, “donde imperan pareceres, impresiones y tendencias que proporcionan las tres g: generación, gusto y género. La gente se relaciona con personas de su misma edad, con aficiones similares y de su mismo sexo”. Todos estos factores, pues, hacen que estemos a las puertas de “un cambio de una hondura espectacular”.
Pérdida de valores
Esa debilidad de las grandes ideas se manifiesta, asegura Calderón, en dos terrenos. La pérdida de valores es uno de ellos. “La clase media ha sido tradicionalmente identificada con el esfuerzo, la austeridad, la palabra dada, los lazos familiares. Esos valores no han caído en desuso con la crisis económica sino con la larga etapa de prosperidad artificial que hemos vivido. La riqueza, las metas, el éxito parecían estar siempre al alcance de la mano, se lograban sin esfuerzo y producían altos rendimientos”. La consecuencia de este nuevo contexto fue que la clase media cambió su patrón de consumo, su comportamiento económico y su educación en valores, con consecuencias muy negativas: “Enseña ahora a tus hijos, que han vivido accediendo a todos los bienes al instante, que tienen que ser felices con muy poco y, ese poco, obtenido con mucho trabajo”.
El segundo aspecto que explicaría la debilidad de las capas medias, según Calderón, son las deficientes acciones institucionales: “si bien los Estados sabían que eran su principal fuente de ingresos fiscales, no han ajustado sus instituciones para fomentar un desarrollo sostenido de sus clases medias. Ser tendero, autónomo, tener una pequeña empresa o un despacho profesional está tan mal tratado en España que más pareciera que fueran enemigos y no amigos”. Y ese entorno de pérdida de poder adquisitivo, “el mal tratamiento fiscal y la dura competencia global (muchas veces sin las mismas reglas de juego) están haciendo que se desplome un sector de la clase media, lo que puede ser una amenaza política, económica y social. Si no alcanzan unos mínimos, nuestra forma de vivir peligrará”.
Las consecuencias políticas de una situación en la que se mezclan el declive económico con el debilitamiento de los lazos sociales y con un resentimiento creciente están todavía por explorar. Es cierto que tenemos experiencias que nos pueden servir de guía, pero también lo es que este contexto tiene componentes nuevos que pueden producir movimientos inesperados. Históricamente, el resentimiento suele traducirse, según Andrew Richards, profesor de ciencia política en el Centro de Estudios Avanzados en Ciencias Sociales de la Fundación Juan March, “en apatía política; es decir, en la tendencia de rechazar los partidos políticos con el argumento que ninguno de ellos representa o defiende sus intereses, que todos los políticos son iguales, etc. El resultado de este tipo de sentimiento es la decisión de no votar, generando así mayores niveles de abstención en las elecciones, y también un declive en la proporción del electorado que se identifica fuertemente con un partido político u otro”.
El segundo efecto del resentimiento consiste “en el apoyo (explícito o implícito) para las fuerzas políticas extremas, de izquierda o – sobre todo, en los últimos años – de derecha, y actitudes cada vez más intolerantes y menos liberales sobre temas como la inmigración, el estado de bienestar y la delincuencia. Y quizás menos confianza (por parte de la clase media) en los sistemas públicos de educación y salud que ofrecen, aparentemente, menos beneficios, y funcionan peor que antes”.
En ese sentido, y dado que la irritación con la política y con sus actores principales está creciendo, bien puede sentenciarse, y así lo significa Richards, que “quienes mejor canalicen ese descontento serán los triunfadores electorales”. El tema clave es cómo dirigir, y hacia dónde, ese caudal de emociones negativas. “En muchos países europeos la izquierda ha adoptado posiciones cada vez más derechistas para mantener la lealtad de sus bases tradicionales, disminuyendo así la amenaza electoral de la derecha. Pero eso significa, a largo plazo por lo menos, la derrota de cualquier agenda política progresista e inclusiva”. En este orden, el contexto español es pertinente, según Richards, en la medida en que en él pelean dos discursos opuestos: mientras el PSOE intenta resaltar los aspectos positivos, el PP hace lo mismo con los negativos. Y, en ese combate, las perspectivas negativas están ganando terreno. “Es verdad que el gobierno consiguió la reelección, pero llama la atención el colapso del apoyo para los socialistas en sus baluartes tradicionales de Madrid, por ejemplo”.
Para Calderón, sin embargo, la debilidad de las formaciones políticas no es más que el reflejo “de una clase media atocinada, que produce partidos sin garra, sin programa, casi sin ideología. Eso tendrá que cambiar. Estimo que la secuencia será, más o menos, la siguiente: las clases medias dejarán de votar y la socialdemocracia pagará las consecuencias de su aburguesamiento estéril. Entonces surgirán nuevos partidos con ideología y bandera”.
Pero, asegura Tezanos, el problema va mucho más allá de lo meramente político, puesto que avanzamos hacia un mundo lleno de incertidumbres laborales, económicas y vitales. “Estamos entrando en una nueva era. Se acabó lo conocido”.
Fuente: Artículo de Esteban Hernández en El Confidencial
El gran temblor, por Sami Naïr
No sabemos ya con qué debemos comparar el tsunami que se ha desencadenado sobre la economía en 2009. ¿Con el final de la II Guerra Mundial? ¿Con el crash de 1929? Lo presentíamos al reflexionar sobre el funcionamiento delirante del sistema financiero mundial, vimos su lado peligroso en agosto de 2007 durante la crisis de Wall Street, luego durante sus movimientos de serpiente venenosa en el curso del año 2008, hasta la inmensa marea final que se llevó por delante el banco Lehman Brothers, una de las principales instituciones de especulación planetaria.
Pero, aun así, los dirigentes políticos decían que todo iba bien. Otros, con falsa lucidez aunque aparentemente poco versados en la cosa económica, juraban que el sistema sólo atravesaba una crisis pasajera y que todo volvería a la normalidad. Y, sin embargo, la crisis de 2009 es sin duda el mayor acontecimiento de estos últimos 60 años. Certifica el fin de un mundo, el de la especulación desenfrenada, del dinero fácil, no tanto producto de la actividad creadora de riqueza como de la comercialización planetaria de la deuda, el de la mentira bursátil organizada, el de la desconexión entre la vida real de millones de individuos, mal pagados, sin perspectivas de futuro, y la vida surreal de algunos miles de millonarios filibusteros enriquecidos de forma sospechosa.
No hemos salido evidentemente de esta crisis. Y tampoco saldremos de ella fácilmente, porque no se trata de una crisis solamente económica. Estamos ante un terremoto sistémico que afecta a todos los sectores del sistema socioeconómico internacional. Y ese temblor pone en evidencia todo lo que no hemos hecho desde hace 30 años: ninguna política medioambiental, ninguna política social (o mejor dicho sí: desarrollo de la precariedad, de los salarios miserables, del desempleo como variable para dominar el mundo del trabajo), ninguna política de apoyo a los países pobres, ninguna política educativa que ayude a las poblaciones a entender el surgimiento de un mundo intercultural donde las identidades tienen un papel clave en la formación de la cohesión colectiva, etcétera.
Nada. Tan sólo el todo va bien de los políticos preocupados en preparar la próxima cita electoral. Se habla en estos momentos de la necesidad de crear un nuevo modelo de desarrollo; eso está bien, pero nos gustaría saber: ¿dónde están los partidos, aparte de organizaciones alternativas sin medios, en los que se debate sobre este desafío?
El año 2009 también ha sido, paradójicamente, el de la mayor esperanza, después de que el pueblo norteamericano haya permitido a Barak Obama acceder a la presidencia del país más poderoso del planeta. La otra cara de América, la del pluralismo étnico y la democracia cívica, se vengaba así del periodo oscuro, neoconservador y de agresividad fanática, encarnado por Bush hijo. Un gran viento de esperanza que empieza a desteñirse en Afganistán, esa guerra de la que América y la OTAN no pueden salir victoriosas, simplemente porque apoyan a un régimen corrompido que no goza de la confianza de las poblaciones autóctonas, enfrentadas, sin embargo, a los talibanes.
2009 ha mostrado también la debilidad y la impotencia de Europa. ¿Cambiará algo la adopción del Tratado de Lisboa? Nada lo asegura, ya que el verdadero problema de Europa no es institucional, sino estratégico. ¿Qué modelo de sociedad quieren los europeos? Ésta es una pregunta esencial, ya que Europa ha heredado de su historia, en la mayoría de sus naciones, un alto nivel de integración social que se ve hoy amenazado por la mundialización liberal. Ahora bien, los ciudadanos tienen el sentimiento de que la Europa en construcción da la espalda a esa tradición y que los logros sociales del pasado son desmantelados por intereses que reducen el futuro común únicamente a las leyes del mercado. De ahí el divorcio entre las opiniones públicas y los dirigentes, los cuales tienen miedo ahora de someter a voto las orientaciones decididas en Bruselas. Y no es el nombramiento del nuevo presidente de Europa el que va a disipar este escepticismo.
Finalmente, si tuviéramos que apuntar con más crudeza todavía las cuestiones dejadas en barbecho estos últimos años, bastaría con un simple vistazo a los debates de la conferencia sobre el medio ambiente de Copenhague para convencernos de que queda todavía mucho por hacer. En realidad, los Estados están más de acuerdo para actuar sobre los efectos del calentamiento del planeta que sobre sus causas. El año 2010 y el decenio siguiente no podrán evitar responder a esas cuestiones, abiertas a la vista de todos por el gran temblor de 2009.
Traducción de M. Sampons
Fuente: El País
Sami Naïr es politólogo, filósofo y sociólogo
Pero, aun así, los dirigentes políticos decían que todo iba bien. Otros, con falsa lucidez aunque aparentemente poco versados en la cosa económica, juraban que el sistema sólo atravesaba una crisis pasajera y que todo volvería a la normalidad. Y, sin embargo, la crisis de 2009 es sin duda el mayor acontecimiento de estos últimos 60 años. Certifica el fin de un mundo, el de la especulación desenfrenada, del dinero fácil, no tanto producto de la actividad creadora de riqueza como de la comercialización planetaria de la deuda, el de la mentira bursátil organizada, el de la desconexión entre la vida real de millones de individuos, mal pagados, sin perspectivas de futuro, y la vida surreal de algunos miles de millonarios filibusteros enriquecidos de forma sospechosa.
No hemos salido evidentemente de esta crisis. Y tampoco saldremos de ella fácilmente, porque no se trata de una crisis solamente económica. Estamos ante un terremoto sistémico que afecta a todos los sectores del sistema socioeconómico internacional. Y ese temblor pone en evidencia todo lo que no hemos hecho desde hace 30 años: ninguna política medioambiental, ninguna política social (o mejor dicho sí: desarrollo de la precariedad, de los salarios miserables, del desempleo como variable para dominar el mundo del trabajo), ninguna política de apoyo a los países pobres, ninguna política educativa que ayude a las poblaciones a entender el surgimiento de un mundo intercultural donde las identidades tienen un papel clave en la formación de la cohesión colectiva, etcétera.
Nada. Tan sólo el todo va bien de los políticos preocupados en preparar la próxima cita electoral. Se habla en estos momentos de la necesidad de crear un nuevo modelo de desarrollo; eso está bien, pero nos gustaría saber: ¿dónde están los partidos, aparte de organizaciones alternativas sin medios, en los que se debate sobre este desafío?
El año 2009 también ha sido, paradójicamente, el de la mayor esperanza, después de que el pueblo norteamericano haya permitido a Barak Obama acceder a la presidencia del país más poderoso del planeta. La otra cara de América, la del pluralismo étnico y la democracia cívica, se vengaba así del periodo oscuro, neoconservador y de agresividad fanática, encarnado por Bush hijo. Un gran viento de esperanza que empieza a desteñirse en Afganistán, esa guerra de la que América y la OTAN no pueden salir victoriosas, simplemente porque apoyan a un régimen corrompido que no goza de la confianza de las poblaciones autóctonas, enfrentadas, sin embargo, a los talibanes.
2009 ha mostrado también la debilidad y la impotencia de Europa. ¿Cambiará algo la adopción del Tratado de Lisboa? Nada lo asegura, ya que el verdadero problema de Europa no es institucional, sino estratégico. ¿Qué modelo de sociedad quieren los europeos? Ésta es una pregunta esencial, ya que Europa ha heredado de su historia, en la mayoría de sus naciones, un alto nivel de integración social que se ve hoy amenazado por la mundialización liberal. Ahora bien, los ciudadanos tienen el sentimiento de que la Europa en construcción da la espalda a esa tradición y que los logros sociales del pasado son desmantelados por intereses que reducen el futuro común únicamente a las leyes del mercado. De ahí el divorcio entre las opiniones públicas y los dirigentes, los cuales tienen miedo ahora de someter a voto las orientaciones decididas en Bruselas. Y no es el nombramiento del nuevo presidente de Europa el que va a disipar este escepticismo.
Finalmente, si tuviéramos que apuntar con más crudeza todavía las cuestiones dejadas en barbecho estos últimos años, bastaría con un simple vistazo a los debates de la conferencia sobre el medio ambiente de Copenhague para convencernos de que queda todavía mucho por hacer. En realidad, los Estados están más de acuerdo para actuar sobre los efectos del calentamiento del planeta que sobre sus causas. El año 2010 y el decenio siguiente no podrán evitar responder a esas cuestiones, abiertas a la vista de todos por el gran temblor de 2009.
Traducción de M. Sampons
Fuente: El País
Sami Naïr es politólogo, filósofo y sociólogo
Elogio de la duda, por Antoni Puigverd
Ahora observáis el mundo con mirada de juez, con rictus de examinador, con obsesión de taxódromo
A un amigo que reside en un país lejano le llama poderosamente la atención que aquí todo el mundo tenga las ideas tan claras. "No sólo claras: vuestras opiniones son sólidas como piedras y, aunque parezca paradójico, veloces como la luz". Le maravilla que, en nuestros medios de comunicación, se cite con tanta frecuencia a Zygmunt Bauman, el sociólogo de la condición líquida. "En realidad, estáis en los antípodas de la fluidez ideológica y de las identidades cambiantes: aquí se fabrican opiniones a miles sobre todo lo divino y lo humano, sí; pero desde una inmovilidad granítica".
Aunque lleva más de 20 años en el extranjero, mi amigo nació y vivió aquí. Y sostiene que el gran cambio entre el país que conoció y el que ahora ha encontrado reside en el uso del lenguaje. Antes era concreto, ahora abstracto. "Cuando nos reuníamos en grupo para hablar, contábamos historias. Las conversaciones giraban alrededor de anécdotas, no de categorías ideológicas como hacéis ahora. Se explicaban chistes o batallitas. Se recordaban historias de la familia o aventuras de juventud. Anécdotas de la mili, de la escuela, del barrio. Se contaban chismes, cuentos más o menos fantasiosos, escenas laborales, miserias del vecindario, intimidades. Se repetía, con más o menos salsa, lo que se había leído en el diario, escuchado en la radio o visto en la pantalla. De aquella multitud de anécdotas, se deducían, ciertamente, moralejas y reflexiones aleccionadoras. Pero lo más distintivo de aquella manera de hablar era la forma narrativa".
"Ahora, en cambio, observáis el mundo con mirada de juez, con rictus de examinador, con obsesión de taxónomo. No sabéis observar, sólo clasificar. Incapaces de describir, calificáis. Os encanta emitir sentencias. Ya no sabéis narrar vuestras aventuras, anécdotas o vivencias; sólo expresar los sentimientos que aquellas aventuras, anécdotas o vivencias desataron. A vuestros conocidos ya no les contáis, por ejemplo, cómo os ha ido el viaje, sino qué os parecieron las ciudades visitadas. Qué tal se comía; si el lugar era limpio o ruidoso; si el hotel estaba bien o mal; si el tráfico era fluido o espeso; si los precios altos o bajos. Hasta con los amigachos no os oigo alardear de vuestras hazañas. Ahora redactáis informes sobre la estética, la ética o las habilidades de la seducida. Y, especialmente, si funcionó mucho, poco o nada".
Mi amigo observa, con razón, que, en nuestra vida cotidiana, no hacemos más que emitir juicios de valor. Pequeños dioses en un inacabable Juicio Final, condenamos o perdonamos a vecinos y parientes; a los compañeros de trabajo; a cantantes, modelos y famosos en general. Y, por supuesto, a políticos, futbolistas y banqueros. Todo el mundo discursea, todo el mundo fiscaliza, sospecha y pontifica. Y siempre prescindiendo del hecho narrativo. Mi amigo ha observado que, en el extremo más llamativo de esta tendencia, abundan los integristas de cualquier linaje ideológico. Tipos que sólo abren la boca para expulsar viscerales exclamaciones de apoyo o rechazo a una causa, a un líder, a unos colores. Tipos que, para hablar, no usan la lengua, sino el dedo gordo, como los viejos emperadores romanos. Dedo arriba, dedo abajo. Condenar o salvar.
La desaparición de nuestros cuentos cotidianos alguna relación tiene que tener con el exceso informativo de nuestro tiempo. El hecho es que la mayor concentración de opinadores dogmáticos y maniqueos se da precisamente en la infinita galaxia de internet, donde la información es más rápida, caudalosa y abundante que en cualquier otro ámbito. En la denominada blogosfera y también en las webs informativas, se tiende con gran facilidad al comentario taxativo, radical, irrefutable. La duda brilla en internet por su ausencia.
La duda siempre ha tenido mala fama. La tiene hoy, pero también ayer la tuvo. Y sin embargo, es imprescindible. Especialmente en esta época en la que todos llevamos un juez en el cuerpo. Sin la duda metódica no habría avanzado la ciencia. Y sin la duda el pequeño dios que llevamos dentro carece de contrapeso. La duda nos familiariza con el otro, con las miradas opuestas. La duda, ciertamente, corroe la propia identidad. Desconcierta y fatiga, sí, pero fomenta la prudencia y cultiva el respeto. Es problemática, pero democrática. Václav Havel (aquel escritor que, por circunstancias de la vida, se encontró ejerciendo de presidente de Checoslovaquia y más tarde de la República Checa) aprendió a dudar mientras mandaba. Y cuando dejó el cargo, en un discurso memorable, dijo: "Cada día me asusta más la idea de no estar a la altura. Cada día tengo más miedo de cometer errores, de dejar de ser alguien en quien se pueda confiar. Cada día tengo más dudas, incluso de mí mismo; y cuantos más son mis enemigos, más me pongo mentalmente de su lado".
Fuente: La Vanguardia
Antoni Puigverd es escritor y poeta
A un amigo que reside en un país lejano le llama poderosamente la atención que aquí todo el mundo tenga las ideas tan claras. "No sólo claras: vuestras opiniones son sólidas como piedras y, aunque parezca paradójico, veloces como la luz". Le maravilla que, en nuestros medios de comunicación, se cite con tanta frecuencia a Zygmunt Bauman, el sociólogo de la condición líquida. "En realidad, estáis en los antípodas de la fluidez ideológica y de las identidades cambiantes: aquí se fabrican opiniones a miles sobre todo lo divino y lo humano, sí; pero desde una inmovilidad granítica".
Aunque lleva más de 20 años en el extranjero, mi amigo nació y vivió aquí. Y sostiene que el gran cambio entre el país que conoció y el que ahora ha encontrado reside en el uso del lenguaje. Antes era concreto, ahora abstracto. "Cuando nos reuníamos en grupo para hablar, contábamos historias. Las conversaciones giraban alrededor de anécdotas, no de categorías ideológicas como hacéis ahora. Se explicaban chistes o batallitas. Se recordaban historias de la familia o aventuras de juventud. Anécdotas de la mili, de la escuela, del barrio. Se contaban chismes, cuentos más o menos fantasiosos, escenas laborales, miserias del vecindario, intimidades. Se repetía, con más o menos salsa, lo que se había leído en el diario, escuchado en la radio o visto en la pantalla. De aquella multitud de anécdotas, se deducían, ciertamente, moralejas y reflexiones aleccionadoras. Pero lo más distintivo de aquella manera de hablar era la forma narrativa".
"Ahora, en cambio, observáis el mundo con mirada de juez, con rictus de examinador, con obsesión de taxónomo. No sabéis observar, sólo clasificar. Incapaces de describir, calificáis. Os encanta emitir sentencias. Ya no sabéis narrar vuestras aventuras, anécdotas o vivencias; sólo expresar los sentimientos que aquellas aventuras, anécdotas o vivencias desataron. A vuestros conocidos ya no les contáis, por ejemplo, cómo os ha ido el viaje, sino qué os parecieron las ciudades visitadas. Qué tal se comía; si el lugar era limpio o ruidoso; si el hotel estaba bien o mal; si el tráfico era fluido o espeso; si los precios altos o bajos. Hasta con los amigachos no os oigo alardear de vuestras hazañas. Ahora redactáis informes sobre la estética, la ética o las habilidades de la seducida. Y, especialmente, si funcionó mucho, poco o nada".
Mi amigo observa, con razón, que, en nuestra vida cotidiana, no hacemos más que emitir juicios de valor. Pequeños dioses en un inacabable Juicio Final, condenamos o perdonamos a vecinos y parientes; a los compañeros de trabajo; a cantantes, modelos y famosos en general. Y, por supuesto, a políticos, futbolistas y banqueros. Todo el mundo discursea, todo el mundo fiscaliza, sospecha y pontifica. Y siempre prescindiendo del hecho narrativo. Mi amigo ha observado que, en el extremo más llamativo de esta tendencia, abundan los integristas de cualquier linaje ideológico. Tipos que sólo abren la boca para expulsar viscerales exclamaciones de apoyo o rechazo a una causa, a un líder, a unos colores. Tipos que, para hablar, no usan la lengua, sino el dedo gordo, como los viejos emperadores romanos. Dedo arriba, dedo abajo. Condenar o salvar.
La desaparición de nuestros cuentos cotidianos alguna relación tiene que tener con el exceso informativo de nuestro tiempo. El hecho es que la mayor concentración de opinadores dogmáticos y maniqueos se da precisamente en la infinita galaxia de internet, donde la información es más rápida, caudalosa y abundante que en cualquier otro ámbito. En la denominada blogosfera y también en las webs informativas, se tiende con gran facilidad al comentario taxativo, radical, irrefutable. La duda brilla en internet por su ausencia.
La duda siempre ha tenido mala fama. La tiene hoy, pero también ayer la tuvo. Y sin embargo, es imprescindible. Especialmente en esta época en la que todos llevamos un juez en el cuerpo. Sin la duda metódica no habría avanzado la ciencia. Y sin la duda el pequeño dios que llevamos dentro carece de contrapeso. La duda nos familiariza con el otro, con las miradas opuestas. La duda, ciertamente, corroe la propia identidad. Desconcierta y fatiga, sí, pero fomenta la prudencia y cultiva el respeto. Es problemática, pero democrática. Václav Havel (aquel escritor que, por circunstancias de la vida, se encontró ejerciendo de presidente de Checoslovaquia y más tarde de la República Checa) aprendió a dudar mientras mandaba. Y cuando dejó el cargo, en un discurso memorable, dijo: "Cada día me asusta más la idea de no estar a la altura. Cada día tengo más miedo de cometer errores, de dejar de ser alguien en quien se pueda confiar. Cada día tengo más dudas, incluso de mí mismo; y cuantos más son mis enemigos, más me pongo mentalmente de su lado".
Fuente: La Vanguardia
Antoni Puigverd es escritor y poeta
18/12/09
Confrontaciones en Copenhague, por Leonardo Boff
En Copenhague, en las discusiones sobre las tasas de reducción de los gases productores del cambio climático se enfrentan dos visiones de mundo: la de la mayoría de los que están fuera de la Asamblea, venidos de todas partes del mundo, y la de los pocos que están dentro, que representan a los 192 estados. Estas visiones diferentes están cargadas de consecuencias, significando, en el límite, la garantía o la destrucción de un futuro común.Los que están dentro, fundamentalmente, reafirman el sistema actual de producción y de consumo, incluso sabiendo que implica sacrificio de la naturaleza y creación de desigualdades sociales. Creen que, con algunas regulaciones y controles, la máquina puede seguir produciendo crecimiento material y ganancias como ocurría antes de la crisis.
Pero hay que denunciar que justamente este sistema es el principal causante del calentamiento global al emitir anualmente 40 mil millones de toneladas de gases contaminantes. Tanto el calentamiento planetario como las perturbaciones de la naturaleza y la injusticia mundial son consideradas como externalidades, es decir, como realidades no intencionadas y que por eso no entran en la contabilidad general de los estados y de las empresas. Lo que cuenta en definitiva es el lucro y tener un PIB positivo.
Pero ocurre que estas externalidades se han vuelto tan amenazantes que están desestabilizando el sistema-Tierra, mostrando el fracaso del modelo económico neoliberal y poniendo en grave peligro el futuro de la especie humana.
No pasa por la cabeza de los representantes de los pueblos que la alternativa sea cambiar a un modo de producción que implique una relación de sinergia con la naturaleza. La sola reducción de las emisiones de carbono manteniendo el mismo pillaje de los recursos es como si pusiéramos un pie en el cuello de alguien y le dijéramos: quiero que seas libre, pero con la condición de que sigas teniendo mi pie en tu cuello.
Precisamos impugnar la filosofía subyacente a esta cosmovisión. Ella desconoce los límites de la Tierra, afirma que el ser humano es esencialmente egoísta y que por eso no puede cambiar, que puede disponer de la naturaleza como quiera, que la competición es natural, que por la selección natural los débiles son engullidos por los más fuertes, y que el mercado es el regulador de toda la vida económica y social.
Por el contrario, reafirmamos que el ser humano es esencialmente cooperativo, porque es un ser social, pero se vuelve egoísta cuando rompe con su propia esencia. Dando centralidad al egoísmo, como hace el sistema del capital, hace imposible una sociedad de rostro humano. Un hecho reciente lo demuestra: en cincuenta años los pobres recibieron 2 billones de dólares de ayuda mientras que los bancos recibieron 18 billones de dólares en un año. No es la competición lo que constituye la dinámica central del universo y de la vida sino la cooperación de todos con todos. Desde que se descubrieron los genes, las bacterias y los virus como principales factores de la evolución, no se puede sostener la selección natural como se hacía antes. Ésta sirvió de base para el darwinismo social. El mercado entregado a su lógica interna enfrenta a todos contra todos y así desgarra el tejido social. Postulamos una sociedad con mercado, no de mercado.
La otra visión, la de los representantes de la sociedad civil mundial, sostiene: la situación de la Tierra y de la Humanidad es tan grave que solamente el principio de cooperación y una nueva relación de sinergia y de respeto hacia la naturaleza podrán salvarnos. Sin eso vamos hacia el abismo que hemos cavado nosotros mismos.
Esa cooperación no es una virtud cualquiera. Es aquella que en otro tiempo nos permitió dejar atrás el mundo animal e inaugurar el mundo humano. Somos esencialmente seres cooperativos y solidarios sin lo cual nos devoramos unos a otros. Por eso la economía debe dar lugar a la ecología. O hacemos este viraje o Gaia puede que continúe sin nosotros.
La forma más inmediata de salvarnos es volver a la ética del cuidado, buscando el trabajo sin explotación, la producción sin contaminación, la competencia sin arrogancia y la solidaridad a partir de los más débiles. Éste es el gran salto que se impone en este momento. A partir de él la Tierra y la Humanidad pueden llegar a un acuerdo que salvará a ambos.
Fuente: Koinonia
17/12/09
De Melbourne a Copenhague, por Koldo Aldai
La ventana está blanca, los leños aún no caldean la estancia y sin embargo el corazón se para de buena mañana agradecido, emocionado. Los ojos se pegan al cristal en el esfuerzo de abarcar e integrar dentro tanta y tan pura belleza. Hace sólo unas horas bajo nuestros pies desnudos crujían las innumerables y pequeñas conchas en las playas salvajes del “Great Ocean Park” de Australia. Un veloz avión nos ha traído hasta este blanco impoluto. El mismo agua tibia que mecía nuestros pies cansados, inunda ahora en forma de nieve nuestro paisaje.Allí y aquí maravilla inmensa, allí y aquí incontenida admiración por tanta belleza sacudiendo el alma, aquí y allí el mismo caminante enmudecido ya sobre la nieve del hayedo, ya sobre la arena de la playa virgen. En todas las latitudes del planeta la misma fascinación por el milagro de la creación. Sólo resta que levantemos a esta prodigiosa, sorprendente y sagrada creación la amenaza que le han impuesto nuestra ignorancia y egoísmo.
No podemos perder la oportunidad. No habrá muchas más. Tanta belleza merece batirnos todo el cobre. La vida y su maravilla infinita merecen todos nuestros esfuerzos aunados. La capital danesa no debiera ser escenario de un trapicheo de paquetes de C02, menos aún una cumbre de grandes proclamas vacías de medidas eficaces contra el cambio climático. La mera prórroga de Kyoto no nos libraría del desastre. Copenhague debiera ser un antes y un después, un hito en la unidad humana a favor de la vida.
Este planeta mágico merece la pena, esta vida colmada de milagro merece el triunfo de esta gigantesca apuesta colectiva encarnada en la cumbre de Copenhague. Nos podemos unir por el mero gozo de sentirnos reencontrados con nuestras diferencias que se fecundan, gozo de sentir el latido del alma una, gozo de sentirnos hijos e hijas de un mismo Dios sin apellido, ni etiqueta. Nos podemos reunir por demanda de nuestras almas, nos podemos unir también por necesidad vital e impostergable.
A orillas del ancho río Yarra, en el centro de convenciones de la ciudad de Melbourne más de 5.000 personas de 200 credos diferentes nos hemos reunido del 3 al 9 de diciembre en el marco del V Parlamento de las Religiones del Mundo. Gentes de buena voluntad de diferentes países y filiaciones espirituales, aun con todos nuestros altares, nuestros legados, nuestros libros sagrados diferentes…, hemos sentido la suerte insustituible de la fraternidad humana encarnada sobre la tierra.
Bajo el lema “Escuchándonos mutuamente y sanando la Tierra” en el inmenso y recientemente estrenado palacio de convenciones, hemos vivenciado algo del otro mundo y el otro cielo posibles, mundo justo, pacífico, fraterno…, cielo ancho, abierto, plural… Hemos deseado contribuir desde nuestra visión trascendente y esperanzada de la vida a la resolución de los grandes desafíos del mundo.
La unión puede ser impulso natural de las almas que se buscan y se encuentran, aunque para ello haya que invertir un día largo de avión e ir a la otra punta del mundo. La unión puede ser también una urgencia absolutamente inaplazable. Dos ciudades, Melbourne y Copenhague encarnan estas dos uniones. Podemos unirnos la raza humana en la trascendencia de Melbourne o en la supervivencia de Copenhague, el caso es que tras milenios de división y de odio, hemos por fin concluido que no hay otro camino que el de la unidad.
Hubiera sido preferible sentir ese llamado inexcusable de unidad antes de que nos llegara el agua al cuello, antes de haber cambiado con nuestra ceguera individualista el rumbo del clima, de haber subido artificialmente el mercurio del barómetro de la tierra. Estamos donde estamos, lo importante es reconocer los errores y afrontar a partir de ahora los grandes desafíos planetarios, el del cambio del clima el primero, conjunta, resuelta y solidariamente.
Soplan ya los huracanes, se deshacen los hielos, suben las mareas…, el precio ha sido alto para converger por fin en un mismo anhelo y esfuerzo planetario a favor de la vida. Tardó Copenhague y su cita decisiva para salvar al planeta. Nunca más esperaremos tanto para converger toda la raza humana.
Que llegue el día en que abunden las cumbres del alma, en que nos reunamos sin ningún horizonte amenazado, por el mero placer de latir al unísono en un mismo espíritu, de respirar un mismo aire, de esbozar una misma oración de profundo agradecimiento. Ojalá más pronto que tarde la lección para siempre aprendida, ojalá se prodiguen los Melbournes y no haya nunca más necesidad de Copenhagues. Los mares por fin detenidos no amenazarán ya su sirena.
Fuente: Koldo Aldai
www.foroespiritual.org
www.fundacionananta.org
www.portaldorado.com
Artículo relacionado:
Crónica del Parlamento de las Religiones del Mundo, por Koldo Aldai
El marketing del miedo prueba el fracaso del producto, por José Carlos Garcia Fajardo
La falacia neoliberal que vende seguridad en lugar de paz como fruto de la justicia ayudó a que los medios de comunicación crearan una sociedad de mercado en el que los productos somos los seres humanos.
“Hay palabras suaves, palabras que sirven para calmar el corazón y otras que hieren. Hay palabras que emocionan a un pueblo y cambian el mundo. Y hay palabras que son veneno, palabras que se infiltran en la sangre como una droga, pervierten el deseo y oscurecen el juicio. ‘Desarrollo’ es una de esas palabras tóxicas”. Con estas palabras de Serge Latouche, en Sobrevivir al desarrollo, encabeza Miguel Jara el epílogo a su ensayo, “La salud que viene. Nuevas enfermedades y el marketing del miedo”.
Libro estimulante desde las primeras páginas, presididas por la afirmación de Tocqueville: “Las sociedades deben juzgarse por su capacidad para hacer que la gente sea feliz”.
Con este rumbo como referente despliega el autor su estudio sobre las personas hipersensibles como centinelas de la vida.
Así aborda el marketing del miedo, el negocio de crear temor para vender tratamientos. Ofrecer un malestar confortable en lugar de un bienestar saludable.
Hace años que denuncio la afirmación neoliberal de que el objeto principal del Estado es ofrecer seguridad. Esto es una falacia porque el objeto y sentido del Estado es el bienestar de los ciudadanos mediante la justicia y la primacía de la paz como fruto de esta justicia. Lo contrario ocurre en los cementerios bajo la luna, donde hay quietud porque nadie se mueve.
Todo esto, exasperado por los medios de comunicación, se convierte en un mercado sin límites. Han creado una sociedad de mercado en el que los productos somos los seres humanos.
Ya vemos con qué naturalidad los dueños de grandes equipos de fútbol o de rugby hablan estos días de “aprovechar el mercado de invierno, para vender los jugadores que nos sobran y comprar lo que necesitamos”. Para después traspasarlos, cederlos, cambiarlos, como si retratasen de herramientas que hablan, que es como Aristóteles describió a los esclavos.
Seguimos tocando en la orquesta mientras se hunde nuestro modelo de desarrollo elevado a categoría. De un modelo económico hemos derivado a una metafísica, sin atrevernos a cuestionar la premisa mayor. Huxley pronosticó la dictadura perfecta con apariencia de democracia. “Una cárcel sin muros donde nadie quiere irse ya que gracias al consumo y al entretenimiento los esclavos sienten amor por la esclavitud”.
Bienvenidas estas llamadas a la reflexión, a la resistencia y a la rebelión ante un modelo de sociedad en el que ya no nos enfrentamos a un mero “reajuste” de la economía, pues es el propio modelo económico global el que está en crisis. La crisis, escribe Jara, “es el estado normal de funcionamiento del modelo. No puede ser de otro modo cuando dicho proyecto económico se cimenta en el crecimiento infinito en un espacio finito como es el planeta Tierra, la casa común que nos acoge”.
Es preciso reflexionar sobre las estrategias de marketing del miedo que son testimonio del fracaso del “producto”.
Asistir impasibles al derrumbe de una civilización que ha fracasado nos sitúa en un escenario esperanzador: podemos convertir lo que es un problema en una oportunidad para evolucionar hacia algo mejor. “Es la crisis la que ofrece al individuo elegir entre seguridad y libertad; entre comodidad e imaginación; entre delegación y autonomía; elegir entre lamentarnos por los problemas o encontrar soluciones. La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura”, alerta M. Jara, porque tenemos que replantear los conceptos de calidad de vida, progreso o bienestar. La verdad es que nuestra sociedad ha denominado crecimiento, desarrollo y progreso a lo que es consumir a ciegas los recursos que ofrece la naturaleza, lo que es igual a consumirnos a nosotros mismos.
Y todo esto en un mundo en el que más de mil millones de personas pasan hambre, padecen enfermedades, vegetan en la ignorancia mientras se destroza el medioambiente. Una economía social asoma la cabeza entre los residuos provocados por una economía de despilfarro que pretendía hacerse “sostenible” sin reducir su actividad, escribe con esperanza nuestro autor, porque se trata de superar la crisis perenne con valores como la austeridad, la sobriedad, la belleza de lo pequeño; el decrecimiento sostenible.
Cuando nadie ni nada te necesita, ¿qué sentido tiene sobrevivir sin referencia ni esperanza? Pero tiene que ser posible la esperanza en otro mundo posible porque es necesario.
Fuente: José Carlos García Fajardo es Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director del Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS). Editor del blog amigo Jubilatería: Bitácora de un jubilata
Más información sobre el libro en la web personal del "periodista comprometido" Miguel Jara
Libro estimulante desde las primeras páginas, presididas por la afirmación de Tocqueville: “Las sociedades deben juzgarse por su capacidad para hacer que la gente sea feliz”.
Con este rumbo como referente despliega el autor su estudio sobre las personas hipersensibles como centinelas de la vida.
Así aborda el marketing del miedo, el negocio de crear temor para vender tratamientos. Ofrecer un malestar confortable en lugar de un bienestar saludable.
Hace años que denuncio la afirmación neoliberal de que el objeto principal del Estado es ofrecer seguridad. Esto es una falacia porque el objeto y sentido del Estado es el bienestar de los ciudadanos mediante la justicia y la primacía de la paz como fruto de esta justicia. Lo contrario ocurre en los cementerios bajo la luna, donde hay quietud porque nadie se mueve.
Todo esto, exasperado por los medios de comunicación, se convierte en un mercado sin límites. Han creado una sociedad de mercado en el que los productos somos los seres humanos.
Ya vemos con qué naturalidad los dueños de grandes equipos de fútbol o de rugby hablan estos días de “aprovechar el mercado de invierno, para vender los jugadores que nos sobran y comprar lo que necesitamos”. Para después traspasarlos, cederlos, cambiarlos, como si retratasen de herramientas que hablan, que es como Aristóteles describió a los esclavos.
Seguimos tocando en la orquesta mientras se hunde nuestro modelo de desarrollo elevado a categoría. De un modelo económico hemos derivado a una metafísica, sin atrevernos a cuestionar la premisa mayor. Huxley pronosticó la dictadura perfecta con apariencia de democracia. “Una cárcel sin muros donde nadie quiere irse ya que gracias al consumo y al entretenimiento los esclavos sienten amor por la esclavitud”.
Bienvenidas estas llamadas a la reflexión, a la resistencia y a la rebelión ante un modelo de sociedad en el que ya no nos enfrentamos a un mero “reajuste” de la economía, pues es el propio modelo económico global el que está en crisis. La crisis, escribe Jara, “es el estado normal de funcionamiento del modelo. No puede ser de otro modo cuando dicho proyecto económico se cimenta en el crecimiento infinito en un espacio finito como es el planeta Tierra, la casa común que nos acoge”.
Es preciso reflexionar sobre las estrategias de marketing del miedo que son testimonio del fracaso del “producto”.
Asistir impasibles al derrumbe de una civilización que ha fracasado nos sitúa en un escenario esperanzador: podemos convertir lo que es un problema en una oportunidad para evolucionar hacia algo mejor. “Es la crisis la que ofrece al individuo elegir entre seguridad y libertad; entre comodidad e imaginación; entre delegación y autonomía; elegir entre lamentarnos por los problemas o encontrar soluciones. La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura”, alerta M. Jara, porque tenemos que replantear los conceptos de calidad de vida, progreso o bienestar. La verdad es que nuestra sociedad ha denominado crecimiento, desarrollo y progreso a lo que es consumir a ciegas los recursos que ofrece la naturaleza, lo que es igual a consumirnos a nosotros mismos.
Y todo esto en un mundo en el que más de mil millones de personas pasan hambre, padecen enfermedades, vegetan en la ignorancia mientras se destroza el medioambiente. Una economía social asoma la cabeza entre los residuos provocados por una economía de despilfarro que pretendía hacerse “sostenible” sin reducir su actividad, escribe con esperanza nuestro autor, porque se trata de superar la crisis perenne con valores como la austeridad, la sobriedad, la belleza de lo pequeño; el decrecimiento sostenible.
Cuando nadie ni nada te necesita, ¿qué sentido tiene sobrevivir sin referencia ni esperanza? Pero tiene que ser posible la esperanza en otro mundo posible porque es necesario.
Fuente: José Carlos García Fajardo es Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director del Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS). Editor del blog amigo Jubilatería: Bitácora de un jubilata
Más información sobre el libro en la web personal del "periodista comprometido" Miguel Jara
12/12/09
Lo que está en juego en Copenhague, por Leonardo Boff
En Copenhague, los 192 representantes de los pueblos se enfrentan a algo irreversible: la Tierra ya se ha calentado, en exceso, por causa de nuestro estilo de producir, de consumir y de tratar la naturaleza. Sólo nos cabe adaptarnos a los cambios y mitigar sus efectos perversos.Lo normal sería que la humanidad se preguntase como un médico pregunta a su paciente: ¿por qué hemos llegado a esta situación? Importa considerar los síntomas e identificar la causa. Seria un error tratar los síntomas dejando sin tratar la causa, que seguiría amenazando la salud del paciente. Es exactamente lo que parece estar ocurriendo en Copenhague. Se buscan medios para tratar los síntomas pero no se va a la causa fundamental. El cambio climático con eventos extremos es un síntoma producido por gases de efecto invernadero que tienen la huella digital humana. Las soluciones sugeridas son: disminuir los porcentajes de gases, más altos para los países industrializados y más bajos para aquellos en desarrollo; crear fondos financieros para socorrer a los países pobres y transferir tecnologías para los atrasados. Todo esto en el marco de incontables discusiones que dificultan los consensos mínimos.
Estas medidas atacan solamente los síntomas. Hay que ir más al fondo, a las causas que producen tales gases perjudiciales para la salud de todos los vivientes y de la propia Tierra. Copenhague sería la ocasión de echarle valor y hacer un balance de nuestras prácticas en relación con la naturaleza, reconocer con humildad nuestra responsabilidad y con sabiduría recetar el remedio adecuado. Pero no es esto lo que está previsto. La estrategia dominante es como recetar aspirina a quien tiene una grave enfermedad cardiaca en vez de hacerle un trasplante.
Tiene razón la Carta de la Tierra cuando reza: «Como nunca antes en la historia, el destino común nos convoca a buscar un nuevo comienzo... Esto requiere un cambio en la mente y el corazón». Es exactamente esto: no bastan los remiendos, necesitamos recomenzar, es decir, encontrar una forma diferente de habitar la Tierra, de producir y de consumir con una mente cooperativa y un corazón compasivo.
De entrada urge reconocer que el problema no en sí la Tierra sino nuestra relación con la Tierra. Ella ha vivido más de cuatro mil millones de años sin nosotros y puede continuar tranquilamente sin nosotros. Nosotros no podemos vivir sin la Tierra, sin sus recursos y servicios. Tenemos que cambiar. La alternativa al cambio es aceptar el riesgo de nuestra propia destrucción y de una terrible extinción de la biodiversidad.
¿Cuál es la causa? El sueño de buscar la felicidad a través de la acumulación material y del progreso sin fin, usando para eso la ciencia y la técnica con las cuales se puede explotar de forma ilimitada todos los recursos de la Tierra. Esa felicidad es buscada individualmente, entrando en competición unos con otros, favoreciendo así el egoísmo, la ambición y la falta de solidaridad.
En esta competición, los débiles son víctimas de aquello que Darwin llama selección natural. Sólo los que mejor se adaptan, merecen sobrevivir, los demás son, naturalmente, seleccionados y condenados a desaparecer. Durante siglos predominó este sueño ilusorio, haciendo pocos ricos por un lado y muchos pobres por el otro, a costa de una espantosa devastación de la naturaleza.
Raramente se plantea la pregunta: ¿puede una Tierra finita soportar un proyecto infinito? La respuesta nos viene siendo dada por la propia Tierra. Ella sola no consigue reponer lo que se le ha extraído. Perdió su equilibrio interno por causa del caos que hemos creado en su base físico-química y por la contaminación atmosférica que la hizo cambiar de estado. De continuar por este camino comprometeremos nuestro futuro.
¿Qué podríamos esperar de Copenhague? Apenas esta sencilla confesión: así como estamos no podemos continuar. Y un propósito simple: Vamos a cambiar de rumbo. En vez de la competición, la cooperación. En vez de progreso sin fin, armonía con los ritmos de la Tierra. En lugar del individualismo, la solidaridad generacional. ¿Utopía? Si, pero una utopía necesaria para garantizar un porvenir.
Fuente: Koinonia
Leonardo Boff es teólogo, filósofo y escritor, más información en Wikipedia
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El último Nobel de la Paz, Barack Obama, ha decidido centrar su discurso de aceptación de ese premio en justificar la guerra. Unos dicen que es valiente y responsable. Otros que ha traicionado su campaña. Yo creo que se equivocan los unos, los otros, el premiado y el jurado.Dice el Nobel de la Paz que “a veces la guerra está justificada”. Obama sabe mucho de comunicación política. Y de marketing. Por eso juega más con la evocación que con la argumentación, porque una imagen vale más que mil palabras. Y nos presenta la guerra como la suma del “sangre, sudor y lágrimas” de Churchill, el sacrificio de los judíos que resistieron al holocausto nazi, la valentía de quienes desembarcaron en Normandía, la fiereza de los que ganaron en Stalingrado, la impotencia de los desamparados en el cerco de Sarajevo… El problema es que nada de esto tiene que ver con lo que propone el presidente de los Estados Unidos.
El Nobel de la Paz justifica ser el comandante en jefe de dos guerras diciendo que una (la de Irak) está terminando. Ojalá. Preocupa más el argumento que utiliza en la otra, la de Afganistán: la guerra que Estados Unidos “no la buscó”, mimetizándose con el Roosevelt conmocionado por el ataque japonés a Pearl Harbour. Pero Obama miente: el 11-S no fue Pearl Harbour. No fue un acto de guerra de Afganistán, organizado y perpetrado por el execrable gobierno talibán, sino un brutal atentado terrorista ejecutado por Al Qaeda. La respuesta del gobierno estadounidense de EEUU entonces (y ahora) sí fue un acto de guerra: invadir Afganistán. Con escaso éxito en el objetivo declarado de acabar con Al Qaeda.
El Nobel de la Paz nos quiere convencer de que a un acto terrorista se le puede responder con una guerra, y a un gobierno que ampara a los terroristas con una invasión. Mutatis mutandi, la doctrina de la “guerra contra el terror” habría amparado disolver el gobierno vasco y ocupar militarmente su territorio tras Hipercor; acabar con los santuarios de los terroristas habría justificado una reedición de los tercios de Flandes tras cualquiera de las negativas del gobierno belga a extraditar a etarras.
El discurso del Nobel de la Paz no es ni audaz ni comprometido; ni responsable ni realista. Es cínico. Porque nos coloca en la siguiente disyuntiva: o se acepta la guerra, o seremos cómplices del terror; o consentimos en suspender la legalidad o estaremos equiparando los totalitarismos con democracia, la complicidad talibán con el garantismo belga. Obama nos dice que el pacifismo es quietismo. NO. No es así en absoluto. Luego abundaré en ello. Lo único que hace aceptar el discurso de Obama es reforzar a Al Qaeda. Porque los terroristas ganan cuando empezamos a considerarlos parte beligerante de una guerra. Ese es su objetivo: lo ha intentado ETA durante toda la democracia, que ésta se suicide y pasemos del Estado de Derecho a un estado de guerra. La trampa en que Bush nos hizo caer a todos al declarar la “Guerra contra el Terror”. La trampa que nos vuelve a tender Obama.
Las ideas del Nobel de la Paz sobre la guerra son parecidas, demasiado parecidas, a las de George Bush. Mientras muchos hablamos de política antiterrorista, Obama y Bush hacen la guerra al terror. Porque ambos coinciden en no ver un salto entre la política y la guerra. Que se tranquilicen los fans de Obama: esto no quiere decir que ambos sean iguales: de hecho, harían la guerra en ejércitos diferentes. Obama se enrolaría con von Clausewitz, el pensador prusiano que presentó la guerra como la continuación de la política con otros medios… Bush lo haría con Schmitt, para quien la política es una forma de la guerra, donde quien no es un amigo es un enemigo. ¡Claro que hay diferencias entre Obama y Bush! Clausewitz no aceptaría Guantánamo ni Abu Ghraib, mientras que para Schmitt cuestionarlos, simplemente, carecería de sentido. Es la diferencia entre el criminal de guerra Bushmitt y el belicista Obamasewitz.
A un Nobel de la Paz habría que exigirle algo más que no ser un criminal de guerra. Y quizás Obama podría haber sido merecedor de este premio si hubiese hecho algo por la paz. Por ejemplo, inspirarse en otro filósofo alemán. Tan prusiano como von Clausewitz. Tan realista como Schmitt. Me refiero a Kant. Para quien, a diferencia de aquellos, el núcleo de la política no está en imponer la voluntad propia, ya sea pacífica o violentamente, sujeto a más o menos limitaciones. Para Kant la política es justicia, y la guerra, la ausencia absoluta de justicia, o sea, de política.
Si el Nobel de la Paz no se lo hubieran concedido a Barack Obamasewitz, sino a Bakant Obama, éste habría aprovechado el discurso de aceptación del premio no para hacer una apología de la guerra, sino para anunciar la adhesión inmediata de EEUU al Tribunal Penal Internacional. A continuación, propondría su reforma, para reforzarlo, para darle medios, para que tuviera poder. Una justicia ciega, sí, pero no impotente. Una reforma que demostrara que es falso que nos debatamos entre el belicismo o el apaciguamiento, entre halcones o palomas.
Si el Nobel de la Paz fuese Bakant Obama nos convencería de que la política es la solución al dilema entre la guerra “justa” y la paz “injusta”. Diría que igual que el Estado no está en guerra con un asesino o un pederasta, el Tribunal Penal Internacional no lo estaría con una organización terrorista transnacional o un gobernante criminal. Dicho de otro modo: si hay justicia, puede haber ejercicio legítimo del poder, para perseguir la injusticia; poder para defender un Estado de Derecho universal. Poder para que las víctimas no estén desamparadas. Para que el 11S no quede impune. Ni la invasión de Irak. Pero tampoco el hambre, o el cambio climático.
Un Nobel de la Paz hoy tiene que trabajar por la justicia. Como hicieron Mandela y de Klerk, derribando el odioso racismo hecho ley en la Sudáfrica del apartheid. Como Suu Kyi y Ebadi, arriesgando su vida por la democracia en Birmania e Irán. Como Gore y los científicos del IPCC, ampliando los horizontes de la justicia hacia el medio ambiente y las próximas generaciones.
Obama no merecía ser un Nobel de la Paz. Ahora menos, porque lo ha contaminado para hacer apología de la guerra. Presentándolo como una forma de política, cuando no es otra cosa que su antítesis, la muerte de la política. ¿Había alternativa a Obama? Supongo que sí. Mi opción habría sido dejarlo desierto. Quizás nadie lo merece el año en que el hambre ha alcanzado por primera vez a 1.000 millones de personas. El año que los gobiernos de todo el mundo se han puesto de acuerdo en salvar a bancos especuladores y banqueros corruptos, mientras racanean en la Cumbre del Clima. ¿Nobel de la Paz de 2009? Vacante. Nos habría hecho pensar. Quizás sería incluso motivo de orgullo en el futuro.
Mientras tanto, seguiremos esperando al Nobel de la Paz que ponga las bases de una justicia universal. Porque como bien decía Kant, ese será el principio de la paz. Auténtica. Para siempre.
Fuente: Andrés Sánchez. Sociólogo e Investigador de la Universidad de Almería
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