2/3/08

La derecha tras las elecciones, por Suso de Toro


La ciudadanía española en conjunto se muestra bastante sensata, digna y tolerante. Desde la llegada de la democracia sus juicios electorales fueron prácticos: entre las opciones que se le ofrecían optó por dar el gobierno a quien estaba en cada momento en mejor situación para gobernar y mostró sentido de la dignidad tanto ante el terrorismo como ante la participación en una guerra injusta. Pero lo que en principio es una virtud, la tolerancia, está ahora siendo una debilidad pues toleramos en la vida pública cosas intolerables. Y en ello tienen una responsabilidad particular los medios de comunicación y las personas que allí nos expresamos, pues nos mostramos incapaces de mantener la perspectiva y, sobre todo, de mantener la defensa de los presupuestos democráticos ante lo intolerable. No conservamos la perspectiva, no recurrimos a la memoria necesaria y sucumbimos a la planificada avalancha de mentiras y veneno reaccionario.

Así escuchamos con atención embustes evidentes, pronunciados con voz aplomada y luego los sopesamos y comentamos como si no fuesen trolas; quizá se deba a que ya dudamos de nuestra cordura ante tanta caradura.

Uno puede llegar a creer que, como en la película La invasión de los ladrones de cuerpos, de Don Siegel, entre nosotros hay marcianos que ocupan los cuerpos de terrícolas, en este caso apoderándose de los cuerpos de los políticos de la derecha.

Los que negociaron con ETA acusan al actual Gobierno de hacerlo, los que perdieron el poder por mentir acusan al Gobierno de mentiroso, los que regularizaron emigrantes acusan al Gobierno de hacerlo... ¿Pero son los mismos o son otros? O mienten con descaro o estamos locos o son distintas personas, ladrones de cuerpos.

Sea lo que sea es tremendo, pues hablamos de gente que gobernó y que tiene, efectivamente, muchos votos y ganas de volver a gobernar. Es lógico que enfrentar algo así nos confunda y acabemos por ceder a su lógica, aceptemos que es normal. Pero no lo es.

Ni siquiera es normal que se hagan tanto daño a sí mismos, porque quien miente descaradamente ante millones de personas tiene que hacer un esfuerzo tremendo para conservar el gesto, mantener la mirada, no fruncir la boca.

En algún momento debemos considerar su sufrimiento: cuando estén a solas en sus casas sentirán una inmensa vergüenza. Sin que dejemos de condenar sus mentiras ni combatirlas, deben darnos pena. Andarán mal maquilladas ellas, gastarán necesariamente barba ellos, pues no podrán mirarse al espejo. ¿De qué madera están hechas estas personas que soportan voluntariamente sufrimiento tal?Los dirigentes de esta derecha extrema son personas extrañas que no aceptan la realidad y pretenden imponernos a todos la suya particular, no debiéramos considerar siquiera su visión violenta de la sociedad, pero han conseguido hacerse dueños de nuestros debates. Usaron el terrorismo para atacar al Gobierno y hemos acabado discutiéndole al Gobierno y a los partidos que lo apoyaron que si su política antiterrorista era mejor así o asá. Cuando nunca se había hecho, cuando los miembros de gobiernos del PP, ahora candidatos de la oposición, nunca dieron explicaciones, ni se les pidieron, de sus negociaciones con ETA.

Y ahora han introducido con megafonía de tómbola la xenofobia hacia los inmigrantes de la extrema derecha europea. Y nosotros escuchamos, lo aceptamos como tema de debate electoral y entramos a discutirlo, si las preferimos con velo o sin velo, rubios o morenos, católicas o musulmanas.

Pero las astutas ambigüedades del principal candidato del PP se completan con la acusación brutal del señor Pizarro: los emigrantes deben aprender a no robar. Y se aclaran con el vómito clasista y racista de otro responsable de su partido: "Antes sí que teníamos buenos camareros en España". ¿Cuándo antes? ¿En aquel franquismo en el que confesó haber vivido tan bien otro dirigente, Mayor Oreja? ¿Y quién tenía a los camareros? ¿Quién es ese "nosotros" del "teníamos"? Los españoles tenían camareros, ¿entonces los camareros no eran españoles?, ¿o sólo lo eran sus dueños en esa España de señoritos?

Quien profiere esa obscena y clasista evocación del franquismo no es un personaje bufo, es el responsable de economía de su partido, alguien que fue y quiere volver a ser ministro. Y en su burla a una trabajadora inmigrante que demanda una mamografía lo que hay es un desprecio a la dignidad de la mujer y una falta de consideración sin límites. Esa demagógica mamografía es la radiografía del alma de alguien sin escrúpulos ni sentimientos. Que los obispos españoles pidan el voto a esa candidatura da idea del aprecio y el caso que le hacen a la figura de Cristo; si volviese Cristo al templo los corría a correazos. Porque esas provocaciones no son derecha o izquierda, son política de malas personas.

La ideología de esta derecha es el nacionalismo de la derecha franquista de pe a pa; ahí están esos latigazos de homofobia del candidato a senador Dimas Cuevas, que nos pasa a prosa clara el verso ambiguo del principal candidato sobre los derechos de los homosexuales. Y es ideología franquista el meter en la campaña la lengua como arma para hendir y herir. Los ciudadanos que tenemos como propia otra lengua, también española, sabemos lo que hay ahí de amenaza; no les preocupa la gramática, sólo es que vuelven a por nosotros y los nuestros. La xenofobia nacionalista hacia fuera, los inmigrantes, se completa con la xenofobia nacionalista hacia dentro.

Y no falta de nada para completar el cuadro, no falta la acusación a los artistas y los intelectuales que siempre odiaron los totalitarios. La primera acusación explícita contra los intelectuales la hizo Rajoy en Galicia en marzo de 2003; desde Franco nunca se les había señalado así y ahora ha vuelto a hacerlo, ensuciando además su nombre.

¿Qué haría el candidato del PP con los intelectuales y artistas españoles si llegase a gobernar? ¿Los expulsaría, les haría firmar un contrato como a los inmigrantes? Aunque los intelectuales y artistas son menos influyentes de lo que ellos mismos y sus enemigos creen, la sociedad necesita su voz y son una parte esencial de cualquier país. Y eso también lo reconoce y acepta la derecha, cuando es democrática, claro.

Cicerón le preguntó una y otra vez "hasta cuándo" a Catilina. Nuestra pregunta a esta derecha quizá tenga respuesta después de las elecciones, porque este país no se puede permitir otros cuatro años con esta misma oposición, y no imaginamos a esta derecha en el gobierno de nuevo.

Fraga Iribarne, tras la voladura de UCD, consiguió unir a toda la derecha, el comienzo del camino hacia este práctico bipartidismo, y Aznar la rearmó de ideología neofranquista.

Para superar su derrota han encerrado a una parte de la sociedad en lo peor de sí misma: sus miedos, su hostilidad hacia los distintos, su insolidaridad, su rancio casticismo. Han fomentado la ofuscación y la mezquindad. Han encerrado a una parte importante de la sociedad en la intolerancia.

Una derecha así es un problema para un país. Visto lo visto, tras su previsible fracaso en estas elecciones sería deseable que se volviese a reformular. Y antes de caer toda ella bajo el dominio de una minoría alucinada sería deseable para España volver a una oferta conservadora más diversa. Sería deseable que, además de este PP que parece irrecuperablemente extremado, naciese un partido conservador verdaderamente liberal.

Suso de Toro es escritor.


Fuente: El País


Más información de Suso de Toro en Wikipedia

1 comentario:

  1. Pizarro pide la recortar la prescripción fiscal a los 3 años

    Fue el PP quien redujo la prescripción fiscal de 5 a 4 años. Y es el nº 2 del PP quien pide ahora que la prescripción fiscal se reduzca todavía más. ¿Hasta dónde?, le pregunta Fernando González Urbaneja, que hacía de moderador del encuentro de la mañana de este lunes. “El menor tiempo posible”, responde evasivamente Pizarro. ¿Cuánto?, insiste Urbaneja. “Uno, dos, tres años máximo”, señala.
    Pizarro argumenta que ya no existe el cuerpo de contadores de Hacienda. “Ahora se dispone de toda la información dándole a un botón”. Incluso a veces salta si no encaja con los formularios que dispone la Agencia Tributaria, añade. Así pues, el funcionario debe ser “diligente”. ¿Y si no? “¡Qué espabile!”. Así de claro lo tiene Pizarro, quien señala que el empresario no es un defraudador en potencia, sino alguien que quiere pagar “pero no ser un funcionario de Hacienda, empantanado con papeles todo el día”. Simplicidad y eficiencia. Eso es lo que pide.

    Lástima que no pueda hacerme defraudador de Hacienda (los asalariados estamos muy "pillados") si no votaría PP sin dudarlo.

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Cristóbal Cervantes
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