8/11/08

Por encima de nuestras posibilidades, por Carlos M. Duarte y Carlos Montes


La crisis económica que padecemos se deriva de que los ciudadanos de los países desarrollados hemos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades, consumiendo bienes que excedían el capital que podíamos reponer, sin que los reguladores activasen medidas de contención. Los análisis que hace casi un año alertaban de los riesgos de que este despilfarro llevase a un colapso de la economía se han mostrado certeros, aunque no fuesen del agrado de la sociedad, que tachaba de pesimistas y catastrofistas a quienes los formulaban.

La caída del mercado financiero ha devuelto el problema del cambio climático a su habitual posición de verdad incómoda, posponiendo la adopción de medidas para mitigarlo. Lejos de tratarse de cuestiones distintas, el colapso de la economía contiene lecciones absolutamente relevantes al problema del cambio climático.

La primera conexión entre el colapso económico y el cambio climático es que ambos se originan en el consumo excesivo de capital, financiero en un caso y capital natural en el otro. El uso excesivo de recursos naturales impulsa el cambio climático y los problemas ambientales (desertificación, extinción de especies, sobrepesca, deterioro del océano, pérdida de hábitats, etc.) que conforman el problema llamado cambio global. La economía de la biosfera contiene capitales no renovables, como son los depósitos de gas y petróleo, el territorio y la biodiversidad; y capitales renovados por los ciclos del agua, el nitrógeno y la energía solar.

El capital natural no renovable se debería usar con enorme cautela, evitando el uso de energía fósil, que modifica la composición de la atmósfera y el clima, y ocupando el territorio imprescindible para producir alimento sin deteriorar el territorio y causar la extinción de especies. El capital natural renovable de la biosfera, que compartimos con las cerca de 10 millones de especies que la habitan, se debería usar dentro de los límites que fijan los ciclos naturales.

Hace ya dos décadas que estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades, consumiendo un 25% más de recursos naturales de lo que se regenera cada año. Estamos erosionando el capital natural del que dependen nuestro bienestar y el de las generaciones futuras, encaminándonos a una situación de colapso global que ningún gobierno podrá solucionar, pues no existe tesoro alguno de recursos naturales que inyectar para reactivar la economía de la naturaleza. Los síntomas son claros: cambios de una velocidad inusitada en la naturaleza, con tasas de extinción de especies 1.000 veces mayores que la esperada en ausencia de perturbación humana, cambio climático, erosión de la capa de ozono e incremento de la radiación ultravioleta, agotamiento de los recursos hídricos y de las reservas de suelo fértil, y movilización de enormes cantidades de nitrógeno, fósforo, hierro y varios cientos de miles de compuestos sintéticos, cuyos efectos sobre la naturaleza, incluida nuestra propia salud, desconocemos.

Al igual que con la crisis económica, los reguladores del capital natural han fracasado estrepitosamente en sus obligaciones. Los objetivos de las tres grandes convenciones de Naciones Unidas para combatir estos problemas: la del Cambio Climático (Nueva York 1992) con el Protocolo de Kioto (1997), la de lucha contra la Desertificación (París, 1994) y la de Diversidad Biológica (Río de Janeiro, 1992) siguen lejos de alcanzarse.

El modelo de desarrollo sostenible urdido por los reguladores, fundamentado en la posibilidad de reconciliar el crecimiento económico continuo con el respeto al medio ambiente, resultó ser un engaño que ha dado cobertura al período de mayor expolio de capital natural de nuestra historia, en el que una y otra vez el principio de crecimiento económico continuo prevalecía sobre el de conservación de la naturaleza.

La falacia estaba clara desde su origen, pues el análisis impulsado por el Club de Roma sobre Los límites del crecimiento de Dennis Meadows y colaboradores alertaba ya en 1972 de la imposibilidad de que la economía crezca indefinidamente con recursos naturales finitos.

A Meadows y a los que seguimos alertando de los riesgos asociados al creciente déficit del capital natural nos acusan, como a quienes advertían de la crisis financiera global, de catastrofistas y agoreros. Las evidencias de la regresión global del capital natural son tan incontrovertibles que banalizar sus posibles consecuencias supondría una irresponsable dejación de nuestro compromiso con la sociedad como investigadores científicos en el área de recursos naturales.

En el caso de la economía global, el plazo de tiempo entre los primeros avisos y el colapso financiero fue de tan sólo unos meses. En el caso del uso excesivo de recursos naturales, los avisos vienen multiplicándose desde hace años y aún disponemos de unas pocas décadas antes de llegar a una situación de colapso.

No debemos dejar pasar un año más sin actuar para, como dice un proverbio chino, desviar nuestros pasos para no llegar a aquel lugar al que nos dirigimos. El símbolo chino para crisis se compone de dos palabras, riesgo y oportunidad. Usemos la crisis económica actual como una oportunidad para abandonar el modelo de “desarrollo sostenible”, que nos ha traído, engañados, a la situación en la que nos encontramos.

Afrontemos nuestras contradicciones y busquemos un modelo que preserve el capital natural que asegure el adecuado funcionamiento de la biosfera, el pilar fundamental del bienestar humano. No hacerlo sería un grave error por el que la historia, que escribirán las generaciones cuyo capital natural estamos dilapidando, nos juzgará.


Carlos M. Duarte es Premio Nacional de Investigación
Carlos Montes es catedrático de Ecología en la UAM
Ilustración de Mikel Jaso
Fuente: Periódico Público

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Cristóbal Cervantes
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