Numerosos indicios de una observación imparcial pueden pronto transformarse en certeza, cuando logramos sentir que hay en nosotros dos naturalezas subyacentes: una personal o individual, relativamente accesible a nuestros modos habituales de percepción y otra, más difícil de percibir, que es experimentada como nuestra participación en algo más vasto que el individuo, de manera que opto por atribuirla a la esfera de lo espiritual.La atención que nosotros, los seres humanos, le prestamos a esto es muy variable; según cada quien y según los momentos de la vida; casi todos, sin embargo, deberíamos reconocer que, al menos en ciertos momentos de nuestro devenir, hemos sentido dentro de sí, junto a nuestra tendencia racional y egocéntrica, esa necesidad de infinito imperecedero o “absoluto”. Todos buscamos conectarnos con algo que vaya, como hoy nos pasa al participar en las redes sociales, más allá de nosotros. Posiblemente, algunos de nosotros hayamos percibido esa sensación de presencia que conmueve todos los basamentos de nuestra individualidad y que nos integra con lo que está más allá de la comprensión racional del ego dominante. Estoy convencido de que el impulso que nos lleva a diario a conectarnos con nuestros semejantes, está motivado por esa fuerza.

