26/6/09

Insólita agua, por Jordi Pigem

Sine aqua non. Sin agua nada fluye y nada vive: solo habría tierra yerma y cielos sin arco iris. La vida emergió del mar y nosotros nacemos de las aguas primordiales del útero. Nuestro cuerpo es agua en un 70%, proporción que llega al 80% en la sangre y al 90% en el cerebro —océano interior sobre cuyas corrientes fluye el pensamiento y navega la imaginación. Nuestras células y nuestra sangre son químicamente hermanas del mar, como lo son las lágrimas. «Somos agua que piensa y que, a veces, llora», escribe Joaquín Araújo. Nuestros ojos también son agua, que refleja lo que ve, y los manantiales de la Tierra son ojos que miran al mundo (Ojos del Guadiana, Ulldeter). La piel del cuerpo que llamamos Tierra es en su mayor parte mar.

El agua fue maestra de Tales, de Lao Zi y del Siddharta de Hermann Hesse. Goethe, Novalis y Hegel también percibieron algo insólito en las aguas. El agua está en el origen del mundo en casi todos los mitos de la creación. En el Enuma Elish babilonio y el Génesis hebreo se crea el firmamento tras dividir las aguas primordiales que constituían el mundo. En la Ilíada Homero llama al Océano «génesis de todo», y un antiguo texto hindú afirma igualmente que las aguas son «fuente de todas las cosas y de toda existencia». Como Afrodita, que surgió del mar, las grandes corrientes culturales crecieron junto a las aguas. Sería imposible concebir la cultura china sin el Río Amarillo y el Yangtsé, o imaginar a la cultura índica sin el Indo y el Ganges, Mesopotamia sin los ríos que la abrazaban, Egipto sin el Nilo o Grecia sin el Egeo.

Leonardo da Vinci inició un Tratado sobre el agua afirmando que ésta es la sangre de la Tierra; de hecho, la sangre es a nuestro sistema circulatorio lo que el agua es al gran sistema circulatorio de la biosfera. Todo fluye, y sobre todo el agua. El agua que hoy se evapora cae como lluvia en otro lugar en unos diez días, en un ciclo que cada tres milenios hace circular por la atmósfera un volumen de agua equivalente al de todos los océanos. El agua circula y tiende a lo circular: la gota quiere ser esférica, el estanque responde a la piedra con ondas concéntricas, los remolinos fluyen en espiral, los meandros, calas, bahías y golfos labran curvas y semicírculos. El agua transporta nutrientes, lubrica las transformaciones químicas y geológicas, se regenera a sí misma al fluir, revitaliza, purifica y nos devuelve a lo primigenio. Simboliza también la abundancia, palabra en cuya raíz está la ola (unda en latín) que colma e inunda. El capital solo es efectivo cuando hay liquidez.

Durante siglos hemos buscado certezas monolíticas y verdades a secas, pero como argumenta Zygmunt Bauman hoy las instituciones, los empleos y hasta el amor son cada vez más líquidos: fluidos y en cambio constante. Y se da la paradoja de que esta sociedad líquida enturbia como nunca las aguas. O las hace retroceder: en los glaciares y en los polos, en el lago Chad y el mar de Aral. «El desierto crece: ¡ay de aquel que cobija desiertos!», hacía decir Nietzsche a Zaratustra. Cuando dejan de manar las fuentes la cultura se estanca y la vida se agota.

Al abrir un grifo, contemplar la lluvia o entrar en el mar participamos en algo cuya comprensión nos desborda. Y es que el agua sigue siendo un gran enigma para la ciencia. El agua es la sustancia más común en la biosfera y en el organismo humano, pero también es la más insólita, con una serie de propiedades únicas («anómalas» según los científicos) sin las cuales la vida sería química y físicamente imposible. Cuando el agua se congela se expande y se vuelve menos densa (alcanza su mayor densidad a 4° C); de no ser así, el hielo en vez de flotar se hundiría y se extendería por el fondo marino, dejándolo sin vida. El hielo asombra por sus propiedades deslizantes y por su viscosidad (podemos hacer bolas de nieve pero no bolas de arena). Y cuando se comprime cristaliza en un mínimo de doce estructuras (del hielo 1 al hielo 12) con propiedades distintas. El agua tiene puntos de fusión y ebullición insólitamente altos, y se calienta y se enfría mucho más lentamente que la mayoría de las sustancias conocidas, líquidas o sólidas. Es altamente corrosiva y lo disuelve casi todo. A nivel molecular está mucho más estructurada que la mayoría de los líquidos, semejante a un cristal. Los copos de nieve tienen (casi siempre) seis ramificaciones más o menos idénticas, pero cada copo tiene un diseño distinto!: cada nevada es un derroche de creatividad geométrica. Otra curiosidad: los geólogos empiezan a creer que en el interior de la Tierra, en las estructuras cristalinas del manto, hay enormes cantidades de agua, suficiente como para llenar todos los océanos treinta veces.

Tan escurridiza es el agua que su molécula no se deja simular con precisión en el ordenador. Tampoco es posible reproducir el agua de mar en el laboratorio. Y contra lo que cabría esperar, dos corrientes que confluyen tienden a no mezclarse y a mantener su propio curso, incluso en el fondo oceánico.

No sería posible predecir el agua a partir de todo lo que sabemos sobre el hidrógeno y el oxígeno. Tal vez decir que el agua es H20 se queda tan corto como decir que el ser humano es básicamente carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno. Ivan Illich afirmaba que H2O es una creación social moderna y lo contrario del agua propiamente dicha. Una reflexión poética de D.H. Lawrence señala que:

"Water is H2O, hydrogen two parts, oxygen one, but there is a also third thing, that makes it water and nobody knows what that is."

"El agua es H2O, dos partes de hidrógeno, una de oxígeno, pero hay también una tercera cosa que la hace agua y nadie sabe qué es."


Desde que Lawrence escribió estas líneas, estudios en los márgenes de la ciencia han aportado pistas sobre esa «tercera cosa»: desde los trabajos de Viktor Schauberger y Theodor Schwenk hasta los más recientes de Jacques Benveniste (quien publicó en la revista Nature en 1988 un artículo que parecía demostrar la «memoria del agua», fundamento de la homeopatía), Alexander Lauterwasser (que ha documentado cómo el agua responde a las ondas sonoras) y Masaru Emoto (sobre la posible receptividad del agua a los mensajes de su entorno). Algún día, es de esperar, conoceremos mejor el agua —y todo fluirá mejor.

Naciones Unidas ha declarado el periodo 2005-2015 como Decenio Internacional del Agua para la Vida. Los desafíos globales del agua nos piden un cambio de paradigma en nuestra manera de relacionarnos con ella. Parte de ese cambio de paradigma es reconocer que el agua no sólo sacia la sed de bocas y plantas. El agua es mucho más que un recurso: es parte de lo que somos. «La vida es agua organizada», decía Jacques Costeau. Y cada ser que vive y bebe es una ola que fluye en los inagotables ciclos del agua: tan ignorada, íntima e insólita.

Fuente: Blog Crisis Económica 2010

2 comentarios:

  1. http://blogs.rtve.es/vueltayvuelta/2010/2/23/-golf-ecologico-

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  2. Me gusta mucho tu blog, éxitos!
    http://anamargaritaperezmartin.blogspot.com/

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Cristóbal Cervantes
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