15/9/07

Entre la razón y la compasión


En su nuevo libro, Karen Armstrong analiza las figuras de Buda, Confucio, Sócrates y Jeremías, y sus enseñanzas en India, China, Grecia e Israel. Su conclusión es clara: la religión que declare la guerra a la razón moderna sufrirá la derrota de la fe que proclama. Y a su vez, la sociedad laica que prescinda de los saberes religiosos se verá gravemente dañada.

Con motivo de la publicación de uno de sus últimos libros, The Sunday Times se refería a la británica Karen Armstrong (1944) en estos términos: "Posee un talento deslumbrante; es capaz de abordar un tema complejo y reconducirlo a sus aspectos esenciales, sin caer en simplificaciones".

Es, tal vez, la mejor caracterización que se puede ofrecer de esta "monja fugitiva", como ella misma se autocalifica, aludiendo así a los siete años de rígida vida monacal que pasó en un convento de la Sociedad del Sagrado Niño Jesús. Abandonado el convento, Karen Armstrong emprendió una vida, también "rígida", de estudio, docencia e investigación. Fue decisivo el viaje que, en 1984, la condujo a Jerusalén. A partir de esta fecha se centró en un gran proyecto de investigación: el estudio de las grandes tradiciones religiosas de la humanidad, especialmente de las monoteístas: judaísmo, cristianismo e islamismo. Hoy es ya una voz imprescindible. La avalan títulos de resonancia mundial como Una historia de Dios; Jerusalén, una ciudad y tres religiones; El islam; Los orígenes del fundamentalismo en el judaísmo, el cristianismo y el islam, y La gran transformación, obra que hoy presentamos.

Karen Armstrong no predica ninguna religión. Sólo pretende que impere la lucidez en todas ellas. De ahí que las estudie y analice con detenimiento, intentando desvelar sus lejanos orígenes y narrar, con notable objetividad, su milenaria historia, ambigua y ejemplar a la vez. Considera que las religiones monoteístas -no sólo el islam- han desarrollado una forma agresiva de fe frente a la cultura laica moderna. Y, como Kant, Armstrong piensa que una religión que declare la guerra a la razón moderna no podrá, a la larga, salir victoriosa. Ése es un camino que conduce inexorablemente a la derrota de la fe. Pero puede haber más derrotados. "Occidente", escribe Armstrong, "también tiene un problema". También la moderna cultura laica occidental puede resultar gravemente dañada si prescinde de sabidurías -religiosas- más antiguas que ella. "Una educación puramente racional no basta", sentencia nuestra autora. La cultura heredera del Siglo de las Luces no debería rechazar ninguna luz, aunque sea religiosa y venga acompañada de las inevitables sombras que el paso del tiempo se encarga siempre de acumular. Al final de La gran transformación, su autora deja constancia de que vivimos en un mundo trágico donde no hay respuestas sencillas. Si las religiones aportan sentido a ese mundo roto, sean bienvenidas. Y hay algo innegable: en el fondo de todas las religiones anida la compasión, sin la cual la supervivencia de la humanidad no parece fácil ni viable. Parece, pues, que un encuentro educado y amable entre la razón de Occidente y la compasión de las religiones no perjudicaría a ninguna de las partes. La actitud combativa debería hacer sitio al diálogo y al entendimiento.

En La gran transformación, obra que lleva por subtítulo El principio de nuestras tradiciones religiosas, la autora emprende un largo, original y fascinante viaje. Llama "gran transformación" a aquella impresionante revolución espiritual que Karl Jaspers denominó "tiempo-eje" o "era axial" de la humanidad. Se trató de un tiempo decisivo para el devenir de las culturas y de las religiones. Jaspers habla incluso de una "tercera fundación de la humanidad" (la primera sería la "hominización" y la segunda "el surgimiento de las grandes culturas"). Según Karen Armstrong, hubo que esperar hasta el siglo XVI para vivir una nueva época axial: la que supuso la "revolución científica" que transformó el mundo. Esta vez todo se debió al genio científico occidental. Sus "héroes" fueron Newton, Freud y Einstein. La otra, la que estudia Armstrong, fue cosa de genios espirituales de la talla de Buda, Sócrates, Confucio, Jeremías, los místicos de los Upanishad, Platón, Aristóteles y algunos otros. Se trató de un periodo prolongado. Modificando la cronología de Jaspers, Armstrong lo sitúa entre los años 900 y 200. El escenario fueron cuatro regiones muy diferentes de la tierra en las que aparecieron las grandes tradiciones mundiales que continúan alimentando a millones de seres humanos: confucianismo y taoísmo en China; hinduismo y budismo en la India; monoteísmo en Israel, y racionalismo filosófico en Grecia. La era axial conocerá un segundo, tardío, florecimiento: el judaísmo rabínico, el cristianismo y el islamismo.

La aventura que espera al lector de esta voluminosa obra es, creo, apasionante. Ante sus ojos irán desfilando excelentes retratos de los sabios axiales empeñados en descubrir cómo debería ser un ser humano. Eran gentes que andaban constantemente "buscando algo más". Tal vez fue esa permanente inquietud la que los convirtió en guías fiables, en orientadores filosóficos, en maestros espirituales. De hecho, el paso del tiempo los ha respetado. Hasta ahora no hemos superado la sabiduría de la era axial. Una sabiduría que se concretaba en descubrimientos tan "sencillos" como éstos: la vida es más importante que las teorías; el ser humano trasciende lo que le rodea; existe la experiencia de lo inefable -el misterio- y su escucha silenciosa; los rituales y los sacrificios, tan propios de la era preaxial, han sido desplazados por la ética; el acceso a lo que los sabios axiales llamaban Dios, Nirvana, Brahman o "el Camino" pasa por una vida compasiva; en realidad, la religión era compasión, empatía, benevolencia universal, regla de oro sin fronteras; rechazo de la agresividad, de la violencia, de la guerra y hasta de las miradas hostiles; prevalencia de lo personal sobre lo grupal, de la interioridad sobre la llamada del exterior. Y un largo etcétera.

Eso sí: no hay luces sin sombras. La era axial no se enteró de que había mujeres. No hay sabias axiales. El motivo, según Karen Armstrong, no hay que buscarlo en la misoginia, sino en la más perfecta de las indiferencias frente al género femenino. Cuando se hablaba de "grandes hombres" no se incluía ciertamente a hombres y mujeres. Y es que, probablemente, casi todas las grandes espiritualidades de la era axial se desarrollaron en entornos urbanos, dominados por el poder militar y la actividad comercial agresiva; en tales escenarios, las mujeres tendían a perder el estatus del que habían disfrutado en una economía rural.

Finalmente: este libro, como todos los de Armstrong, es de alta divulgación y de estilo literario sobrio y atractivo. Sus lectores, además de aprender mucho, disfrutarán no poco.


Otos libros de la autora:

Breve historia del mito (Salamandra).
Mahoma: biografía del profeta (Tusquets).
Historia de Jerusalén: una ciudad y tres religiones (Paidós).
Los orígenes del fundamentalismo: en el judaísmo, el cristianismo y el islam (Tusquets).
Buda (Mondadori).
El islam (Mondadori).
Una historia de Dios: 4.000 años de búsqueda en el judaísmo, el cristianismo y el islam (Paidós).


Fuente: Artículo de Manuel Fraijó en El País (15/09/07)

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Cristóbal Cervantes
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