Existe un estado de desolación y de perplejidad en los acontecimientos económicos que desborda a los mismos Estados. Los medios de comunicación padecen una epidemia de alarma social sin aportar alternativas. Algunos dirán que no es su misión; pero sí lo es la de facilitar los instrumentos de comunicación a quienes exigen explicaciones, lealtad en los compromisos electorales y justicia en el ordenamiento y convivencia de la sociedad. Antes que miembros de una comunidad política somos seres humanos, sujetos de deberes y de derechos. No puede haber ley por encima del derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad.
No bastan la compasión ni la indignación; es preciso el compromiso. Caminamos en la certeza de que es más lo que nos aguarda que lo que ya hemos incorporado a nuestra historia personal y colectiva. Se trata de una realidad aunque no podamos verla todavía. Ya se nos irá revelando en la medida en que respondamos al desafío de los gritos sofocados y de las manos retorcidas.
Las personas comprometidas en la acción social actualizan su voluntad de servicio porque se saben relacionados con la comunidad. Nunca aislados, sino en una sociedad poblada. Sería impensable cualquier actividad ecológica para restaurar la armonía sin la experiencia de saberse tierra que camina.
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20/2/12
15/1/10
No es sólo un desastre natural, por José Carlos Garcia Fajardo
Haití mantendrá el interés televisivo hasta que ocurra una desgracia en otra parte del mundo. El desastre del país caribeño reside más en el colonialismo y la corrupción que en el terremoto.
Nadie puede evitar que un terremoto ocurra, pero sí podemos actuar para reducir la vulnerabilidad de quienes los padecen. En Haití ha sucedido un año después que los huracanes causaran medio millar de víctimas y casi un millón de damnificados. En 2004, la tormenta Jeanne dejó allí 20 veces más víctimas que en los países vecinos.
Si los cataclismos de este tipo afectan más a la población con menos recursos, imaginemos la situación del 72% de la población que vive en Haití con menos de dos dólares diarios. La desgracia se abate sobre un país de frágiles y corruptas estructuras en el que han reinado la violencia y la inestabilidad política a lo largo de sus 206 años de historia.
Ha sido una forma demasiado cruel de devolver a Haití a la actualidad y de recordar que si antes quedaba mucho trabajo por hacer, ahora la tarea es inmensa. Pero tenemos que aprovechar estos momentos para preguntarnos por las causas de sus constantes crisis políticas y sociales que los han sumido en la más desoladora pobreza y desesperanza.
Si los cataclismos de este tipo afectan más a la población con menos recursos, imaginemos la situación del 72% de la población que vive en Haití con menos de dos dólares diarios. La desgracia se abate sobre un país de frágiles y corruptas estructuras en el que han reinado la violencia y la inestabilidad política a lo largo de sus 206 años de historia.
Ha sido una forma demasiado cruel de devolver a Haití a la actualidad y de recordar que si antes quedaba mucho trabajo por hacer, ahora la tarea es inmensa. Pero tenemos que aprovechar estos momentos para preguntarnos por las causas de sus constantes crisis políticas y sociales que los han sumido en la más desoladora pobreza y desesperanza.
11/1/10
Implicación de los jóvenes en la acción social, por José Carlos Garcia Fajardo
Los jóvenes imitan el individualismo que observan en distintos ámbitos de la vida política social. Poco podremos esperar de ellos si disociamos la lógica del bienestar del valor del esfuerzo, la entrega y la capacidad de renuncia ante similares derechos de los demás.
“Cuando los padres se acostumbran a dejar hacer a sus hijos; cuando los hijos ya no toman en cuenta lo que aquéllos dicen; cuando los maestros tiemblan ante sus alumnos y prefieren adularlos; cuando, finalmente, los jóvenes desprecian las leyes, porque ya no admiten por encima de ellos la autoridad de nada ni de nadie, es el principio de la tiranía y el fin de la pedagogía”. Un texto de la máxima actualidad pero que fue escrito por Platón hace más de dos mil años.
Lo recordaba el profesor Javier Elzo al tratar de “Los jóvenes, quiénes son y cómo implicarlos en la acción social”, y comienza por denunciar dos errores: Adular a los adolescentes y jóvenes y mimarlos, o identificarlos con la violencia, la droga, el alcoholismo, la juerga y, en general, con todo lo negativo.
En esos escollos debe abordarse la concepción de la educación, no sólo como un medio para transmitir saberes sino como la capacidad de enfrentarse a los desafíos de la vida sacando lo mejor de cada persona. No imponer paradigmas ni métodos rígidos sino que, al igual que el cantero de Lesbos con su regla de plomo, adaptarnos a las características de cada persona.
Para estudiar a los jóvenes tenemos tres caminos de aproximación:
La tesis de la contextualización, donde sólo las experiencias compartidas dan lugar a generaciones; las tesis de la complejidad: no hay juventud, hay jóvenes, o la más moderna tesis de la socialización, es decir de la inserción y felicidad de los jóvenes dentro de la sociedad. La felicidad personal en un ambiente social es la capacidad de ser uno mismo, de poder querer lo que hace para así poder hacer lo que quiere.
Asistimos a una mutación histórica: Revolución tecnológica, globalización y nuevo papel de la mujer. Auge de la conciencia ecológica y movimientos alternativos como respuesta de futuro.
No estamos ante un cambio de época o de edad, sino de Era. Quizás nos hallemos en la gran revolución de las comunicaciones más importante que la energía atómica y las grandes conquistas de la ciencia y de la técnica, pues afecta a la propia esencia de la persona. Si no fuera por los demás y por el medio qué sabríamos de nosotros mismos.
Constatamos que, en los jóvenes, el referente religioso es minoritario, el referente político está muy desprestigiado; el social, cuestionado; mientras que el bienestar social se ha erigido en el primer valor de la mayoría. La primacía corresponde a la lógica del bienestar con los riesgos que entraña si lo disociamos del valor del esfuerzo, la entrega y la capacidad de renuncia ante similares derechos de los demás.
Los jóvenes son testigos de la lógica económico- financiera imperante que se autonomiza de la dimensión ética. La maximización de beneficios, en las empresas y en los individuos y la coexistencia entre discurso ético y práctica consumista.
En cuanto al individualismo, buen legado de la ilustración, tiene la dimensión positiva de ser autónomos y libres, pero ¿hasta qué punto responsables y solidarios? La dimensión negativa es el mal legado de la post modernidad: cada uno para sí, el imperio del deseo, la ausencia de proyectos colectivos y el todo vale y cuánto más, mejor.
Los elementos que conforman a los adolescentes de hoy es que la mayoría son hijos únicos que viven en casa, arropados. La adolescencia empieza antes y termina más tarde. Algunos no llegan a ser jóvenes.
Muchos tienen miedo en la escuela. Algunos maestros, también. Se da el abandono de la escuela en zonas turísticas y entre los inmigrantes. En las escuelas conviven etnias y culturas diferentes. La des estructuración de las familias, cada vez más frágiles. En resumen: La madre deja el hogar y el padre no ha entrado. Nidos vacíos y abuelas esclavas.
También hay que añadir la banalización del cannabis, extensión de la cocaína y del consumo de alcohol, la diversión nocturna y ruidosa: alcohol y droga igual a fiesta. Aceptación por la sociedad adulta de esta situación y ausencia de referentes holísticos. Mientras que valoran la lealtad, la transparencia, la ausencia de doblez, la fidelidad. Rechazan la mentira, el enchufismo, las prebendas y tienen gran capacidad de adaptación.
De ahí, que el profesor Elzo señale los valores que es preciso promover en las nuevas generaciones: La competencia personal, la racionalidad, el dinero como valor y el valor del dinero, la tolerancia y solidaridad en un mundo pluralista, la espiritualidad, los valores finalistas y valores instrumentales, la responsable gestión de la sexualidad y la utopía por un mundo mejor: un proyecto de vida, clave de la felicidad juvenil.
José Carlos García Fajardo es Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director del CCS
Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)
Lo recordaba el profesor Javier Elzo al tratar de “Los jóvenes, quiénes son y cómo implicarlos en la acción social”, y comienza por denunciar dos errores: Adular a los adolescentes y jóvenes y mimarlos, o identificarlos con la violencia, la droga, el alcoholismo, la juerga y, en general, con todo lo negativo.
En esos escollos debe abordarse la concepción de la educación, no sólo como un medio para transmitir saberes sino como la capacidad de enfrentarse a los desafíos de la vida sacando lo mejor de cada persona. No imponer paradigmas ni métodos rígidos sino que, al igual que el cantero de Lesbos con su regla de plomo, adaptarnos a las características de cada persona.
Para estudiar a los jóvenes tenemos tres caminos de aproximación:
La tesis de la contextualización, donde sólo las experiencias compartidas dan lugar a generaciones; las tesis de la complejidad: no hay juventud, hay jóvenes, o la más moderna tesis de la socialización, es decir de la inserción y felicidad de los jóvenes dentro de la sociedad. La felicidad personal en un ambiente social es la capacidad de ser uno mismo, de poder querer lo que hace para así poder hacer lo que quiere.
Asistimos a una mutación histórica: Revolución tecnológica, globalización y nuevo papel de la mujer. Auge de la conciencia ecológica y movimientos alternativos como respuesta de futuro.
No estamos ante un cambio de época o de edad, sino de Era. Quizás nos hallemos en la gran revolución de las comunicaciones más importante que la energía atómica y las grandes conquistas de la ciencia y de la técnica, pues afecta a la propia esencia de la persona. Si no fuera por los demás y por el medio qué sabríamos de nosotros mismos.
Constatamos que, en los jóvenes, el referente religioso es minoritario, el referente político está muy desprestigiado; el social, cuestionado; mientras que el bienestar social se ha erigido en el primer valor de la mayoría. La primacía corresponde a la lógica del bienestar con los riesgos que entraña si lo disociamos del valor del esfuerzo, la entrega y la capacidad de renuncia ante similares derechos de los demás.
Los jóvenes son testigos de la lógica económico- financiera imperante que se autonomiza de la dimensión ética. La maximización de beneficios, en las empresas y en los individuos y la coexistencia entre discurso ético y práctica consumista.
En cuanto al individualismo, buen legado de la ilustración, tiene la dimensión positiva de ser autónomos y libres, pero ¿hasta qué punto responsables y solidarios? La dimensión negativa es el mal legado de la post modernidad: cada uno para sí, el imperio del deseo, la ausencia de proyectos colectivos y el todo vale y cuánto más, mejor.
Los elementos que conforman a los adolescentes de hoy es que la mayoría son hijos únicos que viven en casa, arropados. La adolescencia empieza antes y termina más tarde. Algunos no llegan a ser jóvenes.
Muchos tienen miedo en la escuela. Algunos maestros, también. Se da el abandono de la escuela en zonas turísticas y entre los inmigrantes. En las escuelas conviven etnias y culturas diferentes. La des estructuración de las familias, cada vez más frágiles. En resumen: La madre deja el hogar y el padre no ha entrado. Nidos vacíos y abuelas esclavas.
También hay que añadir la banalización del cannabis, extensión de la cocaína y del consumo de alcohol, la diversión nocturna y ruidosa: alcohol y droga igual a fiesta. Aceptación por la sociedad adulta de esta situación y ausencia de referentes holísticos. Mientras que valoran la lealtad, la transparencia, la ausencia de doblez, la fidelidad. Rechazan la mentira, el enchufismo, las prebendas y tienen gran capacidad de adaptación.
De ahí, que el profesor Elzo señale los valores que es preciso promover en las nuevas generaciones: La competencia personal, la racionalidad, el dinero como valor y el valor del dinero, la tolerancia y solidaridad en un mundo pluralista, la espiritualidad, los valores finalistas y valores instrumentales, la responsable gestión de la sexualidad y la utopía por un mundo mejor: un proyecto de vida, clave de la felicidad juvenil.
José Carlos García Fajardo es Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director del CCS
Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)
26/12/09
Una reincidente soledad, por José Carlos Garcia Fajardo
“Los ritos son necesarios”, le dice el zorro a su nuevo amigo, el Principito, “un rito es lo que distingue un día de otro, un tiempo de otro similar”. ¿Qué más dará una fecha que otra si el tiempo es usura de la vida? Pero los seres humanos necesitamos la celebración siguiendo el curso de la naturaleza.
Antes, celebraban la siega o la vendimia, los ritos de amor o de paso. O fiestas religiosas que venían a coincidir con ancestrales costumbres relacionadas con los ciclos de la agricultura. Hoy celebramos el permanecer vivos y tratamos de dar sentido a cada momento de nuestra existencia porque se nos escapa el sentido de una vida.
Algo no va bien en el mundo y no nos atrevemos a acometer las causas contentándonos con aliviar algún efecto de esa injusticia estructural, para calmar algo la conciencia, de ahí las limosnas y los aguinaldos. Pero nos lanzamos en la vorágine de un consumismo descabellado.
Nos echamos a la calle a comprar para éste o para el otro, mientras durante el resto del año no somos capaces de encontrar un momento para saber cómo se encuentra, para escucharlo. En estos momentos corremos el riesgo de convertir “al otro” en objeto de nuestra solicitud, cuando el otro siempre es sujeto que sale al encuentro y nos interpela.
Esta es nuestra asignatura pendiente, escuchar y acoger, dejarnos querer sin abrumar con nuestros consejos o con nuestros regalos. Dejar a las personas como están sin intentar cambiarlas. ¿Por qué cuando alguien dice que nos quiere pretende cambiarnos? Pero si tú me has conocido así, como un disparate que contrastaba y complementaba el tuyo, ¿por qué ahora que vamos madurando pretendemos cambiarnos? Deja a las piedras que sean piedras sin intentar transformarlas en pan. Cuando nos conocimos, yo era un abedul y tú una palmera, nos reíamos y nos sabíamos alas de un mismo vuelo, no nos deteníamos a mirarnos uno al otro sino que aprendimos a mirar juntos en la misma dirección.
Aprendimos a compartir el pan y el vino pero sin morder el mismo trozo ni servirnos del mismo vaso. Aquel día, después de una crisis, comprendimos las palabras de Khalil Gibrán: sed como las columnas del templo, todas sostienen la bóveda pero el aire circula entre ellas.
Así nosotros en estos días de algarada tratemos de recuperar la cordura: no es Navidad porque lo digan los grandes almacenes. No es preciso agobiarnos gastando un dineral y perdiendo los papeles. Ni tan siquiera es necesario comer y beber hasta hartarse y perder el gusto por la comida y la bebida. Nos obligamos a reír y a divertirnos y, al final, es eso: nos di-vertimos, nos apartamos de nosotros mismos y del camino, extraviándonos.
¿No es en estas fiestas cuando nos acomete una extraña soledad, una especie de vacío que llamamos nostalgia y que no es más que hastío? Se diría que tenemos que caer bien a todo el mundo, felicitar hasta a las farolas y empeñarnos en retrasar la hora del sueño como si temiéramos no seguir viviendo.
Esta es la más oculta razón de los ritos en el solsticio de invierno mientras que, en el de verano, por San Juan, tenemos que celebrar con cantos, bailes y hogueras la necesidad de afirmarnos y de perpetuarnos con todo nuestro ser.
Para esto sirven los ritos y las celebraciones, para afirmarnos y aceptarnos, para asumir nuestra maduración y tratar de ser coherentes con las aportaciones de ese tiempo nuevo que vamos haciendo, porque el tiempo no existe. Según lo vamos necesitando lo vamos hilando; por eso hay un tiempo cronos, siempre igual, y un tiempo kairós, un tiempo existencial, de plenitud y de alborozo, de celebración y hasta de exceso. Como aquel tiempo que eternizaba Zorba cuando bailaba el sirtaki en la playa inmensa sin consuelo por la muerte de su único hijo.
Por eso tenemos que aprovechar todos los momentos especiales para hacernos cómplices con la vida, y sostener con Sábato: “Tengo la convicción de que debemos penetrar en la noche y, como centinelas, permanecer en guardia por aquellos que están solos y sufren el horror ocasionado por este sistema que es mundial y perverso. Un grito en la mitad de la noche puede bastar para recordarnos que estamos vivos, y que de ninguna manera pensamos entregarnos”.
Reconocer que nos debemos a nosotros mismos un gesto absoluto de confianza en la vida y de compromiso con el otro. Así lograremos trazar un puente sobre el abismo.
Es una decisión que en este momento nos debe abrasar el alma. Como el auténtico honor, que no es sino un reconocimiento que la persona de bien se hace a sí misma. Y el camino, como sugería Kafka, consiste en ahondar en el propio corazón porque eso significa ahondar en el corazón de todos los seres humanos. Ya que todos nos buscamos sin saberlo.
Fuente: José Carlos García Fajardo es Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director del Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS). Editor del blog amigo Jubilatería: Bitácora de un jubilata
17/12/09
El marketing del miedo prueba el fracaso del producto, por José Carlos Garcia Fajardo
La falacia neoliberal que vende seguridad en lugar de paz como fruto de la justicia ayudó a que los medios de comunicación crearan una sociedad de mercado en el que los productos somos los seres humanos.
“Hay palabras suaves, palabras que sirven para calmar el corazón y otras que hieren. Hay palabras que emocionan a un pueblo y cambian el mundo. Y hay palabras que son veneno, palabras que se infiltran en la sangre como una droga, pervierten el deseo y oscurecen el juicio. ‘Desarrollo’ es una de esas palabras tóxicas”. Con estas palabras de Serge Latouche, en Sobrevivir al desarrollo, encabeza Miguel Jara el epílogo a su ensayo, “La salud que viene. Nuevas enfermedades y el marketing del miedo”.
Libro estimulante desde las primeras páginas, presididas por la afirmación de Tocqueville: “Las sociedades deben juzgarse por su capacidad para hacer que la gente sea feliz”.
Con este rumbo como referente despliega el autor su estudio sobre las personas hipersensibles como centinelas de la vida.
Así aborda el marketing del miedo, el negocio de crear temor para vender tratamientos. Ofrecer un malestar confortable en lugar de un bienestar saludable.
Hace años que denuncio la afirmación neoliberal de que el objeto principal del Estado es ofrecer seguridad. Esto es una falacia porque el objeto y sentido del Estado es el bienestar de los ciudadanos mediante la justicia y la primacía de la paz como fruto de esta justicia. Lo contrario ocurre en los cementerios bajo la luna, donde hay quietud porque nadie se mueve.
Todo esto, exasperado por los medios de comunicación, se convierte en un mercado sin límites. Han creado una sociedad de mercado en el que los productos somos los seres humanos.
Ya vemos con qué naturalidad los dueños de grandes equipos de fútbol o de rugby hablan estos días de “aprovechar el mercado de invierno, para vender los jugadores que nos sobran y comprar lo que necesitamos”. Para después traspasarlos, cederlos, cambiarlos, como si retratasen de herramientas que hablan, que es como Aristóteles describió a los esclavos.
Seguimos tocando en la orquesta mientras se hunde nuestro modelo de desarrollo elevado a categoría. De un modelo económico hemos derivado a una metafísica, sin atrevernos a cuestionar la premisa mayor. Huxley pronosticó la dictadura perfecta con apariencia de democracia. “Una cárcel sin muros donde nadie quiere irse ya que gracias al consumo y al entretenimiento los esclavos sienten amor por la esclavitud”.
Bienvenidas estas llamadas a la reflexión, a la resistencia y a la rebelión ante un modelo de sociedad en el que ya no nos enfrentamos a un mero “reajuste” de la economía, pues es el propio modelo económico global el que está en crisis. La crisis, escribe Jara, “es el estado normal de funcionamiento del modelo. No puede ser de otro modo cuando dicho proyecto económico se cimenta en el crecimiento infinito en un espacio finito como es el planeta Tierra, la casa común que nos acoge”.
Es preciso reflexionar sobre las estrategias de marketing del miedo que son testimonio del fracaso del “producto”.
Asistir impasibles al derrumbe de una civilización que ha fracasado nos sitúa en un escenario esperanzador: podemos convertir lo que es un problema en una oportunidad para evolucionar hacia algo mejor. “Es la crisis la que ofrece al individuo elegir entre seguridad y libertad; entre comodidad e imaginación; entre delegación y autonomía; elegir entre lamentarnos por los problemas o encontrar soluciones. La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura”, alerta M. Jara, porque tenemos que replantear los conceptos de calidad de vida, progreso o bienestar. La verdad es que nuestra sociedad ha denominado crecimiento, desarrollo y progreso a lo que es consumir a ciegas los recursos que ofrece la naturaleza, lo que es igual a consumirnos a nosotros mismos.
Y todo esto en un mundo en el que más de mil millones de personas pasan hambre, padecen enfermedades, vegetan en la ignorancia mientras se destroza el medioambiente. Una economía social asoma la cabeza entre los residuos provocados por una economía de despilfarro que pretendía hacerse “sostenible” sin reducir su actividad, escribe con esperanza nuestro autor, porque se trata de superar la crisis perenne con valores como la austeridad, la sobriedad, la belleza de lo pequeño; el decrecimiento sostenible.
Cuando nadie ni nada te necesita, ¿qué sentido tiene sobrevivir sin referencia ni esperanza? Pero tiene que ser posible la esperanza en otro mundo posible porque es necesario.
Fuente: José Carlos García Fajardo es Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director del Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS). Editor del blog amigo Jubilatería: Bitácora de un jubilata
Más información sobre el libro en la web personal del "periodista comprometido" Miguel Jara
Libro estimulante desde las primeras páginas, presididas por la afirmación de Tocqueville: “Las sociedades deben juzgarse por su capacidad para hacer que la gente sea feliz”.
Con este rumbo como referente despliega el autor su estudio sobre las personas hipersensibles como centinelas de la vida.
Así aborda el marketing del miedo, el negocio de crear temor para vender tratamientos. Ofrecer un malestar confortable en lugar de un bienestar saludable.
Hace años que denuncio la afirmación neoliberal de que el objeto principal del Estado es ofrecer seguridad. Esto es una falacia porque el objeto y sentido del Estado es el bienestar de los ciudadanos mediante la justicia y la primacía de la paz como fruto de esta justicia. Lo contrario ocurre en los cementerios bajo la luna, donde hay quietud porque nadie se mueve.
Todo esto, exasperado por los medios de comunicación, se convierte en un mercado sin límites. Han creado una sociedad de mercado en el que los productos somos los seres humanos.
Ya vemos con qué naturalidad los dueños de grandes equipos de fútbol o de rugby hablan estos días de “aprovechar el mercado de invierno, para vender los jugadores que nos sobran y comprar lo que necesitamos”. Para después traspasarlos, cederlos, cambiarlos, como si retratasen de herramientas que hablan, que es como Aristóteles describió a los esclavos.
Seguimos tocando en la orquesta mientras se hunde nuestro modelo de desarrollo elevado a categoría. De un modelo económico hemos derivado a una metafísica, sin atrevernos a cuestionar la premisa mayor. Huxley pronosticó la dictadura perfecta con apariencia de democracia. “Una cárcel sin muros donde nadie quiere irse ya que gracias al consumo y al entretenimiento los esclavos sienten amor por la esclavitud”.
Bienvenidas estas llamadas a la reflexión, a la resistencia y a la rebelión ante un modelo de sociedad en el que ya no nos enfrentamos a un mero “reajuste” de la economía, pues es el propio modelo económico global el que está en crisis. La crisis, escribe Jara, “es el estado normal de funcionamiento del modelo. No puede ser de otro modo cuando dicho proyecto económico se cimenta en el crecimiento infinito en un espacio finito como es el planeta Tierra, la casa común que nos acoge”.
Es preciso reflexionar sobre las estrategias de marketing del miedo que son testimonio del fracaso del “producto”.
Asistir impasibles al derrumbe de una civilización que ha fracasado nos sitúa en un escenario esperanzador: podemos convertir lo que es un problema en una oportunidad para evolucionar hacia algo mejor. “Es la crisis la que ofrece al individuo elegir entre seguridad y libertad; entre comodidad e imaginación; entre delegación y autonomía; elegir entre lamentarnos por los problemas o encontrar soluciones. La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura”, alerta M. Jara, porque tenemos que replantear los conceptos de calidad de vida, progreso o bienestar. La verdad es que nuestra sociedad ha denominado crecimiento, desarrollo y progreso a lo que es consumir a ciegas los recursos que ofrece la naturaleza, lo que es igual a consumirnos a nosotros mismos.
Y todo esto en un mundo en el que más de mil millones de personas pasan hambre, padecen enfermedades, vegetan en la ignorancia mientras se destroza el medioambiente. Una economía social asoma la cabeza entre los residuos provocados por una economía de despilfarro que pretendía hacerse “sostenible” sin reducir su actividad, escribe con esperanza nuestro autor, porque se trata de superar la crisis perenne con valores como la austeridad, la sobriedad, la belleza de lo pequeño; el decrecimiento sostenible.
Cuando nadie ni nada te necesita, ¿qué sentido tiene sobrevivir sin referencia ni esperanza? Pero tiene que ser posible la esperanza en otro mundo posible porque es necesario.
Fuente: José Carlos García Fajardo es Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director del Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS). Editor del blog amigo Jubilatería: Bitácora de un jubilata
Más información sobre el libro en la web personal del "periodista comprometido" Miguel Jara
8/12/09
Aprovechemos la crisis para transformar el sistema, por José Carlos Garcia Fajardo
Para transformar este sistema caduco, tenemos que ponernos en la perspectiva de las víctimas de la crisis financiera, alimentaria, energética, hídrica, climática y social. Así encontraremos una causa común: un modelo de sobreexplotación y de olvido de la condición humana.
Cuando cerca de mil millones de seres humanos viven debajo del umbral de la pobreza, cada día decenas de millares de personas mueren de hambre, desaparecen etnias, modos de vida, culturas, poniendo el patrimonio de la humanidad en peligro, cuando el clima se deteriora, no podemos resignarnos a hablar sólo de cómo atajar la crisis financiera.
Nuestro mundo requiere alternativas, no sólo regulaciones. No es lógico rehabilitar un sistema si no tratamos de transformarlo. Para comprender el alcance de este deber moral tenemos que ponernos en la perspectiva de las víctimas. Esto nos permite constatar que las crisis, financiera, alimentaria, energética, hídrica, climática, social, tienen una causa común, el agotamiento de un modelo económico de desarrollo por sobreexplotación y olvido de la condición humana. Puesto que estamos ante un caso de conductas desorbitadas e incontroladas podemos transformar el crecimiento y el progreso adoptando otra actitud más humana y solidaria en armonía con las exigencias de la naturaleza.
Esta crisis tiene consecuencias sociales que van más allá del ámbito en que se han desarrollado. El desempleo, el consumo desaforado, la implacable agresión a la naturaleza y la exclusión de los más pobres, la creciente vulnerabilidad de las clases medias y el incesante incremento de las víctimas. No se trata sólo de un accidente en el recorrido del sistema ni de un abuso cometido por poderes económicos. Se trata de los efectos de una lógica que atraviesa la historia económica de los últimos dos siglos.
Se ha confundido ser con tener, mientras se instalaba la falacia de que el motor del crecimiento pasaba por la acumulación del capital, de la cual se beneficiaría, a la larga, el resto de la humanidad. No ha sido así. Estas no son más que las cimas emergentes de un océano de insolidaridad, de ciega explotación de la naturaleza y del trabajo de los seres humanos. Con todas las salvedades cabría decir: bienvenida sea la crisis si con ella acometemos la transformación del sistema.
En este sentido, la burbuja financiera exacerbada por el desarrollo de nuevas tecnologías de la información y de las comunicaciones ha reventado los instrumentos que había idolatrado. La economía financiera se ha vuelto cada vez más virtual y los beneficios se han conseguido a costa de la explotación de riquezas naturales y de comunidades. La especulación se ha convertido en norma del sistema económico.
Un ejemplo lo podemos ver en la crisis alimentaria. Los precios no aumentaron sólo a causa de la explosión demográfica ni por un descenso en la producción, sino por haber sometido la vida de las personas a la consecución de beneficios desorbitados.
También la crisis energética va más allá de los desajustes de los precios del petróleo. Ésta señala el fin del ciclo de la energía fósil barata, pues su mantenimiento llevó a una utilización desorbitada de la energía, en favor de un modo de crecimiento acelerado. La sobreexplotación de los recursos naturales y la liberalización de los intercambios multiplicaron el transporte de las mercancías y fomentaron los medios de movilidad individual, sin considerar las consecuencias climáticas y sociales. La utilización de derivados del petróleo como fertilizantes y pesticidas se generalizó en el marco de una agricultura intensiva.
Ante esta crisis urge buscar soluciones que no se compadecen con mantener el nivel de beneficios, sin tomar en cuenta el medio ambiente ni las necesidades de la población. Pero eso no entra en el cálculo del modelo capitalista. Es el caso de los agrocarburantes y sus consecuencias ecológicas: destrucción, por el monocultivo de la biodiversidad, de los suelos y de las aguas subterráneas, y sus consecuencias sociales: expulsión de millones de campesinos que van a poblar los cinturones de miseria de las ciudades y a empeorar la presión migratoria.
En este contexto podemos considerar la crisis social. Este conjunto de tropelías desemboca en una crisis de la civilización, con el consiguiente agotamiento del planeta y la amenaza a millones de seres vivos. Nunca antes en la historia de la humanidad había sido tan posible la destrucción física del planeta. De ahí la urgente necesidad de aportar propuestas alternativas que permitan una transformación radical de nuestras formas de vida. La política que renuncia a la razón y abandona la ética siega las posibilidades de otro mundo posible, más justo y solidario.
José Carlos García Fajardo. Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director del CCS
Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)
José Carlos García Fajardo edita el blog amigo Jubilatería: Bitácora de un jubilata
Nuestro mundo requiere alternativas, no sólo regulaciones. No es lógico rehabilitar un sistema si no tratamos de transformarlo. Para comprender el alcance de este deber moral tenemos que ponernos en la perspectiva de las víctimas. Esto nos permite constatar que las crisis, financiera, alimentaria, energética, hídrica, climática, social, tienen una causa común, el agotamiento de un modelo económico de desarrollo por sobreexplotación y olvido de la condición humana. Puesto que estamos ante un caso de conductas desorbitadas e incontroladas podemos transformar el crecimiento y el progreso adoptando otra actitud más humana y solidaria en armonía con las exigencias de la naturaleza.
Esta crisis tiene consecuencias sociales que van más allá del ámbito en que se han desarrollado. El desempleo, el consumo desaforado, la implacable agresión a la naturaleza y la exclusión de los más pobres, la creciente vulnerabilidad de las clases medias y el incesante incremento de las víctimas. No se trata sólo de un accidente en el recorrido del sistema ni de un abuso cometido por poderes económicos. Se trata de los efectos de una lógica que atraviesa la historia económica de los últimos dos siglos.
Se ha confundido ser con tener, mientras se instalaba la falacia de que el motor del crecimiento pasaba por la acumulación del capital, de la cual se beneficiaría, a la larga, el resto de la humanidad. No ha sido así. Estas no son más que las cimas emergentes de un océano de insolidaridad, de ciega explotación de la naturaleza y del trabajo de los seres humanos. Con todas las salvedades cabría decir: bienvenida sea la crisis si con ella acometemos la transformación del sistema.
En este sentido, la burbuja financiera exacerbada por el desarrollo de nuevas tecnologías de la información y de las comunicaciones ha reventado los instrumentos que había idolatrado. La economía financiera se ha vuelto cada vez más virtual y los beneficios se han conseguido a costa de la explotación de riquezas naturales y de comunidades. La especulación se ha convertido en norma del sistema económico.
Un ejemplo lo podemos ver en la crisis alimentaria. Los precios no aumentaron sólo a causa de la explosión demográfica ni por un descenso en la producción, sino por haber sometido la vida de las personas a la consecución de beneficios desorbitados.
También la crisis energética va más allá de los desajustes de los precios del petróleo. Ésta señala el fin del ciclo de la energía fósil barata, pues su mantenimiento llevó a una utilización desorbitada de la energía, en favor de un modo de crecimiento acelerado. La sobreexplotación de los recursos naturales y la liberalización de los intercambios multiplicaron el transporte de las mercancías y fomentaron los medios de movilidad individual, sin considerar las consecuencias climáticas y sociales. La utilización de derivados del petróleo como fertilizantes y pesticidas se generalizó en el marco de una agricultura intensiva.
Ante esta crisis urge buscar soluciones que no se compadecen con mantener el nivel de beneficios, sin tomar en cuenta el medio ambiente ni las necesidades de la población. Pero eso no entra en el cálculo del modelo capitalista. Es el caso de los agrocarburantes y sus consecuencias ecológicas: destrucción, por el monocultivo de la biodiversidad, de los suelos y de las aguas subterráneas, y sus consecuencias sociales: expulsión de millones de campesinos que van a poblar los cinturones de miseria de las ciudades y a empeorar la presión migratoria.
En este contexto podemos considerar la crisis social. Este conjunto de tropelías desemboca en una crisis de la civilización, con el consiguiente agotamiento del planeta y la amenaza a millones de seres vivos. Nunca antes en la historia de la humanidad había sido tan posible la destrucción física del planeta. De ahí la urgente necesidad de aportar propuestas alternativas que permitan una transformación radical de nuestras formas de vida. La política que renuncia a la razón y abandona la ética siega las posibilidades de otro mundo posible, más justo y solidario.
José Carlos García Fajardo. Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director del CCS
Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)
José Carlos García Fajardo edita el blog amigo Jubilatería: Bitácora de un jubilata
21/11/09
Ante una bomba social de efectos incalculables, por José Carlos Garcia Fajardo
La pobreza no es una fatalidad sino el producto de una expansión demográfica desorbitada y el reflejo de los efectos criminales de un modelo de desarrollo económico inhumano y suicida. Su erradicación parte del compromiso de los gobiernos de los países empobrecidos y de un sólido apoyo de la comunidad internacional.
La crisis económica mundial tiene efectos devastadores sobre el hambre en el mundo. La Cumbre de la FAO ha concluido con estrepitoso fracaso pues no aporta compromisos serios. Una vez más, el mundo enriquecido y obeso mental pretende ignorar una realidad explosiva ya que el número de personas hambrientas ha alcanzado un récord histórico de 1020 millones. La FAO recuerda que "Es posible vencer la batalla contra el hambre. Lo que se necesita es el compromiso de los propios gobiernos de los países empobrecidos y un sólido apoyo de la comunidad internacional".
Una de cada seis personas padece hambre y desnutrición, es decir, 100 millones de personas más que en 2008. Y el dato escalofriante de que cada seis segundos muere un niño de hambre, más de catorce mil al día y más de cinco millones al año. Hablamos tan sólo de niños.
El Director de la FAO, Jacques Diouf, criticó la falta de compromiso de la mayoría de los líderes mundiales al no acudir a la cita en Roma: "El efecto psicológico de la ausencia de jefes de Estado y de Gobierno de los grandes países da la impresión de que no es una prioridad el problema del hambre en el mundo".
"Se necesitan 44.000 millones de dólares de la ayuda oficial al desarrollo, alrededor del 17% del total, para resolver el problema del hambre. Hemos visto que los países de la OCDE gastan cada año 375.000 millones de dólares en apoyo a los productores agropecuarios en sus países. Además, cada año se gastan 1,34 billones de dólares en armas. Son miles de miles de millones de dólares los que han gastado para resolver la crisis económica y financiera mundial, en unas semanas", ha recordado Diouf.
Es urgente luchar contra el despilfarro, y es inadmisible la destrucción de alimentos con fines comerciales ya que la comida necesaria para vivir con dignidad no se puede considerar como una mercancía. Las cosas no son de su dueño sino del que las necesita y la propiedad privada no es un bien absoluto cuando se trata de la supervivencia.
El problema no es de falta de recursos, sino de prioridad ante un derecho tan fundamental como el derecho a la alimentación.
La crisis actual “no tiene precedentes históricos”, porque conjuga varios factores. La recesión económica se solapa con la crisis alimentaria, que entre 2006 y 2008 disparó el precio de los alimentos.
Los datos sobre el incremento del hambre en el mundo han ensombrecido el hecho de que 31 de 79 países objeto de seguimiento por la FAO registraron un descenso en el número de personas desnutridas desde principios de la década de 1990, según revela su último informe publicado con el título 'Los caminos hacia el éxito'.
El estudio destaca el progreso realizado por 16 de estos países, que ya han alcanzado el objetivo de reducir el número de personas hambrientas para el año 2015 o se encuentran bien situadas para alcanzarlo.
De acuerdo con el informe, existen cuatro denominadores comunes que permiten tener éxito en la reducción del hambre: la creación de un contexto adecuado para promover el crecimiento económico y el bienestar personal; invertir en las personas empobrecidas en las zonas rurales y llegar hasta los más vulnerables; asegurar que los logros obtenidos se mantienen y protegen frente a las amenazas, y por último, planificar un futuro sostenible.
El Gobierno de Brasil introdujo en 2003 el programa hambre Cero para llegar a los más vulnerables. El Gobierno movilizó a las autoridades locales y a las organizaciones de la sociedad civil para apoyar la iniciativa, que incluyó la transferencia de fondos en efectivo para aumentar el poder adquisitivo de los pobres al tiempo que se invertía en la agricultura familiar.
El Programa de Seguridad Alimentaria en Nigeria logró aumentar a más del doble la producción y los ingresos de los pequeños agricultores que practican la agricultura de secano, al introducir tecnologías que les permitía obtener dos o tres cosechas anuales, en vez de una sola.
Además, el estudio de la FAO analiza la forma en que otros han transformado su sector agrícola en motores de crecimiento y fuente de ingresos que contribuyen a la reducción del hambre y la pobreza, y a la seguridad del suministro de alimentos a nivel mundial.
La pobreza no es una fatalidad sino que es el producto de una expansión demográfica desorbitada, al tiempo que refleja los criminales efectos de un modelo de desarrollo económico inhumano y suicida. Estamos ante una bomba social de efectos incalculables.
José Carlos García Fajardo. Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director del CCS
Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)
Una de cada seis personas padece hambre y desnutrición, es decir, 100 millones de personas más que en 2008. Y el dato escalofriante de que cada seis segundos muere un niño de hambre, más de catorce mil al día y más de cinco millones al año. Hablamos tan sólo de niños.
El Director de la FAO, Jacques Diouf, criticó la falta de compromiso de la mayoría de los líderes mundiales al no acudir a la cita en Roma: "El efecto psicológico de la ausencia de jefes de Estado y de Gobierno de los grandes países da la impresión de que no es una prioridad el problema del hambre en el mundo".
"Se necesitan 44.000 millones de dólares de la ayuda oficial al desarrollo, alrededor del 17% del total, para resolver el problema del hambre. Hemos visto que los países de la OCDE gastan cada año 375.000 millones de dólares en apoyo a los productores agropecuarios en sus países. Además, cada año se gastan 1,34 billones de dólares en armas. Son miles de miles de millones de dólares los que han gastado para resolver la crisis económica y financiera mundial, en unas semanas", ha recordado Diouf.
Es urgente luchar contra el despilfarro, y es inadmisible la destrucción de alimentos con fines comerciales ya que la comida necesaria para vivir con dignidad no se puede considerar como una mercancía. Las cosas no son de su dueño sino del que las necesita y la propiedad privada no es un bien absoluto cuando se trata de la supervivencia.
El problema no es de falta de recursos, sino de prioridad ante un derecho tan fundamental como el derecho a la alimentación.
La crisis actual “no tiene precedentes históricos”, porque conjuga varios factores. La recesión económica se solapa con la crisis alimentaria, que entre 2006 y 2008 disparó el precio de los alimentos.
Los datos sobre el incremento del hambre en el mundo han ensombrecido el hecho de que 31 de 79 países objeto de seguimiento por la FAO registraron un descenso en el número de personas desnutridas desde principios de la década de 1990, según revela su último informe publicado con el título 'Los caminos hacia el éxito'.
El estudio destaca el progreso realizado por 16 de estos países, que ya han alcanzado el objetivo de reducir el número de personas hambrientas para el año 2015 o se encuentran bien situadas para alcanzarlo.
De acuerdo con el informe, existen cuatro denominadores comunes que permiten tener éxito en la reducción del hambre: la creación de un contexto adecuado para promover el crecimiento económico y el bienestar personal; invertir en las personas empobrecidas en las zonas rurales y llegar hasta los más vulnerables; asegurar que los logros obtenidos se mantienen y protegen frente a las amenazas, y por último, planificar un futuro sostenible.
El Gobierno de Brasil introdujo en 2003 el programa hambre Cero para llegar a los más vulnerables. El Gobierno movilizó a las autoridades locales y a las organizaciones de la sociedad civil para apoyar la iniciativa, que incluyó la transferencia de fondos en efectivo para aumentar el poder adquisitivo de los pobres al tiempo que se invertía en la agricultura familiar.
El Programa de Seguridad Alimentaria en Nigeria logró aumentar a más del doble la producción y los ingresos de los pequeños agricultores que practican la agricultura de secano, al introducir tecnologías que les permitía obtener dos o tres cosechas anuales, en vez de una sola.
Además, el estudio de la FAO analiza la forma en que otros han transformado su sector agrícola en motores de crecimiento y fuente de ingresos que contribuyen a la reducción del hambre y la pobreza, y a la seguridad del suministro de alimentos a nivel mundial.
La pobreza no es una fatalidad sino que es el producto de una expansión demográfica desorbitada, al tiempo que refleja los criminales efectos de un modelo de desarrollo económico inhumano y suicida. Estamos ante una bomba social de efectos incalculables.
José Carlos García Fajardo. Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director del CCS
Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)
18/9/09
Cuando nuestros representantes nos decepcionan, por José Carlos Garcia Fajardo
Con una clase gobernante que no merece a sus votantes, es preciso atreverse a pensar y dejar de ser súbditos para convertirnos en ciudadanos.
Me anonada la situación social, económica y política, reflejada en los medios. Los políticos se insultan y descalifican, no aceptan un diálogo ni asumen un error, sestean en el Congreso y son capaces de sostener una tesis y su contraria, según se trate de su partido o de los demás. Mienten, niegan las evidencias de corrupciones que les atañen, no son coherentes con sus programas y utilizan los medios como armas arrojadizas.
Impresiona ver cómo se habla de Magistrados y de jueces “afines al PSOE o al PP”, y hasta de los mismos Tribunales Supremo y Constitucional. Asistir a una sesión de control al Gobierno en el Congreso o en el Senado causa vergüenza ajena. No hay “parlamento”, porque leen las consignas que llevan escritas, el método Ollendorff. “¿De dónde vienes?” “¡Manzanas traigo!”
Bien está que, en período electoral, defiendan sus programas y denuncien a quienes no han cumplido sus compromisos anteriores, aportando alternativas constructivas y viables. Pero, pasadas las elecciones, los diputados y senadores, los consejeros autonómicos y los concejales municipales, deberán buscar el bienestar de los ciudadanos, el imperio de la justicia, el desarrollo intelectual, científico y económico, un sistema fiscal equitativo y sin fisuras en paraísos, la calidad de la enseñanza, el funcionamiento de los pilares del Estado de Bienestar: enseñanza pública y gratuita para todos, cobertura sanitaria eficaz y plena, mejora de los planes de pensiones, y aplicación diáfana de la Ley de dependencia que cubre las necesidades apremiantes de tantas personas necesitadas de ayuda y de sus familiares.
La conservación de la naturaleza y del medio ambiente, ¿será posible no ponerse de acuerdo en este tema vital y arrimar el hombro todos los diputados y senadores, sean del partido que sean? Cambiemos el “todo vale” por “que valga el todo”.
La mejora de los transportes, los horarios de trabajo, la incorporación inteligente de las nuevas tecnologías en juzgados, universidades, colegios, hospitales y centros sanitarios, bibliotecas públicas, centros de información a los ciudadanos ¿acaso no deberían de ser de máxima prioridad para los responsables de gobernar como mandatarios de todos los ciudadanos, no sólo de los que les han elegido?
Es inadmisible e insoportable que permanezcamos en permanente situación de campaña electoral. Los ciudadanos se sienten ninguneados, una vez depositado su voto. De ahí la creciente abstención en las elecciones, porque están obligados a votar en listas cerradas y a candidatos que no conocen y que, una vez elegidos, jamás regresan a sus circunscripciones para dar cuenta de sus compromisos.
Era propio de las dictaduras mantener al pueblo en perenne minoría de edad: no podían votar, no podían expresarse en medios de comunicación, no podían afiliarse a sindicatos independientes, tenían dificultades para viajar a otros países, existían policías secretas y “sociales” que controlaban a las personas por sus ideas religiosas, políticas, filosóficas o por sus preferencias sexuales.
Era delito disentir de la política del Estado con una confesión religiosa determinada o de su arbitrario y anacrónico poder en la enseñanza, en los matrimonios y la vida familiar, la interrupción del embarazo, la maternidad y paternidad responsables, dentro o fuera del matrimonio, las uniones de hecho, el divorcio y la constitución de nuevas familias, derecho a una muerte digna. Existía censura de prensa y de todo lo que se publicaba fuera científico, filosófico o de investigación histórica.
Aunque eso ya ha pasado, la herida se mantiene abierta porque nuestros políticos no han exigido responsabilidades ni la devolución de lo expoliado, la reparación debida a quienes se persiguió y negó el derecho a una vida de acuerdo con derechos universales. Aún hoy les niegan el derecho a rescatar los cadáveres de sus familiares asesinados.
¿No se han reconocido como imprescriptibles los crímenes contra la humanidad en países que padecieron la Guerra mundial?
A mi edad, y después de medio siglo de trabajo en la universidad, en la sociedad y en los medios de comunicación, me siento defraudado por el sectarismo de muchos políticos y por la insoportable perversión del ejercicio del poder político.
Un país moderno, con una democracia garantizada por una Constitución, no puede soportar a políticos montaraces, a una clase empresarial insaciable, a banqueros y financieros movidos por la obtención de beneficios por cualquier medio.
Por todo esto es necesario alzarnos contra este modelo de desarrollo injusto y perverso, y contra unos gobernantes irresponsables que no nos merecen.
Es posible la esperanza si nos rebelamos contra esta forma de tiranía, participamos cívicamente y denunciamos la actual situación insostenible, aportando propuestas alternativas. Todas las conquistas sociales se hicieron realidad porque alguien las soñó primero. El progreso comenzó cuando las personas se atrevieron a pensar y los súbditos se convirtieron en ciudadanos.
José Carlos García Fajardo es Profesor Emérito de la UCM. Director del CCS
Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)
Impresiona ver cómo se habla de Magistrados y de jueces “afines al PSOE o al PP”, y hasta de los mismos Tribunales Supremo y Constitucional. Asistir a una sesión de control al Gobierno en el Congreso o en el Senado causa vergüenza ajena. No hay “parlamento”, porque leen las consignas que llevan escritas, el método Ollendorff. “¿De dónde vienes?” “¡Manzanas traigo!”
Bien está que, en período electoral, defiendan sus programas y denuncien a quienes no han cumplido sus compromisos anteriores, aportando alternativas constructivas y viables. Pero, pasadas las elecciones, los diputados y senadores, los consejeros autonómicos y los concejales municipales, deberán buscar el bienestar de los ciudadanos, el imperio de la justicia, el desarrollo intelectual, científico y económico, un sistema fiscal equitativo y sin fisuras en paraísos, la calidad de la enseñanza, el funcionamiento de los pilares del Estado de Bienestar: enseñanza pública y gratuita para todos, cobertura sanitaria eficaz y plena, mejora de los planes de pensiones, y aplicación diáfana de la Ley de dependencia que cubre las necesidades apremiantes de tantas personas necesitadas de ayuda y de sus familiares.
La conservación de la naturaleza y del medio ambiente, ¿será posible no ponerse de acuerdo en este tema vital y arrimar el hombro todos los diputados y senadores, sean del partido que sean? Cambiemos el “todo vale” por “que valga el todo”.
La mejora de los transportes, los horarios de trabajo, la incorporación inteligente de las nuevas tecnologías en juzgados, universidades, colegios, hospitales y centros sanitarios, bibliotecas públicas, centros de información a los ciudadanos ¿acaso no deberían de ser de máxima prioridad para los responsables de gobernar como mandatarios de todos los ciudadanos, no sólo de los que les han elegido?
Es inadmisible e insoportable que permanezcamos en permanente situación de campaña electoral. Los ciudadanos se sienten ninguneados, una vez depositado su voto. De ahí la creciente abstención en las elecciones, porque están obligados a votar en listas cerradas y a candidatos que no conocen y que, una vez elegidos, jamás regresan a sus circunscripciones para dar cuenta de sus compromisos.
Era propio de las dictaduras mantener al pueblo en perenne minoría de edad: no podían votar, no podían expresarse en medios de comunicación, no podían afiliarse a sindicatos independientes, tenían dificultades para viajar a otros países, existían policías secretas y “sociales” que controlaban a las personas por sus ideas religiosas, políticas, filosóficas o por sus preferencias sexuales.
Era delito disentir de la política del Estado con una confesión religiosa determinada o de su arbitrario y anacrónico poder en la enseñanza, en los matrimonios y la vida familiar, la interrupción del embarazo, la maternidad y paternidad responsables, dentro o fuera del matrimonio, las uniones de hecho, el divorcio y la constitución de nuevas familias, derecho a una muerte digna. Existía censura de prensa y de todo lo que se publicaba fuera científico, filosófico o de investigación histórica.
Aunque eso ya ha pasado, la herida se mantiene abierta porque nuestros políticos no han exigido responsabilidades ni la devolución de lo expoliado, la reparación debida a quienes se persiguió y negó el derecho a una vida de acuerdo con derechos universales. Aún hoy les niegan el derecho a rescatar los cadáveres de sus familiares asesinados.
¿No se han reconocido como imprescriptibles los crímenes contra la humanidad en países que padecieron la Guerra mundial?
A mi edad, y después de medio siglo de trabajo en la universidad, en la sociedad y en los medios de comunicación, me siento defraudado por el sectarismo de muchos políticos y por la insoportable perversión del ejercicio del poder político.
Un país moderno, con una democracia garantizada por una Constitución, no puede soportar a políticos montaraces, a una clase empresarial insaciable, a banqueros y financieros movidos por la obtención de beneficios por cualquier medio.
Por todo esto es necesario alzarnos contra este modelo de desarrollo injusto y perverso, y contra unos gobernantes irresponsables que no nos merecen.
Es posible la esperanza si nos rebelamos contra esta forma de tiranía, participamos cívicamente y denunciamos la actual situación insostenible, aportando propuestas alternativas. Todas las conquistas sociales se hicieron realidad porque alguien las soñó primero. El progreso comenzó cuando las personas se atrevieron a pensar y los súbditos se convirtieron en ciudadanos.
José Carlos García Fajardo es Profesor Emérito de la UCM. Director del CCS
Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)
27/7/09
Coherencia democrática frente a populismos sin futuro, por José Carlos Garcia Fajardo
África y Latinoamérica necesitan instituciones sólidas y estables que terminen con gobiernos populistas y favorezcan el nacimiento de auténticas democracias participativas.
En un discurso dirigido al mundo musulmán, desde la universidad de El Cairo, el presidente Obama dijo: “Dios no cambiará vuestra situación ni mejorará vuestra suerte hasta que no os cambiéis vosotros mismos, mejoréis y os alcéis en vuestro camino”.
Esa fue también la esencia de sus palabras a los pueblos de África desde la universidad de Ghana el 11 de julio. Habló como Presidente y como mestizo descendiente de un africano de Kenia y de una mujer blanca en Hawai, educado en Indonesia en escuelas musulmanas y católicas, para culminar en la universidad de Harvard.
Se eligió Ghana porque fue el primer país de África subsahariana en alcanzar su independencia, en 1957. A pesar de muchas vicisitudes, mantiene un régimen democrático y al discurso de Obama asistieran 4 presidentes que se sucedieron regularmente. Para colmo, desde este año, forma parte del grupo de países exportadores de petróleo. El país de Kwame N'Krumah, precursor del panafricanismo y del orgullo nacionalista africano que representó a Ghana en la Conferencia de Bandung junto a Tito, Nasser, Nehru y Sukarno. N'Krumah defendió el anticolonialismo y realizó transformaciones internas apoyándose en la industrialización básica, la revolución agraria y la educación socialista.
“Estáis mal gobernados”, les dijo Obama. “El tribalismo, el nepotismo, la corrupción son los enemigos del progreso; es preciso acabar con ellos”.
No vaciló en condenar el colonialismo que impuso al continente fronteras artificiales y una explotación sistemática, sino también por lo que hizo a los africanos en su vida cotidiana.
Les urgió a que dejaran ya de pensar que el colonialismo de ayer y el Occidente de hoy son los responsables de los males actuales y de las dificultades que encuentran. “Necesitáis instituciones sólidas y estables”, prosiguió, “con un buen gobierno capaz de garantizar las elecciones y con poderes que gobiernen por el consentimiento y no por la coerción”.
Denunció el enriquecimiento ilícito y los sobornos pero también fustigó a quienes dan golpes de Estado o modifican las Constituciones para perpetuarse en el poder porque esa es la negación del progreso. África, enfatizó, no tiene necesidad de hombres fuertes sino de fuertes instituciones.
Y les mostró el ejemplo de Sudáfrica, de Singapur, de Corea del sur y de otros países que han logrado un progreso espectacular: se han dado buenas infraestructuras, han invertido en educación y en salud para transformar la sociedad.
Al igual que en El Cairo, se dirigió a los jóvenes que constituyen el 50% de cada país del continente: “El siglo XXI será lo que vosotros seáis capaces de hacer”.
Estos mensajes tienen vigencia en otros muchos países del mundo. En Latinoamérica, en donde la pobreza es fruto de la desigualdad social, de la explotación por minorías que siguen detentando el poder y en donde renace el cáncer de los golpes de Estado apoyados por oscuros poderes que insisten en mantener su prepotencia.
¿Qué otra cosa sucede en la falta de entendimiento con repúblicas emergentes ahogadas en la pobreza, en los monocultivos y en la explotación de su riqueza humana al tiempo que de sus recursos naturales?
Bien están los discursos, pero la realidad es que los desvaríos de Chavez o la contumacia del desahuciado sistema cubano, vuelven a encontrar comprensión en los pueblos empobrecidos mientras que los resortes del poder económico y financiero se mantienen con la ciega codicia que alimenta las revoluciones y los actos violentos frutos de la desesperación.
¿Acaso el golpe de Honduras hubiera podido llevarse a cabo sin el apoyo del presidente Uribe de Colombia y de los firmes intereses de Estados Unidos? Las cinco bases militares norteamericanas que van a construirse en territorio colombiano, so pretexto de luchar contra el narcotráfico, significan el mantenimiento del poder de los lobbies norteamericanos con independencia del presidente con carisma que los gobierna.
En muchos países, formalmente democráticos, modifican las constituciones para perpetuarse en el poder fomentando un populismo sin futuro.
Causa rubor contemplar los esfuerzos de Obama para que la asistencia sanitaria llegue a casi 50 millones de norteamericanos desprovistos de ella pero que se estrella contra la oposición de los estamentos más conservadores e intransigentes del país. Pero en el mundo de la revolución de las comunicaciones, las palabras llegan a todas partes con el peligro de que instrumentos desafinados se hagan con la partitura que deberían interpretar los auténticos representantes del pueblo.
José Carlos Garcia Fajardo es Profesor Emérito de la UCM. Director del Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)
Fuente: CCS
Esa fue también la esencia de sus palabras a los pueblos de África desde la universidad de Ghana el 11 de julio. Habló como Presidente y como mestizo descendiente de un africano de Kenia y de una mujer blanca en Hawai, educado en Indonesia en escuelas musulmanas y católicas, para culminar en la universidad de Harvard.
Se eligió Ghana porque fue el primer país de África subsahariana en alcanzar su independencia, en 1957. A pesar de muchas vicisitudes, mantiene un régimen democrático y al discurso de Obama asistieran 4 presidentes que se sucedieron regularmente. Para colmo, desde este año, forma parte del grupo de países exportadores de petróleo. El país de Kwame N'Krumah, precursor del panafricanismo y del orgullo nacionalista africano que representó a Ghana en la Conferencia de Bandung junto a Tito, Nasser, Nehru y Sukarno. N'Krumah defendió el anticolonialismo y realizó transformaciones internas apoyándose en la industrialización básica, la revolución agraria y la educación socialista.
“Estáis mal gobernados”, les dijo Obama. “El tribalismo, el nepotismo, la corrupción son los enemigos del progreso; es preciso acabar con ellos”.
No vaciló en condenar el colonialismo que impuso al continente fronteras artificiales y una explotación sistemática, sino también por lo que hizo a los africanos en su vida cotidiana.
Les urgió a que dejaran ya de pensar que el colonialismo de ayer y el Occidente de hoy son los responsables de los males actuales y de las dificultades que encuentran. “Necesitáis instituciones sólidas y estables”, prosiguió, “con un buen gobierno capaz de garantizar las elecciones y con poderes que gobiernen por el consentimiento y no por la coerción”.
Denunció el enriquecimiento ilícito y los sobornos pero también fustigó a quienes dan golpes de Estado o modifican las Constituciones para perpetuarse en el poder porque esa es la negación del progreso. África, enfatizó, no tiene necesidad de hombres fuertes sino de fuertes instituciones.
Y les mostró el ejemplo de Sudáfrica, de Singapur, de Corea del sur y de otros países que han logrado un progreso espectacular: se han dado buenas infraestructuras, han invertido en educación y en salud para transformar la sociedad.
Al igual que en El Cairo, se dirigió a los jóvenes que constituyen el 50% de cada país del continente: “El siglo XXI será lo que vosotros seáis capaces de hacer”.
Estos mensajes tienen vigencia en otros muchos países del mundo. En Latinoamérica, en donde la pobreza es fruto de la desigualdad social, de la explotación por minorías que siguen detentando el poder y en donde renace el cáncer de los golpes de Estado apoyados por oscuros poderes que insisten en mantener su prepotencia.
¿Qué otra cosa sucede en la falta de entendimiento con repúblicas emergentes ahogadas en la pobreza, en los monocultivos y en la explotación de su riqueza humana al tiempo que de sus recursos naturales?
Bien están los discursos, pero la realidad es que los desvaríos de Chavez o la contumacia del desahuciado sistema cubano, vuelven a encontrar comprensión en los pueblos empobrecidos mientras que los resortes del poder económico y financiero se mantienen con la ciega codicia que alimenta las revoluciones y los actos violentos frutos de la desesperación.
¿Acaso el golpe de Honduras hubiera podido llevarse a cabo sin el apoyo del presidente Uribe de Colombia y de los firmes intereses de Estados Unidos? Las cinco bases militares norteamericanas que van a construirse en territorio colombiano, so pretexto de luchar contra el narcotráfico, significan el mantenimiento del poder de los lobbies norteamericanos con independencia del presidente con carisma que los gobierna.
En muchos países, formalmente democráticos, modifican las constituciones para perpetuarse en el poder fomentando un populismo sin futuro.
Causa rubor contemplar los esfuerzos de Obama para que la asistencia sanitaria llegue a casi 50 millones de norteamericanos desprovistos de ella pero que se estrella contra la oposición de los estamentos más conservadores e intransigentes del país. Pero en el mundo de la revolución de las comunicaciones, las palabras llegan a todas partes con el peligro de que instrumentos desafinados se hagan con la partitura que deberían interpretar los auténticos representantes del pueblo.
José Carlos Garcia Fajardo es Profesor Emérito de la UCM. Director del Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)
Fuente: CCS
17/7/09
Reventar de silencio, por José Carlos Garcia Fajardo
El acuerdo del G20 para terminar con los paraísos fiscales ha quedado en agua de borrajas. Los bancos de la UE, de EEUU, Canadá y Japón reciben escandalosos subsidios por sus Gobiernos para dar liquidez al sistema crediticio.
Pero mantienen cerrada la concesión de créditos a particulares y a pequeños empresarios, mientras destinan esos fondos a liquidar sus deudas en el extranjero. Reciben de los Estados el dinero al 1% y lo venden a sus empleados y a empresas vinculadas al 8% y hasta al 10%. Nadie parece ruborizarse. La vida sigue.
Estos mismos bancos han ejecutado créditos avalados por inmuebles a particulares sin consideración alguna y los están vendiendo a mitad de precio a empleados, amigos y testaferros, a quienes sí facilitan créditos muy ventajosos. Algunos con moratorias de un año para comenzar a pagar las letras. Quizás se descubra aquí otra fuente de blanqueo de dineros ocultos que afloran enmascarados. Bancos como Santander, Bilbao y Cajas poderosas han vendido sus sedes y locales, no se sabe a quién, y se los han alquilado a sí mismos.
Pinchada la colosal “burbuja del ladrillo”, en España hay un millón de viviendas sin vender y más del doble en fase de construcción ralentizada. Los promotores se quejan de que es un escándalo que desciendan los precios hasta un 20%. ¡Ojala bajasen al 50%! ¿No es esa la ley del mercado: se produce lo que se vende y se vende como se puede?
¡Y piden ayuda al Estado! ¿Dónde estaba su preocupación por el Estado cuando se embolsaron miles de millones con la especulación de terrenos protegidos, cuando sobornaron a ediles del litoral para que concedieran permisos de construcción en terrenos protegidos, mientras arruinaban el paisaje e hicieron de la España seca del sur, en proporción, el país con más campos de golf del mundo. ¿El agua? Ya la traerían.
Igual que ha ocurrido con complejos de hasta 80.000 viviendas cerca de Madrid para los que no habían previsto ni traídas de aguas, ni colectores de residuos, ni aparcamientos ni redes eléctricas capaces de soportar esos servicios. Ya se encargarían los ayuntamientos de hacer que funcionasen, aunque fuera desviando el curso de las aguas de riego.
No. El promotor no está en la cárcel.
Los ejemplos podrían multiplicarse porque nos bombardean desde los medios para anestesiarnos, apoyados en que la costumbre amortigua la sensibilidad.
Cualquier lector sabe de qué estoy hablando. Nada de catastrofismo ni de augurios de Casandra. Es una sensación de impotencia, de burla y de desamparo. De vacío sin referencias. Mientras se incrementa la venta de armas, las compras de millones de hectáreas de buenos terrenos en países del Sur por compañías y por países enriquecidos del Norte.
Los políticos se han aumentado sus emolumentos en el Parlamento europeo y en los de otros países. Berlusconi es paradigma de cuanto hablamos, y pagar más de 120 millones de dólares por el fichaje de Cristiano Ronaldo ya no sorprenden a nadie.
Mientras tanto, las familias que acuden a comedores sociales ascienden vertiginosamente. La demanda en bancos de alimentos se dispara un 40%. En España atienden más de un millón de personas, a los que hay que añadir las ayudas de otras instituciones. La rebusca en los contenedores cercanos a grandes superficies hace más negras las noches.
Esto ocurre en la España altanera y en otros muchos países ricos de Europa. Uno se pregunta, con dolor, cómo son posibles tanta injusticia, explotación y desafuero. ¿De qué sirven los G8, G20, denuncias de la FAO, UNICEF, OMS si falta la ética más elemental?
Podríamos acabar con el hambre en el mundo, con el analfabetismo, la falta de cuidados sanitarios, la suicida explosión demográfica mediante la educación, respetar el medio ambiente, salvar los mares y las reservas de agua, reducir la contaminación y atemperar nuestras desorbitadas ansias de tener y de acumular. Nos han encadenado como a Prometeo y como a Sísifo obligado a subir una roca que no existe, como tampoco existen más cadenas que las de nuestra mente y nuestros miedos.
Es posible construir otro mundo más justo y solidario, quizás mediante una explosión de silencio.
José Carlos Garcia Fajardo es Profesor Emérito de la UCM. Director del Centro de Colaboraciones Solidarias
Fuente: Blog Jubilatería, editado por el autor
14/3/09
Rebelarnos ante la tiranía de los especuladores, por José Carlos Garcia Fajardo
La ciudadanía tiene hoy el deber ético de ejercer resistencia contra la dictadura de los mercados. El “supremo derecho a rebelarse contra la opresión”, recogido en tratados de derechos universales.
Ante la crisis financiera y económica que padecemos, los voluntarios sociales entendemos que es posible otro mundo. El actual, regido por un neoliberalismo salvaje y la dictadura de los mercados, se nos presenta cargado de amenazas: La libertad de circulación de capitales, los paraísos fiscales y la explosión del volumen de transacciones arrastran a los gobiernos hacia una carrera para ganarse el favor de los grandes inversores privados.
En nombre del “progreso”, más de dos billones de dólares van y vienen cada día por Internet en busca de una ganancia rápida, al margen de la economía productiva. Produce rubor la naturalidad con la que actúan los responsables de los escándalos financieros que han conducido a la ruina a naciones enteras. Sus dirigentes eran presentados ante la ciudadanía como ejemplos de los triunfos adonde conducía la política neoliberal impuesta por el pensamiento único: banqueros, empresarios, políticos, periodistas y hasta líderes religiosos han mostrado su faz más turbia y enlodada.
La globalización financiera agrava los desequilibrios e inseguridad sociales, y menoscaba las opiniones de los pueblos al limitar los controles que corresponden a sus instituciones representativas y a la mayoría de los Estados, responsables de defender el bien común. Tales controles fueron sustituidos por lógicas especulativas que sólo expresan el interés de las empresas transnacionales en los mercados de capital, aspirando éstos a constituir una especie de gobierno financiero mundial.
La ciudadanía ve cómo se le cuestiona el poder de decidir sus propios destinos, en aras de una transformación presentada como algo inevitable. Así se generan sentimientos de impotencia frente a la incesante desigualdad en las distintas zonas del planeta, ante el creciente deterioro de las conquistas sociales y los derechos logrados a lo largo del siglo XX. También por el consiguiente avance de actitudes individualistas, insolidarias y xenófobas.
Pero contra el fatalismo, instaurado por los propios dirigentes de ese “gobierno del dinero supranacional”, surgen alternativas esperanzadoras que nos impulsan a retomar la esperanza superando la angustiosa espera.
El destino de la humanidad depende de los dictados de unas instituciones económicas (FMI, OCDE, Banco Mundial y OMC) no democráticas, que intentan controlar el mundo como representantes del poder financiero. Los Estados sucumben a sus decisiones con muy poca resistencia entre los principales partidos. Éstos buscan ser merecedores de confianza por ese capital para llegar a gobernar y se encuentran acompañados en dicha complicidad por medios de comunicación que suelen comportarse como portavoces de la política de mundialización.
Las consecuencias de la especulación financiera se traducen en un constante riesgo para las condiciones sociales de todos los seres humanos: mientras crece la miseria en los pueblos del Sur, en una veintena de países ricos del Norte casi se ha desmantelado el Estado de bienestar con graves efectos en la sanidad, la educación y los demás servicios básicos de bienestar social; aumenta el desempleo junto a la precariedad en el trabajo y aparecen nuevas bolsas de exclusión y de pobreza.
Pero en la sociedad civil emergen pujantes movimientos de resistencia global para despertar la conciencia ciudadana ante la complicidad de los gobernantes para que actúen presididos por la ética, por la libertad y por la justicia social.
La movilización ciudadana se plantea como denuncia social dentro del espíritu de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que reafirma la legitimidad del “supremo recurso a rebelarse contra la opresión”, ya que la ciudadanía tiene hoy el deber ético para ejercitar su resistencia contra la dictadura de los mercados.
Noam Chomsky afirmó que el nuevo milenio ha comenzado con dos crímenes monstruosos: los atentados terroristas del 11 de septiembre y la respuesta a ellos, que se ha cobrado un número mucho mayor de víctimas inocentes. Junto a otros respetados pensadores, denuncia el nuevo desorden mundial que enmascara una hegemonía producto del miedo ante lo desconocido, satanizado en la abstracción del terrorismo, sin preocuparse por analizar su causas. Pierre Bourdieu nos recordaba que el fatalismo de las leyes económicas enmascara una política de mundialización que pretende despolitizar a los legítimos representantes de la ciudadanía.
De ahí la necesidad de construir un movimiento social capaz de reunir los diferentes movimientos para superar a las tiranías dominantes para coordinar las acciones. Estas deberían tomar la forma de una red capaz de asociar a personas y grupos de forma que nadie pueda dominar a los demás y que conserven todos los recursos ligados a la diversidad de las experiencias, de los puntos de vista y de los programas.
José Carlos Garcia Fajardo es Profesor Emérito de la UCM. Director del CCS
Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)
En nombre del “progreso”, más de dos billones de dólares van y vienen cada día por Internet en busca de una ganancia rápida, al margen de la economía productiva. Produce rubor la naturalidad con la que actúan los responsables de los escándalos financieros que han conducido a la ruina a naciones enteras. Sus dirigentes eran presentados ante la ciudadanía como ejemplos de los triunfos adonde conducía la política neoliberal impuesta por el pensamiento único: banqueros, empresarios, políticos, periodistas y hasta líderes religiosos han mostrado su faz más turbia y enlodada.
La globalización financiera agrava los desequilibrios e inseguridad sociales, y menoscaba las opiniones de los pueblos al limitar los controles que corresponden a sus instituciones representativas y a la mayoría de los Estados, responsables de defender el bien común. Tales controles fueron sustituidos por lógicas especulativas que sólo expresan el interés de las empresas transnacionales en los mercados de capital, aspirando éstos a constituir una especie de gobierno financiero mundial.
La ciudadanía ve cómo se le cuestiona el poder de decidir sus propios destinos, en aras de una transformación presentada como algo inevitable. Así se generan sentimientos de impotencia frente a la incesante desigualdad en las distintas zonas del planeta, ante el creciente deterioro de las conquistas sociales y los derechos logrados a lo largo del siglo XX. También por el consiguiente avance de actitudes individualistas, insolidarias y xenófobas.
Pero contra el fatalismo, instaurado por los propios dirigentes de ese “gobierno del dinero supranacional”, surgen alternativas esperanzadoras que nos impulsan a retomar la esperanza superando la angustiosa espera.
El destino de la humanidad depende de los dictados de unas instituciones económicas (FMI, OCDE, Banco Mundial y OMC) no democráticas, que intentan controlar el mundo como representantes del poder financiero. Los Estados sucumben a sus decisiones con muy poca resistencia entre los principales partidos. Éstos buscan ser merecedores de confianza por ese capital para llegar a gobernar y se encuentran acompañados en dicha complicidad por medios de comunicación que suelen comportarse como portavoces de la política de mundialización.
Las consecuencias de la especulación financiera se traducen en un constante riesgo para las condiciones sociales de todos los seres humanos: mientras crece la miseria en los pueblos del Sur, en una veintena de países ricos del Norte casi se ha desmantelado el Estado de bienestar con graves efectos en la sanidad, la educación y los demás servicios básicos de bienestar social; aumenta el desempleo junto a la precariedad en el trabajo y aparecen nuevas bolsas de exclusión y de pobreza.
Pero en la sociedad civil emergen pujantes movimientos de resistencia global para despertar la conciencia ciudadana ante la complicidad de los gobernantes para que actúen presididos por la ética, por la libertad y por la justicia social.
La movilización ciudadana se plantea como denuncia social dentro del espíritu de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que reafirma la legitimidad del “supremo recurso a rebelarse contra la opresión”, ya que la ciudadanía tiene hoy el deber ético para ejercitar su resistencia contra la dictadura de los mercados.
Noam Chomsky afirmó que el nuevo milenio ha comenzado con dos crímenes monstruosos: los atentados terroristas del 11 de septiembre y la respuesta a ellos, que se ha cobrado un número mucho mayor de víctimas inocentes. Junto a otros respetados pensadores, denuncia el nuevo desorden mundial que enmascara una hegemonía producto del miedo ante lo desconocido, satanizado en la abstracción del terrorismo, sin preocuparse por analizar su causas. Pierre Bourdieu nos recordaba que el fatalismo de las leyes económicas enmascara una política de mundialización que pretende despolitizar a los legítimos representantes de la ciudadanía.
De ahí la necesidad de construir un movimiento social capaz de reunir los diferentes movimientos para superar a las tiranías dominantes para coordinar las acciones. Estas deberían tomar la forma de una red capaz de asociar a personas y grupos de forma que nadie pueda dominar a los demás y que conserven todos los recursos ligados a la diversidad de las experiencias, de los puntos de vista y de los programas.
José Carlos Garcia Fajardo es Profesor Emérito de la UCM. Director del CCS
Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)
27/2/09
La noche contiene el mediodía, por José Carlos Garcia Fajardo
Se explotaron pueblos y tierras bajo el pretexto de la civilización, de la conversión a “la religión verdadera” y de implicarlos en la sociedad de mercado. Fueron tratados como súbditos en perenne minoría de edad, incapaces de gobernarse a sí mismos y necesitados de colonización, erradicación de sus costumbres para ser utilizados en el desarrollo de las metrópolis.
Se implantó el etnocentrismo europeo con la bendición de los poderes religiosos. Se escribieron tratados para justificar el derecho divino de explotar sus “recursos” naturales y humanos.
Se reconocían los valores de una economía de mercado, pero impusieron la sociedad de mercado. Tampoco escucharon a quienes denunciaban esa deriva criminal y suicida.
Actuaron como si no fuéramos “tierra que camina” y que lo que le suceda a la tierra nos sucederá a nosotros.
Se denunció el fantasma de injusticia, hambre y desolación que recorría Europa. Se alzaron en revoluciones fallidas hombres y mujeres que apostaban por una sociedad más justa y solidaria. Se bastardeó el liberalismo humanista hasta convertirlo en ideología capitalista tan perversa como los totalitarismos soviéticos y fascistas.
Se produjeron guerras con centenares de millones de víctimas, pero lo que contaba era la explotación de las victorias ratificadas con armas de destrucción masiva. La más letal, el hambre. Olvidaron que la victoria nunca trae la paz porque genera humillación y venganza. La única paz auténtica procede de la justicia.
Enfermas las ideologías, un rumor esperanzado recorrió el mundo y se alzaron voces sabias y generosos voluntarios sociales para luchar por “Otro mundo posible”, más justo y humano, más acorde con la naturaleza.
La voracidad especulativa y financiera se propagó como cáncer letal. Y vino la hecatombe que padecemos. Bancos y entidades financieras, ejecutivos con alma en paraísos fiscales y soberbios/oscuros poderes se vieron ahogados en su propio éxito.
No pudieron más y reventaron pero, en lugar de reconocer sus crímenes y reparar injusticias, se erigieron en jueces exigiendo a los Estados que les ayudaran para socializar sus pérdidas cuando ya habían privatizado sus ganancias.
A pesar de todo, tiene que ser posible la esperanza sostenida por nuestro esfuerzo. El de la sociedad civil transformando las instituciones.
José Carlos Garcia Fajardo es Profesor Emérito de la UCM. Director del Centro de Colaboraciones Solidarias
Fuente: Blog de José Carlos Garcia Fajardo
19/2/09
Una adolescencia ilimitada, por José Carlos Garcia Fajardo
Nuestros jóvenes no son unos cretinos. Si nos fijamos bien descubrimos en ellos nuestro propio reflejo, no sólo físico, sino también cultural. Han heredado la sociedad que les hemos dado, son más libres, más tolerantes, más seguros de su capacidad y competencia. Pese a que la supervivencia parece exigirles la adaptabilidad de la ameba, puede que muchos de ellos echen en falta valores e ideales que estructuren su futuro y dé más sentido a sus vidas, resume al final de su trabajo La infancia más corta, la adolescencia más larga, José Luis Barbería comentando el Séptimo estudio Juventud en España 2008.
Este Informe se realiza cada cuatro años y a partir de 5.000 encuestas a chicos entre los 15 y los 29 años, e indica que están bien adaptados a las normas del mundo adulto e incluso que se inclinan por un mayor civismo.
Los jóvenes españoles son los más remisos de la Unión Europea a abandonar el nido familiar. El respaldo económico y afectivo de los padres, la falta de ayudas públicas, el exorbitado precio de la vivienda y la precariedad laboral lo explican.
Mientras la infancia se acorta por la imposibilidad de preservar a los niños de las informaciones adultas que circulan por las pantallas y medios de comunicación, la adolescencia se prolonga sin límites precisos. Eso cuando no se apresuran a independizarse, viven algunos meses o años en pareja y luego regresan a casa de los padres como si no hubiera ocurrido nada y como si tuvieran un derecho de asilo permanente. O cuando continúan “morando” en la casa, viajan en vacaciones, se compran su ropa, frecuentan algún club y se reúnen con sus amigos. Eso sí, la ropa hay que lavársela y planchársela como a ellos les gusta, se pueden volver exquisitos en sus exigencias y por supuesto la nevera tiene que estar surtida para cuando lleguen a cualquier hora.
A pesar del aumento de los divorcios y de las familias monoparentales, las encuestas muestran que, en España, los jóvenes aman a su familia por encima de todas las cosas. La aman tanto que nuestros hijos son los europeos que más tardan en emanciparse. El 51% de los chicos y el 50% de las chicas con ingresos suficientes como para poder independizarse optan, sin embargo, por permanecer en casa de sus padres, cuando en Francia esos porcentajes se reducen al 37% y el 33%, respectivamente.
Los estudios de la OCDE y de Eurostat confirman que la posición de los jóvenes europeos en el mercado laboral ha empeorado desde 1995 y que ese deterioro es más acusado en los países del sur del continente, debido a la mayor temporalidad y precariedad salarial. Se entiende, pues, que con lo duras que están las cosas, nuestros hijos, particularmente los de clase media y alta, se lo piensen antes de abandonar el hogar. Por lo general, han crecido sin estrecheces, más conscientes de sus derechos que de sus obligaciones. Tienen muchas posibilidades de alcanzar los cien años de edad en buen estado, registran la menor tasa de suicidio de toda Europa y tampoco hay motivos para alarmarse por los estragos que puedan causarles el abuso del alcohol y otras drogas. Las últimas encuestas certifican el descenso del consumo de estupefacientes ilegales y la disminución de las enfermedades de transmisión sexual y de sida.
Nuestros jóvenes están sujetos a clamorosas contradicciones. Tienen su pedestal en casa, pero forman parte de lo que se ha dado en llamar la ‘generación en prácticas’. Viven en un mundo donde el consumo está idealizado como forma de realización personal y social, y resulta que están atacados por los riesgos e incertidumbres laborales de la globalización.
También alcanza la frustración laboral a muchos universitarios que ejercen tareas distintas y menos cualificadas a las de su formación. Esto explica que un número creciente de jóvenes haya renunciado a la universidad en los últimos años y se dirijan hacia Formación Profesional con más salidas y mejor pagadas. Quedarse en casa responde a una estrategia pragmática que permite a los jóvenes seguir formándose, rechazar los malos trabajos y elegir el momento de la emancipación. No tienen prisa porque tienen las necesidades básicas cubiertas y el horizonte de crisis económica y laboral ya lo presentían desde hace tiempo.
José Carlos Garcia Fajardo es Profesor Emérito de la UCM. Director del CCS
Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)
7/2/09
Ante un nuevo orden socioeconómico y político, por José Carlos Garcia Fajardo
Corremos el peligro de abdicar de nuestras libertades y conquistas sociales refugiándonos en una seguridad impuesta por la fuerza.
“Es necesario que la humanidad sobreviva al siglo XXI sin volver a caer en la barbarie. Para eso hay que liberarse de los corsés del Estado nación y establecer los ‘grilletes de oro’ de alianzas transnacionales”, escribe el profesor Ulrich Beck. Pues el nacionalismo económico resulta antipatriótico y excluyente.
Por todas partes suenan voces de alarma ante la magnitud de la crisis y el peligro de regresar a la barbarie si no se pone coto a la insaciable codicia de un capitalismo salvaje e inhumano.
Ante nosotros se abre la posibilidad histórica de transformar nuestras relaciones reconociendo nuestra dignidad de ciudadanos universales. De todos y de cada uno. Como escribe Moisés Naim: Llevo muchos años asistiendo a Davos y nunca antes había visto un ambiente tan pesimista. Una lúgubre anticipación del inmediato futuro dominó las conversaciones. Pero augura que si 2008 fue el año del crash económico, 2009 será el del crash político. Los gobiernos tendrán que cambiar su manera de hacer las cosas para responder al inmenso descontento social provocado por la crisis económica. Corremos el peligro de abdicar de nuestras libertades y conquistas sociales refugiándonos en una seguridad impuesta por la fuerza.
Así también Jean M. Colombani: Más que intentar avanzar cada uno por su lado, los principales países europeos tendrían que ponerse de acuerdo para restaurar la concordia, pues el agravamiento de la crisis y los desórdenes sociales los amenazan a todos por igual, y todos tienen la misma necesidad de ir más allá de los planes de recuperación que han puesto en marcha y que se han revelado insuficientes.
Ante las algaradas callejeras en varios países y el malestar social que recorre Europa y el rebrote de xenofobia y de racismo, viene a la mente lo que sucedió después de la Gran Depresión y de la consiguiente Segunda Guerra Mundial. En el Parlamento de la Unión Europea, los partidos de extrema derecha trabajan para coordinar sus actividades y ampliar su grupo parlamentario, la Unión para una Europa de las Naciones. Atentos a este fenómeno galopante.
En esta época de crisis y de riesgos globales, escribe el profesor de Munich, sólo funciona la política de ‘los grilletes de oro’: la creación de una densa red de alianzas y mutuas dependencias transnacionales para crear la soberanía transnacional y la prosperidad económica.
Nada puede escandalizarnos más que la falta de una firme respuesta europea a la crisis económica mundial. La posteridad nos juzgará con rigor y asombro por esta falta de coherencia al ver a los responsables económicos y financieros de la crisis limitándose a reducir algo sus ganancias, repartiéndose bonos y prebendas, llegando al paroxismo del Presidente de la Asociación de la Banca española, Miguel Martín, afirmando que el sistema bancario “no ha hundido” la economía, a diferencia de Estados Unidos y otros países, sino que ha sido la economía real la que ha puesto “en riesgo” al sistema bancario.
De ahí que nuestros banqueros hayan acudido al reparto de ayudas para una liquidez que no repercute en los créditos a las empresas y a los ciudadanos, sino que ha servido para equilibrar sus balances. Cuando los bancos ganaron tanto dinero con la especulación, las hipotecas tóxicas y con el boom inmobiliario no repartieron sus ganancias mientras que ahora pretenden que el Estado “nacionalice” sus hipotecas basura.
Artimaña miserable la de arrojar la culpa sobre el contrario, aunque éste sea la ciudadanía que padece sus consecuencias. El imaginario cosmopolita representa el interés universal de la humanidad desde la interdependencia y la reciprocidad, más allá de la arrogancia nacional. Nos sabemos capaces de soñar un futuro más justo y solidario en esta sociedad de sociedades interrelacionadas por medio de las nuevas tecnologías. El realismo cosmopolita tiene que ver con el trato que reciben las minorías, los extranjeros y los marginados, sostiene Beck. Con los derechos humanos de los distintos grupos tanto en la consolidación como en la reforma de la democracia en el espacio transnacional. Y con el problema de cómo pueden evitarse los estallidos de violencia que surgen de las decepciones y la degradación de las personas.
Ante nosotros está el desafío de atrevernos a innovar nuevos modelos de desarrollo económico y de democracia política. Estos nuevos vinos exigen odres nuevos. Como ha sido la norma en el progreso de la humanidad.
José Carlos Garcia Fajardo es Profesor Emérito de la UCM. Director del CCS
Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)
Por todas partes suenan voces de alarma ante la magnitud de la crisis y el peligro de regresar a la barbarie si no se pone coto a la insaciable codicia de un capitalismo salvaje e inhumano.
Ante nosotros se abre la posibilidad histórica de transformar nuestras relaciones reconociendo nuestra dignidad de ciudadanos universales. De todos y de cada uno. Como escribe Moisés Naim: Llevo muchos años asistiendo a Davos y nunca antes había visto un ambiente tan pesimista. Una lúgubre anticipación del inmediato futuro dominó las conversaciones. Pero augura que si 2008 fue el año del crash económico, 2009 será el del crash político. Los gobiernos tendrán que cambiar su manera de hacer las cosas para responder al inmenso descontento social provocado por la crisis económica. Corremos el peligro de abdicar de nuestras libertades y conquistas sociales refugiándonos en una seguridad impuesta por la fuerza.
Así también Jean M. Colombani: Más que intentar avanzar cada uno por su lado, los principales países europeos tendrían que ponerse de acuerdo para restaurar la concordia, pues el agravamiento de la crisis y los desórdenes sociales los amenazan a todos por igual, y todos tienen la misma necesidad de ir más allá de los planes de recuperación que han puesto en marcha y que se han revelado insuficientes.
Ante las algaradas callejeras en varios países y el malestar social que recorre Europa y el rebrote de xenofobia y de racismo, viene a la mente lo que sucedió después de la Gran Depresión y de la consiguiente Segunda Guerra Mundial. En el Parlamento de la Unión Europea, los partidos de extrema derecha trabajan para coordinar sus actividades y ampliar su grupo parlamentario, la Unión para una Europa de las Naciones. Atentos a este fenómeno galopante.
En esta época de crisis y de riesgos globales, escribe el profesor de Munich, sólo funciona la política de ‘los grilletes de oro’: la creación de una densa red de alianzas y mutuas dependencias transnacionales para crear la soberanía transnacional y la prosperidad económica.
Nada puede escandalizarnos más que la falta de una firme respuesta europea a la crisis económica mundial. La posteridad nos juzgará con rigor y asombro por esta falta de coherencia al ver a los responsables económicos y financieros de la crisis limitándose a reducir algo sus ganancias, repartiéndose bonos y prebendas, llegando al paroxismo del Presidente de la Asociación de la Banca española, Miguel Martín, afirmando que el sistema bancario “no ha hundido” la economía, a diferencia de Estados Unidos y otros países, sino que ha sido la economía real la que ha puesto “en riesgo” al sistema bancario.
De ahí que nuestros banqueros hayan acudido al reparto de ayudas para una liquidez que no repercute en los créditos a las empresas y a los ciudadanos, sino que ha servido para equilibrar sus balances. Cuando los bancos ganaron tanto dinero con la especulación, las hipotecas tóxicas y con el boom inmobiliario no repartieron sus ganancias mientras que ahora pretenden que el Estado “nacionalice” sus hipotecas basura.
Artimaña miserable la de arrojar la culpa sobre el contrario, aunque éste sea la ciudadanía que padece sus consecuencias. El imaginario cosmopolita representa el interés universal de la humanidad desde la interdependencia y la reciprocidad, más allá de la arrogancia nacional. Nos sabemos capaces de soñar un futuro más justo y solidario en esta sociedad de sociedades interrelacionadas por medio de las nuevas tecnologías. El realismo cosmopolita tiene que ver con el trato que reciben las minorías, los extranjeros y los marginados, sostiene Beck. Con los derechos humanos de los distintos grupos tanto en la consolidación como en la reforma de la democracia en el espacio transnacional. Y con el problema de cómo pueden evitarse los estallidos de violencia que surgen de las decepciones y la degradación de las personas.
Ante nosotros está el desafío de atrevernos a innovar nuevos modelos de desarrollo económico y de democracia política. Estos nuevos vinos exigen odres nuevos. Como ha sido la norma en el progreso de la humanidad.
José Carlos Garcia Fajardo es Profesor Emérito de la UCM. Director del CCS
Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)
30/1/09
Alma Grande, Gandhi, por José Carlos Garcia Fajardo
Las generaciones de hoy apenas creen que “un hombre como éste caminó la tierra en carne y hueso”, como dijo Einstein sobre Gandhi.
“Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena”, decía el líder político religioso hindú cuyas enseñanzas inspiraron los movimientos pacifistas del mundo. Y añadía, “Mañana tal vez tengamos que sentarnos frente a nuestros hijos y decirles que fuimos derrotados. Pero no podremos mirarlos a los ojos y decirles que viven así porque no nos animamos a pelear”.
Así, también Martin Luther King: “tendremos que arrepentirnos en esta generación no tanto de las acciones de las malas personas sino de los pasmosos silencios de la gente buena”.
Su ejemplo y su mensaje permanecen en un mundo enloquecido por guerras, crímenes, hambrunas y fraudulentas crisis económicas.
Conmemoramos ahora el 60 aniversario de su asesinato a los 78 años de edad. Nada más indicado que saborear y ponderar las palabras de quien tomó sobre sus espaldas “el monopolio de mejorar sólo a una persona, esa persona soy yo mismo y sé cuán difícil es conseguirlo."
A pesar del aparente fracaso de su actividad política, murió en una India desangrada en guerra religiosa. Fue fiel a aquella “voz interior” que le urgía a “seguir combatiendo contra el mundo entero, aunque me encuentre solo. Me dice que no tema a este mundo sino que avance llevando en mí nada más que el temor a Dios."
Porque él estaba convencido de que “no debemos perder la fe en la humanidad que es como un océano; ella no se mancha porque algunas de sus gotas estén sucias."
Ya que nadie puede hacer el bien en un aspecto de su vida, mientras hace daño en otro; “porque un cobarde es incapaz de mostrar amor, hacerlo está reservado para los valientes”.
Afirmaba que la vida es un todo indivisible por eso “no se nos otorgará la libertad externa más que en la medida exacta en que hayamos sabido, en un momento determinado, desarrollar nuestra libertad interna”.
Y con la eterna sabiduría citaba el ejemplo del Rabí que pasó entre nosotros haciendo el bien. De ahí que Luther King escribiera: “Nosotros devolveremos bien por mal. Cristo nos enseñó el camino y Mahatma Gandhi nos demostró que era operativo”. Como él, fue meridiano con los que ignoran y son causa de la pobreza y de la miseria de tantos seres humanos. "El que retiene algo que no necesita es igual a un ladrón”, porque lo que no se comparte se pierde.
“Si en apariencia tomo parte en política se debe a que la política nos rodea igual que el abrazo de una serpiente del que no podemos desasirnos por mucho que lo intentemos. Por lo tanto, deseo luchar con la serpiente”, decía.
Y sabía que la lucha era durísima y el pago implacable. “Si no tuviera sentido del humor me habría suicidado hace mucho tiempo”. Porque, primero ellos te ignoran; más tarde se ríen de ti; luego te hacen la pelea; y entonces… ¡tú ganas!”. Sabiduría de la no violencia, del wu wei “no hacer” de Lao Tsé, inclinarse mientras pasa la riada para alzarse de nuevo e imitar al agua que se adapta al terreno para vivificarlo y transformarlo.
El Mahatma Gandhi estaba convencido de que ningún hombre pierde su libertad sino por su propia debilidad. Que la fuerza no proviene de la capacidad física sino de la voluntad indomable. “Sé tú mismo el cambio que quieras ver en el mundo."
Y se mostró caminando por la inmensa India, con un sencillo doti confeccionado por él mismo en la rueca que habría de figurar en la bandera de India.
“Es mejor permitir que nuestras vidas hablen de nosotros a que lo hagan las palabras”. Y así, humildemente mostró su camino.
“Me esforzaré en amar, en decir la verdad, en ser honesto y puro, en no poseer nada que no me sea necesario, en ganarme el sueldo con el trabajo, en estar atento siempre a lo que como y bebo, en no tener nunca miedo, en respetar las creencias de los demás, en buscar siempre lo mejor para todos, en ser un hermano para todos mis hermanos”.
Alma Grande Gandhi sabía lo que significaba vivir y morir como no violento, “pero me falta demostrarlo mediante un acto perfecto."
Y ese acto que rubricó su vida, hace ahora 60 años, a manos de un hindú fanático y enloquecido, a quien Gandhi hubiera estrechado entre sus brazos hizo exclamar a Einstein: “Las generaciones del porvenir apenas creerán que un hombre como éste caminó la tierra en carne y hueso”.
José Carlos Garcia Fajardo es Profesor Emérito de la UCM y Director del CCS
Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)
“Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena”, decía el líder político religioso hindú cuyas enseñanzas inspiraron los movimientos pacifistas del mundo. Y añadía, “Mañana tal vez tengamos que sentarnos frente a nuestros hijos y decirles que fuimos derrotados. Pero no podremos mirarlos a los ojos y decirles que viven así porque no nos animamos a pelear”.Así, también Martin Luther King: “tendremos que arrepentirnos en esta generación no tanto de las acciones de las malas personas sino de los pasmosos silencios de la gente buena”.
Su ejemplo y su mensaje permanecen en un mundo enloquecido por guerras, crímenes, hambrunas y fraudulentas crisis económicas.
Conmemoramos ahora el 60 aniversario de su asesinato a los 78 años de edad. Nada más indicado que saborear y ponderar las palabras de quien tomó sobre sus espaldas “el monopolio de mejorar sólo a una persona, esa persona soy yo mismo y sé cuán difícil es conseguirlo."
A pesar del aparente fracaso de su actividad política, murió en una India desangrada en guerra religiosa. Fue fiel a aquella “voz interior” que le urgía a “seguir combatiendo contra el mundo entero, aunque me encuentre solo. Me dice que no tema a este mundo sino que avance llevando en mí nada más que el temor a Dios."
Porque él estaba convencido de que “no debemos perder la fe en la humanidad que es como un océano; ella no se mancha porque algunas de sus gotas estén sucias."
Ya que nadie puede hacer el bien en un aspecto de su vida, mientras hace daño en otro; “porque un cobarde es incapaz de mostrar amor, hacerlo está reservado para los valientes”.
Afirmaba que la vida es un todo indivisible por eso “no se nos otorgará la libertad externa más que en la medida exacta en que hayamos sabido, en un momento determinado, desarrollar nuestra libertad interna”.
Y con la eterna sabiduría citaba el ejemplo del Rabí que pasó entre nosotros haciendo el bien. De ahí que Luther King escribiera: “Nosotros devolveremos bien por mal. Cristo nos enseñó el camino y Mahatma Gandhi nos demostró que era operativo”. Como él, fue meridiano con los que ignoran y son causa de la pobreza y de la miseria de tantos seres humanos. "El que retiene algo que no necesita es igual a un ladrón”, porque lo que no se comparte se pierde.
“Si en apariencia tomo parte en política se debe a que la política nos rodea igual que el abrazo de una serpiente del que no podemos desasirnos por mucho que lo intentemos. Por lo tanto, deseo luchar con la serpiente”, decía.
Y sabía que la lucha era durísima y el pago implacable. “Si no tuviera sentido del humor me habría suicidado hace mucho tiempo”. Porque, primero ellos te ignoran; más tarde se ríen de ti; luego te hacen la pelea; y entonces… ¡tú ganas!”. Sabiduría de la no violencia, del wu wei “no hacer” de Lao Tsé, inclinarse mientras pasa la riada para alzarse de nuevo e imitar al agua que se adapta al terreno para vivificarlo y transformarlo.
El Mahatma Gandhi estaba convencido de que ningún hombre pierde su libertad sino por su propia debilidad. Que la fuerza no proviene de la capacidad física sino de la voluntad indomable. “Sé tú mismo el cambio que quieras ver en el mundo."
Y se mostró caminando por la inmensa India, con un sencillo doti confeccionado por él mismo en la rueca que habría de figurar en la bandera de India.
“Es mejor permitir que nuestras vidas hablen de nosotros a que lo hagan las palabras”. Y así, humildemente mostró su camino.
“Me esforzaré en amar, en decir la verdad, en ser honesto y puro, en no poseer nada que no me sea necesario, en ganarme el sueldo con el trabajo, en estar atento siempre a lo que como y bebo, en no tener nunca miedo, en respetar las creencias de los demás, en buscar siempre lo mejor para todos, en ser un hermano para todos mis hermanos”.
Alma Grande Gandhi sabía lo que significaba vivir y morir como no violento, “pero me falta demostrarlo mediante un acto perfecto."
Y ese acto que rubricó su vida, hace ahora 60 años, a manos de un hindú fanático y enloquecido, a quien Gandhi hubiera estrechado entre sus brazos hizo exclamar a Einstein: “Las generaciones del porvenir apenas creerán que un hombre como éste caminó la tierra en carne y hueso”.
José Carlos Garcia Fajardo es Profesor Emérito de la UCM y Director del CCS
Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)
2/1/09
La esperanza está en el camino, por José Carlos Garcia Fajardo
Lo importante no es dónde vamos sino “cómo” vamos, y que no nos lleven. La meta es el mismo camino.
"Este camino tal vez no conduzca a ninguna parte, pero alguien viene por él", escribe el autor sueco Lars Norén.
Quizás sea esta la actitud que deba presidir nuestro caminar, casi a ciegas y sin disponer de referentes de confianza. Pero la meta es el mismo camino. No importa tanto adónde vamos sino cómo vamos, y que no nos lleven.
En la sociedad de la información padecemos un bombardeo de imputs difíciles de procesar. Como hace años leí en un graffiti, “ahora que sabíamos las respuestas, nos han cambiado las preguntas”. Esta sensación de inseguridad provoca desaliento, evasión irresponsable o la entrega a ideologías para no pensar, para no tomar decisiones. Ese ha sido el consuelo de los débiles para poder seguir viviendo, aún a riesgo de abdicar de la libertad y de zafarse del cumplimiento de los derechos universales para todos. Derechos humanos, políticos y sociales.
Las ideologías han explotado el miedo a la libertad y a la responsabilidad de las personas. Al explotar ese miedo a la soledad, inventaron dioses inhumanos, implacables que infundían pavor, salvo que el individuo se sometiese a los dictados de sus eunucos con la promesa de una vida eterna y absurda.
Otras religiones comenzaron apoyando los sentimientos de humanidad y de solidaridad naturales para convertir luego a sus adeptos en hormigas de un hormiguero, en seres domesticados y sin personalidad capaces de negar las realidades más cercanas.
Otras ideologías partieron de la falsa premisa de que el ser humano es malo por naturaleza y de que sólo busca su propio bien, aún a costa de hacer de los otros seres objetos de su poder, de su codicia y de su voluntad. Sostenían que lo hacían en nombre del “pueblo”, de una etnia o raza, de una clase social, o de la misma “humanidad” elevada a categoría.
Los dioses habitaron las lagunas de nuestra ignorancia y sus secuaces obligaron a postrarse y a obedecer bajo castigos. No sólo en un inventado más allá, sino en el presente mediante el temor y la ignorancia. Aún sirviéndose de la tortura, de la privación de la libertad, de la exclusión social y de la pena de muerte.
Parece increíble pero el número de países en los que está legalizada la pena de muerte es estremecedor. Las mismas religiones, pretendidamente reveladas, la mantienen “por causa de la maldad del hombre”. Conculcan el “no matarás” de sus fundadores, pero ellos no vacilaron en practicarla siempre que les convino.
Esta es la historia de la inmensa mayoría de las tradiciones religiosas y de los regímenes políticos autoritarios, tiránicos, despóticos y totalitarios. Ese totalitarismo y ese despotismo absolutistas han derivado hacia sistemas, modelos de desarrollo, paraísos fiscales, mafias financieras transnacionales y guerras de invasión y de conquista, pretendidamente “liberadoras y restauradoras de la democracia”. ¿De qué democracia?
Parece increíble que estemos viviendo el escándalo de las guerras, de las ventas de armas, de la corrupción, del blanqueo de dinero procedente del crimen organizado, de la explotación de las riquezas de los países empobrecidos, de la trata de seres humanos como objetos de comercio o de consumo.
Espanta la naturalidad con la que se acepta la existencia de miles de millones de personas que padecen hambre, enfermedades curables, incultura, explotación, falta de viviendas, guerras, deportaciones en masa, maltrato por razón de género, de creencias o de tradiciones culturales, prostitución, trabajo infantil y de mujeres más propio de la esclavitud que de mentes racionales.
Las alarmas han sonado sobre el cambio climático, la contaminación de la tierra, del aire y de los mares pero intereses de poderosas minorías lo niegan o demonizan. Se niega la evidencia, como se han negado los derechos humanos universales.
Nos acusarán de catastrofistas, pero como decía Galileo a los cardenales que lo condenaban, “miren por el telescopio, no les pido que me crean me basta con que miren”. Y se negaron como los poderosos de hoy atentan contra los derechos humanos para todos.
Mientras el panorama social, político y económico no sea transformado desde dentro por la razón y la justicia, caminaremos por un camino para el que sólo hemos traído billete de ida.
Pero alguien viene, otros seres humanos oprimidos vienen al encuentro para el despertar y la concordia. O los acogemos y actuamos como comunidad cosmopolita y solidaria o seremos destruidos por nuestros errores y por nuestra ceguera.
José Carlos Garcia Fajardo es Profesor Emérito de la UCM y Director del CCS
Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)
Quizás sea esta la actitud que deba presidir nuestro caminar, casi a ciegas y sin disponer de referentes de confianza. Pero la meta es el mismo camino. No importa tanto adónde vamos sino cómo vamos, y que no nos lleven.
En la sociedad de la información padecemos un bombardeo de imputs difíciles de procesar. Como hace años leí en un graffiti, “ahora que sabíamos las respuestas, nos han cambiado las preguntas”. Esta sensación de inseguridad provoca desaliento, evasión irresponsable o la entrega a ideologías para no pensar, para no tomar decisiones. Ese ha sido el consuelo de los débiles para poder seguir viviendo, aún a riesgo de abdicar de la libertad y de zafarse del cumplimiento de los derechos universales para todos. Derechos humanos, políticos y sociales.
Las ideologías han explotado el miedo a la libertad y a la responsabilidad de las personas. Al explotar ese miedo a la soledad, inventaron dioses inhumanos, implacables que infundían pavor, salvo que el individuo se sometiese a los dictados de sus eunucos con la promesa de una vida eterna y absurda.
Otras religiones comenzaron apoyando los sentimientos de humanidad y de solidaridad naturales para convertir luego a sus adeptos en hormigas de un hormiguero, en seres domesticados y sin personalidad capaces de negar las realidades más cercanas.
Otras ideologías partieron de la falsa premisa de que el ser humano es malo por naturaleza y de que sólo busca su propio bien, aún a costa de hacer de los otros seres objetos de su poder, de su codicia y de su voluntad. Sostenían que lo hacían en nombre del “pueblo”, de una etnia o raza, de una clase social, o de la misma “humanidad” elevada a categoría.
Los dioses habitaron las lagunas de nuestra ignorancia y sus secuaces obligaron a postrarse y a obedecer bajo castigos. No sólo en un inventado más allá, sino en el presente mediante el temor y la ignorancia. Aún sirviéndose de la tortura, de la privación de la libertad, de la exclusión social y de la pena de muerte.
Parece increíble pero el número de países en los que está legalizada la pena de muerte es estremecedor. Las mismas religiones, pretendidamente reveladas, la mantienen “por causa de la maldad del hombre”. Conculcan el “no matarás” de sus fundadores, pero ellos no vacilaron en practicarla siempre que les convino.
Esta es la historia de la inmensa mayoría de las tradiciones religiosas y de los regímenes políticos autoritarios, tiránicos, despóticos y totalitarios. Ese totalitarismo y ese despotismo absolutistas han derivado hacia sistemas, modelos de desarrollo, paraísos fiscales, mafias financieras transnacionales y guerras de invasión y de conquista, pretendidamente “liberadoras y restauradoras de la democracia”. ¿De qué democracia?
Parece increíble que estemos viviendo el escándalo de las guerras, de las ventas de armas, de la corrupción, del blanqueo de dinero procedente del crimen organizado, de la explotación de las riquezas de los países empobrecidos, de la trata de seres humanos como objetos de comercio o de consumo.
Espanta la naturalidad con la que se acepta la existencia de miles de millones de personas que padecen hambre, enfermedades curables, incultura, explotación, falta de viviendas, guerras, deportaciones en masa, maltrato por razón de género, de creencias o de tradiciones culturales, prostitución, trabajo infantil y de mujeres más propio de la esclavitud que de mentes racionales.
Las alarmas han sonado sobre el cambio climático, la contaminación de la tierra, del aire y de los mares pero intereses de poderosas minorías lo niegan o demonizan. Se niega la evidencia, como se han negado los derechos humanos universales.
Nos acusarán de catastrofistas, pero como decía Galileo a los cardenales que lo condenaban, “miren por el telescopio, no les pido que me crean me basta con que miren”. Y se negaron como los poderosos de hoy atentan contra los derechos humanos para todos.
Mientras el panorama social, político y económico no sea transformado desde dentro por la razón y la justicia, caminaremos por un camino para el que sólo hemos traído billete de ida.
Pero alguien viene, otros seres humanos oprimidos vienen al encuentro para el despertar y la concordia. O los acogemos y actuamos como comunidad cosmopolita y solidaria o seremos destruidos por nuestros errores y por nuestra ceguera.
José Carlos Garcia Fajardo es Profesor Emérito de la UCM y Director del CCS
Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)
21/12/08
Acoger por el placer de compartir, por José Carlos Garcia Fajardo
Estos días celebramos permanecer vivos y tratamos de dar un sentido a nuestro vivir porque se nos escapa el sentido de la vida.
“Fernando Silva dirige el hospital de niños en Managua. En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde… Cuando decidió marcharse, hizo un último recorrido por las salas, y sintió que unos pasos de algodón lo seguían; se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso.
Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano:
-Dígale a... -susurró el niño-
`Dígale a alguien, que yo estoy aquí´”, escribe E. Galeano.
Celebramos unas fiestas ancestrales montadas sobre otras relacionadas con Mitra o con Saturno o con Osiris o con el solsticio de invierno. Lo que importa es la celebración del cambio estacional, desde la noche más grande del año y en relación con la mutación de una naturaleza viva y palpitante aún bajo las nieves del invierno, los árboles sin hojas y la tierra yerma que se prepara para una explosión de júbilo en primavera.
No podemos ignorar los hechos culturales que sostienen nuestra personalidad y nuestra forma de vivir, nuestro progreso y nuestra lucha por una sociedad más justa y solidaria que reconozca el derecho a la búsqueda de la felicidad. Nuestro quehacer es vivir aquí y ahora con la mayor plenitud posible, con coherencia y armonía, reconociéndonos para ser consecuentes con nuestra realidad, con nuestro ambiente y con nuestras relaciones. Todo lo demás es sufrimiento estéril por absurdo.
Antes, celebraban la siega o la vendimia, los ritos de amor o de paso. Hoy celebramos permanecer vivos y tratamos de dar un sentido a nuestro vivir porque se nos escapa el sentido de la vida.
Algo no va bien en el mundo y nos contentamos con aliviar algún efecto de la injusticia estructural con limosnas y aguinaldos. Nos echamos a la calle a comprar para éste o para el otro, mientras durante el resto del año no somos capaces de encontrar un momento para saber cómo se encuentra, para escucharlo.
¿No es en estas fiestas cuando nos acomete una extraña soledad, una especie de vacío que llamamos nostalgia y que no es más que hastío?
Dejemos el envoltorio y disfrutemos del regalo, del presente, de esa vuelta al hogar, al seno en donde un día te supiste acogido y querido. Eso es el hogar, el espacio donde nos esperan sin preguntar qué hicimos, sino ¿qué me sucede?
Sólo una persona ajena a la cultura y a las realidades que nos sostienen es capaz de rechazar como absurdas estas celebraciones. ¿Podríamos comprender nuestra historia sin la existencia de ese judío de Nazareth, que pasó haciendo el bien, acogiendo a los marginados, que desafió a los poderes constituidos de su tiempo, que predicó las Bienaventuranzas, que amó y fue amado, que hizo que el sábado fuera para el hombre y no al revés, que superó las ataduras religiosas y sociales de su tiempo, que enalteció a las mujeres, a los niños, a los pobres y a los ancianos y que trajo la Buena Nueva para todos los seres humanos: “Amaos los unos a los otros”?
Es preciso buscar ese reino que pertenece a los que padecen persecución por causa de la justicia, a quienes dan de comer al hambriento, de beber al sediento, que visten al desnudo, que enseñan al que no sabe, que consuelan al triste, que comparten. Y que no juzgan ni condenan sino que están dispuestos a acoger con un brazo mientras que con el otro aportan propuestas alternativas a las injusticias sociales que denuncian sin cesar formando muros y redes de solidaridad. Y para esto, les basta con caminar con su corazón a la escucha, su mente abierta a la verdad y al entendimiento mientras sus brazos se abren para acoger y para bendecir, para acariciar y para curar.
Tenemos que aprovechar los momentos especiales para hacernos cómplices con la vida, y reconocer que nos debemos a nosotros mismos un gesto de confianza en la vida y de compromiso con el otro. Así lograremos trazar un puente sobre el abismo. Por eso es navidad cada vez que alguien acoge a los demás.
José Carlos García Fajardo es profesor Emérito de la UCM y Director del CCS
Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano:
-Dígale a... -susurró el niño-
`Dígale a alguien, que yo estoy aquí´”, escribe E. Galeano.
Celebramos unas fiestas ancestrales montadas sobre otras relacionadas con Mitra o con Saturno o con Osiris o con el solsticio de invierno. Lo que importa es la celebración del cambio estacional, desde la noche más grande del año y en relación con la mutación de una naturaleza viva y palpitante aún bajo las nieves del invierno, los árboles sin hojas y la tierra yerma que se prepara para una explosión de júbilo en primavera.
No podemos ignorar los hechos culturales que sostienen nuestra personalidad y nuestra forma de vivir, nuestro progreso y nuestra lucha por una sociedad más justa y solidaria que reconozca el derecho a la búsqueda de la felicidad. Nuestro quehacer es vivir aquí y ahora con la mayor plenitud posible, con coherencia y armonía, reconociéndonos para ser consecuentes con nuestra realidad, con nuestro ambiente y con nuestras relaciones. Todo lo demás es sufrimiento estéril por absurdo.
Antes, celebraban la siega o la vendimia, los ritos de amor o de paso. Hoy celebramos permanecer vivos y tratamos de dar un sentido a nuestro vivir porque se nos escapa el sentido de la vida.
Algo no va bien en el mundo y nos contentamos con aliviar algún efecto de la injusticia estructural con limosnas y aguinaldos. Nos echamos a la calle a comprar para éste o para el otro, mientras durante el resto del año no somos capaces de encontrar un momento para saber cómo se encuentra, para escucharlo.
¿No es en estas fiestas cuando nos acomete una extraña soledad, una especie de vacío que llamamos nostalgia y que no es más que hastío?
Dejemos el envoltorio y disfrutemos del regalo, del presente, de esa vuelta al hogar, al seno en donde un día te supiste acogido y querido. Eso es el hogar, el espacio donde nos esperan sin preguntar qué hicimos, sino ¿qué me sucede?
Sólo una persona ajena a la cultura y a las realidades que nos sostienen es capaz de rechazar como absurdas estas celebraciones. ¿Podríamos comprender nuestra historia sin la existencia de ese judío de Nazareth, que pasó haciendo el bien, acogiendo a los marginados, que desafió a los poderes constituidos de su tiempo, que predicó las Bienaventuranzas, que amó y fue amado, que hizo que el sábado fuera para el hombre y no al revés, que superó las ataduras religiosas y sociales de su tiempo, que enalteció a las mujeres, a los niños, a los pobres y a los ancianos y que trajo la Buena Nueva para todos los seres humanos: “Amaos los unos a los otros”?
Es preciso buscar ese reino que pertenece a los que padecen persecución por causa de la justicia, a quienes dan de comer al hambriento, de beber al sediento, que visten al desnudo, que enseñan al que no sabe, que consuelan al triste, que comparten. Y que no juzgan ni condenan sino que están dispuestos a acoger con un brazo mientras que con el otro aportan propuestas alternativas a las injusticias sociales que denuncian sin cesar formando muros y redes de solidaridad. Y para esto, les basta con caminar con su corazón a la escucha, su mente abierta a la verdad y al entendimiento mientras sus brazos se abren para acoger y para bendecir, para acariciar y para curar.
Tenemos que aprovechar los momentos especiales para hacernos cómplices con la vida, y reconocer que nos debemos a nosotros mismos un gesto de confianza en la vida y de compromiso con el otro. Así lograremos trazar un puente sobre el abismo. Por eso es navidad cada vez que alguien acoge a los demás.
José Carlos García Fajardo es profesor Emérito de la UCM y Director del CCS
14/12/08
Neocolonialismo en países empobrecidos, por José Carlos Garcia Fajardo
Nuevas prácticas coloniales imponen un modelo de explotación y de especulación en detrimento de pequeños agricultores en los países de Sur.
La FAO alerta del neocolonialismo de tierras en los países del Sur por especuladores con materias primas y alimentos. Es un loco rally de países emergentes y corporaciones multinacionales por controlar tierras de cultivo y con reservas de agua en países latinoamericanos, asiáticos y africanos. Nadie podrá decir que no se había denunciado la burbuja inmobiliaria, las hipotecas tóxicas, los hedge funds y los paraísos fiscales. Así como la agresión al medio ambiente. Pero la codicia de los especuladores va pareja con su ceguera.
El director general de la FAO no ha dudado en calificar a estas operaciones como neocoloniales, mientras que organizaciones de la sociedad civil alertan de que los más perjudicados van a ser los pequeños agricultores, pastores y poblaciones que hoy se autoabastecen y respetan el entorno con cultivos alternativos. Muchos de ellos sin más títulos de propiedad que los usos y costumbres. Presa preciada para especuladores y dirigentes sin escrúpulos.
Las tierras que van a roturar para cultivos intensivos se verán asoladas y las harán estériles con el uso extensivo de pesticidas, herbicidas y abonos. Así hicieron los colonizadores europeos con la implantación del monocultivo que ocasionó la desertización como nunca antes había sucedido.
La FAO fija en más de mil millones el número de personas hambrientas en el mundo con un incremento tan dramático como rápido y que empeorará con la crisis económica mundial.
En un documentado reportaje, Lali Cambra aborda el acuciante problema de países como China, India, Japón, Malasia, Corea del sur, Egipto, Libia y los emiratos del golfo pérsico con gran crecimiento económico y demográfico. Mientras tanto, escasean las superficies agrícolas y el agua, codiciada como oro azul, igual que lo fueron el amarillo y el negro petróleo. Brasil prepara un cambio de su legislación para exigir mayor transparencia y participación local en las inversiones de capitales extranjeros.
La mayoría ya son importadores de comida, como antes lo fueron de materias primas y de mano de obra barata. Hoy pretenden asegurarse una reserva de alimentos, incapaces de reconocer el derecho de los productores del Sur a participar en el mercado mundial en contra de las subvenciones agrícolas y de las barreras aduaneras. La OMC será culpable de gran parte de esta locura.
Las firmas de inversión también participan del furor por la tierra, escribe la autora. Ante la volatilidad de los mercados, buscan fondos seguros a través de la adquisición de fincas. Muchas están interesadas en comercializar cereales, pero también en la producción de biodiésel, muy controvertido. Si bien es sustituto “ecológico” del petróleo, el cultivo intensivo por grandes empresas de terrenos ganados a espacios naturales, (o adquiriendo tierras antes cultivadas por pequeños agricultores que pasan a ser jornaleros), tiene el efecto contrario al deseado.
En Tanzania, más de media docena de firmas del Reino Unido, Suecia, Holanda, Japón, Canadá y Alemania (con un proyecto para biodiésel de 200.000 hectáreas) han comenzado sus operaciones. Pero no son sólo los biocarburantes los acicates a la presión comercial sobre la tierra. Y cita Cambra al portavoz de International Land Coalition, Michael Taylor: “los controvertidos créditos de carbono, surgidos a raíz del Protocolo de Kyoto, con los que las empresas contaminantes pueden ‘comprar’ su excedente de emisiones a industrias más limpias o sufragar proyectos ecológicos en países pobres, también contribuyen al fenómeno”.
Así, desde su instauración, el mercado financiero basado en estos créditos mueve más de 2.000 millones de euros anuales.
Una empresa coreana proyecta alquilar por 100 años la mitad de la tierra cultivable en Madagascar para plantar maíz para llevar a Seúl. En la isla, más del 70% de la población vive bajo el umbral de la pobreza y más de medio millón de personas recibe asistencia del Programa Mundial de Alimentos.
Los países importadores, advierte la FAO, deberían preguntarse si es necesario adquirir la tierra sin estudiar otras posibilidades, como la formación de empresas conjuntas o la firma de contratos bilaterales equitativos con los países empobrecidos, que “deben asegurarse de que las condiciones del acuerdo son beneficiosas, proporcionan empleo, transferencia tecnológica y se imbrican en la economía local”.
Pero ¿quién defenderá su causa en equidad y en justicia? La voracidad de los explotadores es insaciable mientras el mundo mira para otro lado, como siempre.
José Carlos Garcia Fajardo es Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director del CCS
Fuente:Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)
El director general de la FAO no ha dudado en calificar a estas operaciones como neocoloniales, mientras que organizaciones de la sociedad civil alertan de que los más perjudicados van a ser los pequeños agricultores, pastores y poblaciones que hoy se autoabastecen y respetan el entorno con cultivos alternativos. Muchos de ellos sin más títulos de propiedad que los usos y costumbres. Presa preciada para especuladores y dirigentes sin escrúpulos.
Las tierras que van a roturar para cultivos intensivos se verán asoladas y las harán estériles con el uso extensivo de pesticidas, herbicidas y abonos. Así hicieron los colonizadores europeos con la implantación del monocultivo que ocasionó la desertización como nunca antes había sucedido.
La FAO fija en más de mil millones el número de personas hambrientas en el mundo con un incremento tan dramático como rápido y que empeorará con la crisis económica mundial.
En un documentado reportaje, Lali Cambra aborda el acuciante problema de países como China, India, Japón, Malasia, Corea del sur, Egipto, Libia y los emiratos del golfo pérsico con gran crecimiento económico y demográfico. Mientras tanto, escasean las superficies agrícolas y el agua, codiciada como oro azul, igual que lo fueron el amarillo y el negro petróleo. Brasil prepara un cambio de su legislación para exigir mayor transparencia y participación local en las inversiones de capitales extranjeros.
La mayoría ya son importadores de comida, como antes lo fueron de materias primas y de mano de obra barata. Hoy pretenden asegurarse una reserva de alimentos, incapaces de reconocer el derecho de los productores del Sur a participar en el mercado mundial en contra de las subvenciones agrícolas y de las barreras aduaneras. La OMC será culpable de gran parte de esta locura.
Las firmas de inversión también participan del furor por la tierra, escribe la autora. Ante la volatilidad de los mercados, buscan fondos seguros a través de la adquisición de fincas. Muchas están interesadas en comercializar cereales, pero también en la producción de biodiésel, muy controvertido. Si bien es sustituto “ecológico” del petróleo, el cultivo intensivo por grandes empresas de terrenos ganados a espacios naturales, (o adquiriendo tierras antes cultivadas por pequeños agricultores que pasan a ser jornaleros), tiene el efecto contrario al deseado.
En Tanzania, más de media docena de firmas del Reino Unido, Suecia, Holanda, Japón, Canadá y Alemania (con un proyecto para biodiésel de 200.000 hectáreas) han comenzado sus operaciones. Pero no son sólo los biocarburantes los acicates a la presión comercial sobre la tierra. Y cita Cambra al portavoz de International Land Coalition, Michael Taylor: “los controvertidos créditos de carbono, surgidos a raíz del Protocolo de Kyoto, con los que las empresas contaminantes pueden ‘comprar’ su excedente de emisiones a industrias más limpias o sufragar proyectos ecológicos en países pobres, también contribuyen al fenómeno”.
Así, desde su instauración, el mercado financiero basado en estos créditos mueve más de 2.000 millones de euros anuales.
Una empresa coreana proyecta alquilar por 100 años la mitad de la tierra cultivable en Madagascar para plantar maíz para llevar a Seúl. En la isla, más del 70% de la población vive bajo el umbral de la pobreza y más de medio millón de personas recibe asistencia del Programa Mundial de Alimentos.
Los países importadores, advierte la FAO, deberían preguntarse si es necesario adquirir la tierra sin estudiar otras posibilidades, como la formación de empresas conjuntas o la firma de contratos bilaterales equitativos con los países empobrecidos, que “deben asegurarse de que las condiciones del acuerdo son beneficiosas, proporcionan empleo, transferencia tecnológica y se imbrican en la economía local”.
Pero ¿quién defenderá su causa en equidad y en justicia? La voracidad de los explotadores es insaciable mientras el mundo mira para otro lado, como siempre.
Fuente:Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)
20/11/08
Lo hicieron, aunque no sabían que podían hacerlo, por José Carlos Gª Fajardo
“¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a entregar mi corazón”, en palabras de Fito Páez. Se extiende una especie de pesimismo, pasotismo, egoísmo individualista que más bien tiene que ver con la resignación. Y es preciso llamar a las cosas por su nombre. Al que roba hay que llamarle ladrón y llevarlo a los tribunales; al que miente, mentiroso; al que explota, explotador, y así sucesivamente. Pero protestar aportando, en lo posible, propuestas alternativas nacidas de la reflexión, del conocimiento, de la pasión por la justicia y por la solidaridad. Porque “Otro mundo, mejor y más solidario, es posible” porque es necesario. Todo lo necesario tiene que ser posible, si no se trataría de una quimera, fantasía o necedad.
Para ello tenemos que “Pasar la palabra” cuando leemos o escuchamos algo interesante, valiente y esperanzador. No podemos abortar los ideales por temor a no poder alcanzarlos. Mal punto de partida. Todo lo grande de este mundo se ha llevado a la práctica porque alguien lo imaginó primero, lo interiorizó y lo hizo suyo. No vale escudarse en que “yo no sé hablar”, “no estoy preparado”, “nadie me va a escuchar”. Tú pasa la palabra, difunde las ideas, proyectos y propuestas de quienes te conmuevan y te parezcan sensatos, creíbles, y arriesgados. Tenemos que esquivar los peligros o superarlos y asumir los riesgos como auténticos desafíos, como oportunidades. Mi experiencia me ha demostrado que nadie sabe de lo que es capaz hasta que se pone a hacerlo. Es preciso convencerse de que no hay que esperar a ser bueno, para hacer cosas buenas. Gran parte de las personas respetables y admirables que conozco nunca hubieran comenzado. Porque no se trata de lo que hagamos sino de cómo lo hagamos. Poner el corazón y hasta la vida en aquello que admiramos, amamos y anhelamos. Siempre habrá un puesto para mí, así como soy, sin cambiar sino asumiendo mi realidad. De esta forma, los marginados y los excluidos se pueden identificar con nosotros con menos dificultad.
No podemos esperar a que nos ocurra algo extraordinario si no lo “descubrimos” en todo lo ordinario que nos sucede. Al llegar a esta altura de mi vida, he comprobado que la virtud más eminente es hacer sencillamente lo que tenemos que hacer. Ni se trata de empeñarse en hacer cosas buenas. Los sabios, los auténticos líderes, los santos, los maestros no hacen cosas buenas. Bueno es lo que hace el sabio, el santo, el maestro. Cuando come, come; cuando bebe, bebe; cuando duerme, duerme. Las cosas fueron primero, su para qué después. (autentikós, el que tiene autoridad y esta deriva de augere, promocionar, pues tiene autoridad sobre alguien el que lo promueve, Por tanto, auténtico es el que tiene las riendas de su ser, posee iniciativa y no nos falla porque es coherente y nos enriquece con su modo de ser estable y sincero, con palabras de A. Quintás
Así, en cualquier estadio de nuestro vivir podemos caer en la cuenta de que, así como somos, somos necesarios. No se trata de cuanto más, mejor; sino de cuanto mejor, más. Y todo lo que se hace desde el corazón, reforzado por la mente, es bueno y se difunde por sí mismo.
Anteayer di una conferencia en la universidad de Salamanca. Quien la organizó se ocupó en convocar al mayor número de medios de comunicación, prensa, radio y televisiones. Entrevistas de 20 minutos en cuatro emisoras y en directo; dos entrevistas de quince minutos para dos televisiones; y desde días antes, entrevistas en periódicos, y, al día siguiente de la conferencia, aparecían comentarios y fotos en otros periódicos; y este domingo saldrá una entrevista a doble página en el diario más importante de la ciudad.
¿Qué importa el número de personas que hayan podido acudir a la conferencia a las 12 de la mañana y en el alejado campus universitario? Todo lo que han difundido los medios y por Internet es tan eficaz o más que la presencia personal.
Al día siguiente me escribió la persona que arregló todo en silencio: “Gracias profesor. Quién pudiera hablar como usted”. Y yo le respondí “sin ti, nada hubiera sido posible. ¿Te das cuenta de todo lo que ha ocurrido? El escrito que me has enviado, lo reenvié a mi cadena de amigos, y estos los reenviaron a los suyos, lo he colgado en mi blog y otros colgaron sus post”. Esta es la red de redes, sabernos necesarios y aceptados y acogidos y queridos y respetados. Nadie sabe de lo que es capaz, hasta que se pone a hacerlo.
Eso es auténtico periodismo: provocar, escuchar, mirar y saber contarlo.
José Carlos Garcia Fajardo. Profesor Emérito de la UCM, Director del Centro de Colaboraciones Solidarias
Fuente: Blog de José Carlos Gª Fajardo
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