11/4/07

Política integral: : ¿Se puede ir más allá de las limitaciones de los movimientos políticos de izquierdas y de derechas?, por Alejandro Villar



Todo el mundo parece estar buscando una “tercera vía” que integre lo mejor de las visiones liberal y conservadora. Esto es lo que han tratado de hacer el “vital center” del presidente Clinton, el “compassionate conservatism” de George W. Bush, el “neue mitte” en Alemania, la “third way” de Tony Blair, y el “African renaissance” de Thabo Mbeki, por nombrar algunos de ellos. Son muchos los teóricos que tratan de establecer los cimientos sólidos de una nueva visión que supere las limitaciones de los movimientos políticos de derechas y de izquierdas.

En lo que respecta al origen del sufrimiento humano, los liberales tienden a creer en la causación objetiva, mientras que los conservadores creen en la causación subjetiva. Desde la perspectiva liberal (de izquierdas), la responsabilidad del sufrimiento recae en las instituciones sociales objetivas (si eres pobre es porque la sociedad te oprime), mientras que la perspectiva conservadora (de derechas) culpa a los factores subjetivos (si eres pobre es por tu falta de iniciativa, valores, etc.). Consecuentemente el liberal aborda el problema recomendando algún tipo de intervención social objetiva, como la reforma de las instituciones sociales y una redistribución de las riquezas que aliente la igualdad entre todos los seres humanos. El abordaje conservador, por su parte, recomienda cosas como inculcar los valores adecuados, exige que los individuos asuman sus responsabilidades, propone el endurecimiento de las normas morales (lo cual solía suponer, en muchos casos, la aceptación de los valores religiosos tradicionales), alienta la ética del trabajo, el uso de incentivos que recompensen el logro, etc.

Por tanto, el primer paso a una “tercera vía” –que integre lo mejor de la visión liberal y de la conservadora, y que subraye, en consecuencia, tanto el desarrollo interior como el exterior- consiste en reconocer la realidad e importancia tanto de los aspectos objetivos como de los subjetivos, y orientar nuestros esfuerzos tanto hacia los factores internos (los valores, los significados, la moral y el desarrollo de la consciencia) como hacia los factores externos (las condiciones económicas, el bienestar material, los avances tecnológicos, la seguridad social, el medio ambiente, etc.)

El desarrollo de la consciencia es el área más difícil de admitir para los liberales, que suelen oponerse a todo tipo de “estadios” o de “niveles” (incluyendo los niveles de consciencia), convencidos de que tales “juicios” son marginadores y opresivos. Recordemos que el liberal no suele creer en la causación interior y que incluso llega, en ocasiones, a cuestionar la existencia misma de cualquier tipo de interioridad. La epistemología liberal típica (como la de John Locke, por ejemplo) considera que la mente es como una tabula rasa, una pizarra en blanco que va llenándose con imágenes del mundo externo. Así pues, si existe algún problema interior (si hay sufrimiento, en suma), es porque algo funciona mal en el exterior (en las instituciones sociales), ya que, desde esta perspectiva, toda interioridad constituye, de un modo u otro, un reflejo del exterior.

Pero ¿qué ocurriría si lo interior no dependiera exclusivamente del mundo externo y tuviera sus propios estadios de crecimiento y desarrollo?. Si el logro de una auténtica “tercera vía” exigiera tener en cuenta tanto el desarrollo interior como el exterior, deberíamos prestar también una atención cuidadosa a los estadios interiores del desarrollo de la consciencia. Hay muchísimos modelos diferentes sobre como se desarrolla la consciencia, tanto orientales como occidentales, antiguos o modernos, que pueden proporcionarnos una imagen muy clara de los estadios de desarrollo del reino subjetivo, pero no a modo de una secuencia fija e inalterable de niveles, sino como una guía general de las posibles fases del desarrollo de la consciencia.

Así pues, el primer paso hacia una “tercera vía” auténticamente integral es combinar adecuadamente lo interior y lo exterior, mientras que el segundo es reconocer que lo subjetivo – es decir, la consciencia- se despliega a través de una serie de estadios. Quien quiera conocer detalladamente esos estadios puede recurrir a cualquiera de los mapas de los investigadores más reputados del desarrollo interior, como Jane Loevinger, Robert Kegan, Clare Graves, William Torbert, Susane Cook-Greuter o la “Spiral Dynamics” de Beck y Cowan. Para ilustrar una visión global y simplificada bastará con identificar tres estadios generales: el preconvencional (o egocéntrico), el convencional (o sociocéntrico) y el postconvencional (o mundicéntrico).

La ideología tradicional conservadora se hallaba asentada en una ola convencional y sociocéntrica del desarrollo propia del estadio agrario-mítico cuyos valores hundían sus raíces en la orientación religiosa mítica (como la Biblia, por ejemplo), suele subrayar la importancia de los valores de la familia y de la patria, es fuertemente sociocéntrica (y, en consecuencia, solía ser muy etnocéntrica), afirmaba los valores aristocráticos y jerárquicos y tendía al patriarcado y el militarismo. Esta fue la modalidad mítico-pertenencia que subrayó las virtudes cívica y que dominó la consciencia cultural desde aproximadamente el año –1000 hasta la Ilustración occidental, después de la cual apareció una modalidad de consciencia radicalmente nueva (a nivel colectivo)- la consciencia racional egoica, postconvencional- que trajo consigo la nueva ideología política liberal.

La Ilustración liberal nace, pues, como una reacción contra el fundamentalismo propio de la estructura mítico-pertenencia, contra la opresión social generada por los mitos y sus prejuicios etnocéntricos (que afirman cosas como que los cristianos se salvarán, mientras que los paganos irán al infierno) y contra la naturaleza no científica del conocimiento generado por los mitos (por ejemplo, que el universo fue creado en seis días). Así pues, uno de los principales objetivos de la Ilustración fue aliviar el sufrimiento impuesto por la opresión de la religión mítica/etnocéntrica y su carácter no científico. Por ello el grito de batalla de Voltaire fue “¡Recordad la crueldades!”, recordad el sufrimiento infligido por la Iglesia sobre millones de de seres humanos en nombre de su Dios mítico.

Así pues, en lugar del etnocéntrismo mítico-pertenencia basado en una identidad de rol social que se inserta en una jerarquía de identidades de rol, la Ilustración anhelaba una identidad egoica libre de los prejuicios etnocéntricos (que pudiera concebir los derechos universales del hombre) y basada en la investigación racional y científica. Desde la perspectiva de la Ilustración, los derechos universales acabarían con la esclavitud, la democracia nos libraría de la monarquía, el ego autónomo vencería al mentalidad de rebaño y la ciencia se impondría sobre el mito. Dicho en otros términos, en su aspecto más positivo, la Ilustración representa – a la vez que es producto de- la evolución de la consciencia desde la ola convencional y sociocéntrica hasta la postconvencional y mundicéntrica.

Ahora bien, si el liberalismo se hubiera limitado a ser producto de un avance evolutivo desde lo etnocéntrico a lo mundicéntrico, hubiera terminado, pura y simplemente ganando la batalla. Pero lo cierto es que surgió en el clima de un mundo chato, gobernado por el materialismo científico, según el cual lo único real es la materia y, en consecuencia, la posesión de la verdad solo pertenece a la materialista ciencia empírica. El mundo chato vivía atrapado en la creencia de que sólo lo objetivo, la materia, existe.

Y el liberalismo, al emerger en el seno del materialismo científico, acabó convirtiéndose en el adalid político del mundo chato, abanderando la verdad exclusiva del mundo material. La mente no sería más que una tabula rasa, una pizarra vacía que iría llenándose con representaciones del mundo material. En consecuencia, si el reino subjetivo está enfermo es porque también lo están las instituciones sociales objetivas y, por tanto, el mejor modo de liberar al ser humano y acabar con el sufrimiento consiste en proporcionar la libertad material y económica. Pero de ese modo acaban soslayándose- o, en el peor de los casos, negándose- los dominios subjetivos. La conclusión es que todas las interioridades son iguales. No existen pues, olas ni estadios ni niveles de consciencia, porque eso sería establecer un juicio de valor y hacer juicios de valor es algo muy malo. Un sentimiento muy noble, pero erróneo.

Así pues, el deseo de liberar al hombre del sufrimiento de forma universal- ya que todas las personas son vistas como merecedoras de la misma justicia, con independencia de la raza, sexo, credo, etc.- evidenció un cambio de actitud (de lo etnocéntrico a lo mundicéntrico), que terminó no obstante atrapada en la visión patológica de un mundo chato o convirtiéndose en la versión enferma de un nivel superior.

Esta es la gran paradoja del liberalismo. Es intrínsecamente contradictorio, porque abandera la igualdad y la libertad... y solo es posible tener la una o la otra, pero no ambas al mismo tiempo. El propio liberalismo es es el resultado de una serie de estadios interiores del desarrollo de la consciencia – que van desde lo egocéntrico a lo etnocéntrico y lo mundicéntrico- después de lo cual da media vuelta y niega el valor- y hasta la misma existencia- de los niveles interiores de desarrollo que le dieron origen. Es como si el liberalismo, al creer exclusivamente en la causación objetiva, acabase negando el camino interno recorrido hasta llegar a él mismo. La postura liberal es el resultado de una serie de estadios que terminan siendo negados, esa es la contradicción interna del liberalismo.

El liberalismo se negó a emitir cualquier juicio de valor sobre las interioridades y lo individuos- ¡ninguna posición es mejor que otra!- y centró su atención exclusivamente en la reforma de las instituciones exteriores, económicas y sociales, abandonando toda interioridad (los valores, el significado y el desarrollo interno, por ejemplo) a los conservadores.

Los conservadores, por su parte, abrazaron el desarrollo interior, pero únicamente hasta el estadio mítico-pertenencia, un estadio sano en su propio nivel, una versión saludable de un nivel inferior que defendía el estadio mítico-pertenencia, la ola convencional/conformista, la virtud cívica un estadio completamente sano necesario y natural del desarrollo humano.

Esta es la curiosa encrucijada política en la que hoy en día nos hallamos y que nos obliga a elegir entre la versión enferma de un nivel superior (liberalismo) o una versión sana de un nivel inferior (conservadurismo).

Cualquier auténtica “tercera vía” integral debería abrazar una versión sana del nivel superior- es decir, un nivel arraigado en las olas postconvencionales y mundicéntricas del desarrollo- que alentase por igual el desarrollo interior (el crecimiento y el desarrollo de la consciencia y el bienestar subjetivo) y el desarrollo exterior (el crecimiento y el desarrollo del bienestar económico y material.

Además la directriz primordial de una auténtica “tercera vía” no debería centrarse tanto en que todo el mundo alcanzase un determinado nivel de desarrollo de la consciencia (ya fuera mundicéntrico, pluralista o liberar) como en asegurar la salud de la espiral completa del desarrollo en cada uno de sus niveles y olas. Así pues, los dos pasos que deberían conducirnos a una “tercera vía” realmente integral serían los siguientes: 1) incluir tanto lo objetivo como lo subjetivo y 2) discernir los diferentes estadios de desarrollo de lo subjetivo y respetar la directriz primordial.

Estos son principios muy generales, pero si se fueran convirtiendo en programas políticos concretos, sin duda serían los más capaces de responder a los complejos problemas mundiales actuales. La razón sería en que una visión política así incluiría la mayor cantidad de aspectos de la realidad posible. El admitir los estadios de desarrollo interior (descubiertos empíricamente por los psicólogos del desarrollo) nos permitiría hacer juicios cualitativos, valorando los estadios más profundos y pudiendo promover así, la mayor profundidad para la mayor extensión. Solo desde la consciencia global, mundicéntrica se pueden tomar acuerdos libres, no coercitivos, en beneficios de todos. La falta de esa consciencia global es uno de los grandes problemas de la actualidad (que ni siquiera puede ser reconocido en un mundo chato). Además, solo esa consciencia global puede respetar cada nivel del desarrollo tal cual es, promocionando su forma sana, sin tratar de imponerle su forma de ver las cosas.

Para más información sobre una visión integral: “Una teoría de todo.Una visión integral de la ciencia, la política, la empresa y la espiritualidad)” de Ken Wilber. Editorial Kairós

Más sobre el autor: Alejandro Villar

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Cristóbal Cervantes
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