7/7/08

Respuesta a un mundo amenazador, por Timothy Garton Ash


Ni una nueva cruzada ni levantar el puente levadizo y encerrarse en el castillo. La respuesta de Occidente a los nuevos retos debe consistir en patriotismo liberal en casa e internacionalismo liberal fuera.

La próxima semana, un puñado de líderes políticos se sentará en torno a una mesa durante la cumbre del G-8 en Toyako, Japón, para examinar el estado del mundo. Yo espero estar sentado entonces en una playa en la isla de Ischia, ignorando por completo el estado del mundo. Pero antes de tomarme un descanso de mis columnas semanales, para iniciar un verano que voy a dedicar, sobre todo, a escribir un libro, me gustaría detenerme un momento a echar un vistazo al mundo en el que estamos. No sé qué opinarán ustedes, pero a mí no me parece que tenga buen aspecto.

El historiador francés Jacques Bainville comentó en una ocasión que "las cosas nunca han ido bien". Es útil recordarlo. No obstante, creo que las perspectivas son menos halagüeñas que hace 10 ó 20 años. Seguramente son mejores para un dirigente comunista en Pekín, un capo de la droga en Afganistán o un oligarca en Moscú. Las impresiones dependen en gran parte de dónde esté y qué quiera cada uno. Yo quiero que mis hijos vivan, por lo menos, con la misma libertad que yo he tenido, en un país libre, y quiero que toda la gente posible sea lo más libre posible en otros países. Para ello hacen falta no sólo las libertades civiles y políticas tradicionales, sino también ciertas condiciones básicas de seguridad personal, legal y económica y la posibilidad de labrarse una vida gracias a la educación y la igualdad de oportunidades. A diferencia de algunos liberales clásicos, no creo que alguien muy pobre pueda ser libre.

Éste es el punto de vista desde el que la situación parece desalentadora. A lo largo del último año he dedicado varias columnas a explicar cómo el Reino Unido está perdiendo libertades. Se debe, en parte, a la amenaza de los terroristas yihadistas takfiri, en parte a una reacción autoritaria desmesurada del Estado británico y en parte a otros motivos. La inseguridad económica no facilita las cosas, y seguramente va a empeorar.

En el resto del mundo, los gigantescos retos del cambio climático, la pobreza, la enfermedad y la competencia por los recursos energéticos, los alimentos y las materias primas, todos ellos magnificados por malas prácticas de Gobierno, están arrojando ya a cientos de millones de personas al abismo. Y no hemos hecho más que empezar. Los cambios de poder en el mundo tampoco son favorables. En los últimos meses, Myanmar y Zimbabue han demostrado lo impotentes que son los partidarios de la libertad si sus vecinos poderosos colocan la soberanía del Estado y sus intereses económicos y políticos por delante de los derechos fundamentales de la gente en los países afectados. Un Robert Mugabe con las manos llenas de sangre se pavonea en la cumbre de la Unión Africana, dando y recibiendo abrazos, mientras su portavoz dice que Occidente "puede irse a la mierda mil veces".

Las tiranías de viejo cuño se mezclan con sólidos modelos nuevos de capitalismo autoritario (China, Rusia). Las grandes democracias no occidentales muestran tan poca preocupación por la libertad en los países vecinos como la que mostraban las potencias imperiales europeas por la libertad en sus colonias. India se comporta con tanta debilidad a propósito de Myanmar como Suráfrica a propósito de Zimbabue. Mientras tanto, la República Islámica de Irán se dirige hacia un enfrentamiento nuclear con Israel, la posibilidad de un acuerdo de paz entre Israel y Palestina parece más alejada que hace 10 años y, en gran parte del mundo árabe, los jóvenes crecen inmersos en la ira, en vez de en la esperanza. ¿Hace falta que continúe?

Occidente tiene dos reacciones ante este mundo amenazador: la agresiva y la defensiva, y ambas están equivocadas. Podemos llamarlas las opciones del cruzado y el puente levadizo. La opción del cruzado fue Bush en Irak. Ahora vamos a ver más la del puente levadizo. Esta variante, defensiva, temerosa, proteccionista, invadida por un pesimismo cultural digno de Oswald Spengler, dice que hay que retirar el puente levadizo que permite la entrada a la vieja fortaleza de piedra llamada civilización occidental. Hay que dejar fuera a todos los extranjeros, todos los bienes, todas las ideas posibles. No hay que tratar de cambiar las actitudes de los países islámicos, Rusia ni China. Pertenecen a distintas civilizaciones, por lo que tienen diferentes valores y siempre los tendrán. Lo máximo a lo que podemos aspirar es a una especie de tregua armada, del estilo de "vosotros hacedlo a vuestra manera; nosotros, a la nuestra". Es decir, esta concepción occidental conservadora condena el multiculturalismo en casa, pero es partidaria de él en el extranjero.

Yo propongo una combinación más optimista y confiada: patriotismo liberal en casa e internacionalismo liberal en el extranjero. No son dos cosas contradictorias. La libertad humana individual no ha sido nunca tan real como en el contexto de la nación-Estado moderna, democrática y liberal. Por tanto, estoy de acuerdo con muchos conservadores en que no debemos debilitar, sino reforzar, la nación-Estado. No debemos retirar el puente levadizo para detener la inmigración, pero sí tenemos que controlarla. Ahora bien, los que vienen a vivir aquí deben ser ciudadanos, y no meros habitantes. El inmigrante legal y aceptado debe tener los mismos derechos, deberes y oportunidades que cualquier descendiente de Guillermo el Conquistador o Etelredo el Indeciso.

Como nuestras sociedades están cada vez más mezcladas, ya no podemos fiarnos de los sobrentendidos y tenemos que explicar con más claridad cuáles son esos derechos y deberes. ¿Cuáles son los mínimos no negociables de libertad, qué áreas son objeto de negociación legítima y qué elementos son pura cuestión de conciencia individual? Ésta es una conversación en la que debemos participar abiertamente todos nosotros, no como un dictado que impongan las élites a las masas ni la mayoría a la minoría (éste es el tema sobre el que voy a trabajar este verano).

No obstante, lo que hagamos dentro de nuestras propias fronteras nunca será bastante. Ya no existen los castillos nacionales autosuficientes. Por eso es por lo que el internacionalismo liberal en el extranjero es un complemento necesario del patriotismo liberal en casa. El internacionalismo liberal no quiere decir invadir otros países y decir a sus habitantes lo que les conviene mientras se les apunta con un arma. Significa elaborar una serie de normas y reglas para que las respeten todos los Estados, preferiblemente plasmadas en el derecho internacional y sostenidas por las organizaciones internacionales. Pretende postular ciertos derechos fundamentales que tienen todos los seres humanos de este planeta, independientemente de su "cultura", sus circunstancias y sus gobernantes, con el fin de lograr el equilibrio entre lo universal y lo particular. El objetivo es construir la paz entre las naciones a partir de estas bases.

Cuando oímos la acusación de que ésta no es más que la exportación neocolonial de las tradiciones occidentales disfrazadas de valores universales, los internacionalistas liberales respondemos como sigue: en primer lugar, es empíricamente demostrable que hay muchas cosas que sí tienen en común todas las sociedades humanas. En segundo lugar, valores como la libertad, la tolerancia, la reciprocidad y la responsabilidad del Gobierno se encuentran en las literaturas, las filosofías y las historias de países no occidentales, como la India de Akbar, las Analectas de Confucio y la Carta de Medina. Tercero, aunque estos valores no se institucionalizaran en esos países tanto como en el Occidente moderno, sí lo han hecho en los lugares más inesperados durante los últimos decenios. Cuarto, incluso en los lugares donde aún no han arraigado, a la gente suele gustarle cómo suenan cuando se le pone en contacto con ellos. En resumen, no hay razón para perder la esperanza en lo que Immanuel Wallerstein llama la aventura humana de crear valores universales.

Igual que en el caso de nuestros propios países, en el mundo necesitamos tener una conversación, no un dictado. Me parece especialmente importante en las democracias no occidentales y con la gente de mentalidad abierta en las sociedades cerradas. Internet es un recurso maravilloso para este propósito, pero no hemos hecho más que empezar a saber usarlo. En definitiva, estoy deseando reanudar esta conversación con ustedes a finales de agosto, cuando Obama pronuncie su discurso de aceptación de la candidatura en la Convención Demócrata de Denver. -

Fuente: Periódico El País (06/07/08). Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia
Timothy Garton Ash es profesor de historia contemporánea en la Universidad de Oxford y colabora frecuentemente en la prensa como analista político, aparte de dedicar tiempo a viajar y escribir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Por favor, no hagas comentarios insultantes o injuriosos, ni difames o acuses de faltas o delitos no probados

Cristóbal Cervantes
espiritualidadypolitica@gmail.com