21/6/09

Mirando hacia el futuro, por Luis Pernía

¿Qué significa a estas alturas presentar un libro con semejante título? ¿Anecdotario o reto? Creo que lo segundo. Un reto hacia el futuro. Un futuro que yo entiendo imbricado en la virtud teologal de la esperanza.

Para entenderlo acudo al viejo método con el que hemos intentado entender la vida: ver, juzgar y actuar. Y de repente, en el ver, en el puro ver, se escucha la pregunta que el 27 de enero de 2009 se hacían más de 100.000 voluntades de 160 países en la inauguración del Foro Social Mundial en Belem, en el estado brasileiro de Pará: «¿cómo construir una sociedad en la cual todos podamos vivir juntos, naturaleza incluida, en este pequeño y ya viejo planeta?». Porque lo que evidencia, lo que se palpa con la mano es un profunda crisis de carácter económico pero que arrastra otras muchas formas: crisis de valores, crisis social, crisis espiritual, etc. Pero es la crisis financiera la que reluce desde el corazón del imperio con 15 trillones dólares evaporados en pocos días llevándose consigo inmensas corporaciones, granes bancos y dejando despidos en masa, hambre, desesperación y dolor. Una crisis que ha puesto en evidencia un sistema económico que se había endiosado y que ha fracasado contra la propia humanidad y el planeta. ¿Cómo es posible que cada 4 minutos pierda la vista un persona como carencia de la vitamina A? ¿Cómo es posible que cada 5 segundo un niño de menos de 5 años muera de hambre?

La cuestión es demasiado grave para dejarla únicamente en manos de los economistas. Es una cuestión demasiado seria para que nos den mas de los mismo. En lo que afecta a todos, todos tenemos derecho a manifestarnos y ayudar a decidir. “Está en nuestras manos” dice Francisco Puche Vergara.

Hay que buscar alternativas. Hay encontrar caminos con características de racionalidad, cooperación y compasión hacia las víctimas y con toda la humanidad. El cataclismo económico-financiero, fruto de avidez y de mentiras, esconde un vía crucis de sufrimiento para millones de personas que perdieron sus economías, sus casas y sus puestos de trabajo. ¿Quién habla de ellos? Los verdaderos culpables se reúnen más para salvaguardar o corregir el sistema que les garantiza hegemonía sobre los demás actores.

En los medios intelectuales crece la convicción de que el paradigma de la modernidad occidental, hoy globalizado, ha entrado en crisis por agotamiento propio y por efecto de la implosión. “Es semejante a un árbol que ha llegado a su clímax y entonces cae fatalmente por haber agotado su energía vital. Así, digamos su nombre, el capitalismo ha alcanzado su fin en un doble sentido: fin como realización de sus virtualidades y fin como término final y muerte” L. Boff).

Lógicamente si seguimos las discusiones internas de los grupos organizados por la ONU —con nombres notables como Stiglizt, premio Nóbel de economía y otros— para pensar alternativas a la crisis, nos damos cuenta de la perplejidad general. La tendencia es a reanimar a un moribundo con el neo-keynesianismo, forma suave del neoliberalismo, con una presencia más orgánica del Estado en la economía.

¿QUÉ PODEMOS HACER?

1. Necesitamos un nuevo marco teórico que de lugar a la compasión y ponga en tela de juicio el mito de la razón. Necesitamos cultivar el afecto y la ternura. Cada época histórica necesita un mito que congregue personas, galvanice fuerzas e imprima un nuevo rumbo a la historia. El mito fundador de la modernidad reside en la razón, desde los griegos el eje estructurador de la sociedad. La razón crea la ciencia, la transforma en técnica de intervención en la naturaleza y se propone dominar todas sus fuerzas. Para esto, según Francis Bacon, el fundador del método científico, se debe torturar a la naturaleza hasta que entregue todos sus secretos. Después de más de trescientos años de exaltación de la razón, asistimos a la locura de la razón, pues solo una razón enloquecida organiza una sociedad en la cual el 20% de la población posee el 80% de toda la riqueza de la Tierra. Las tres personas más ricas del mundo poseen activos superiores a toda la riqueza de los 40 países más pobres donde viven 600 millones de personas; 257 individuos acumulan ellos solos más riqueza que 2.800 millones de personas, equivalente al 45% de la humanidad. La demencia de la razón productivista y consumista ha generado el calentamiento global que traerá desequilibrios ya visibles y diezmará millares de especies, incluida la humana. La dictadura de la razón ha creado la sociedad del mercado con su cultura típica, un cierto modo de vivir, de producir, de consumir, de hacer ciencia, de educar, de enseñar y de moldear las subjetividades colectivas. Éstas deben afinarse a su dinámica y valores, procurando siempre maximizar las ganancias, mediante la mercantilización de todo. Ahora, esta cultura, llamada moderna, capitalista, burguesa, occidental y, hoy, globalizada, ha entrado en crisis. Se manifiesta a través de las distintas crisis actuales, que son todas expresión de una única crisis, la de los fundamentos. No se trata de abdicar de la razón, sino de combatir su arrogancia y criticar su estrechez de miras. Lo que más necesita la razón en este momento es ser urgentemente completada con la razón sensible (M. Maffesoli), con la inteligencia emocional (D. Goleman), con la razón cordial (A. Cortina), con la educación de los sentidos (J. F. Duarte Jr.), con la ciencia con conciencia (E. Morin), con la inteligencia espiritual (D. Zohar), con el cuidado como propone Leonardo Boff desde hace tiempo. Es el sentir profundo (pathos) que nos hace escuchar el grito de la Tierra y el clamor desgarrador de millones de hambrientos. No es la razón fría sino la razón sensible la que mueve a las personas para bajarlos de la cruz y hacerlos vivir. Por eso es urgente someter el modelo de ciencia dominante a la crítica, impugnar radicalmente las aplicaciones que se hacen de ella más en función del lucro que de la vida, desenmascarar el modelo de desarrollo actual que es insostenible por ser altamente depredador e injusto. Podemos y merecemos un destino mejor. Hace decenas de años muchos filósofos y pensadores vienen afirmando que la excesiva utilización de la razón en función del lucro y de la mercantilización de todo, a costa del saqueo de la Tierra, nos ha llevado a la crisis actual. Para recuperar la salud de la razón necesitamos enriquecerla con la razón sensible, estética y cordial, en la cual se fundamenta la ética, y con una visión solidaria de la vida. Es lo que más se adecúa a las nuevas demandas del encuentro de culturas, de la interculturalidad y de unificación de la historia humana

2. Carta de ciudadanía a la naturaleza. A través de una retirada sostenible. Mientras en muchos ámbitos ecológicos se intenta la vía del ecosocialismo muy presente en el FSM de Belém, una opción prometedora, pero que todavía no ha dado, a mi modo de ver, el giro completo que implica una nueva concepción de la Tierra como Gaia y la superación del antropocentrismo, confiriendo también ciudadanía a la naturaleza. Mas quiere, con razón, un desarrollo ecológicamente respetuoso de la naturaleza, pero todavía en el marco del desarrollo. Necesitamos quizá antes una retirada sostenible que un desarrollo sostenible. Sería el comienzo de la realización del ecosocialismo. Es decir, con los recursos técnicos, financieros y con la infraestructura material creada por la globalización, tendríamos posibilidades de socializar un modo de vida sostenible para todos. La Tierra, puesta en descanso sabático, podría autorregenerarse y sostenernos a todos. Viviríamos más con menos. Pero, como somos culturalmente bárbaros y éticamente sin piedad, no estamos tomando esta decisión política. Preferimos tolerar que mueran millones antes que cambiar de rumbo. Y así continuamos consumiendo sin conciencia sabiendo de que luego, por delante, nos espera un abismo. Pero ahí queda esa opción del ecosocialismo comenzando por una retirada sostenible donde se incluyen las propuestas del decrecimiento, el consumir menos para que otros puedan comer y el cultivo de la solidaridad intergeneracional.

3. Y en un plano vital: la sencillez. Lo que se opone a nuestra cultura de excesos y complicaciones es la vivencia de la sencillez, la más humana de todas las virtudes, presente en todas las demás.

La sencillez exige una actitud de anti-cultura pues vivimos enredados entre todo tipo de productos y de propagandas. La sencillez nos llama a vivir según nuestras necesidades básicas. Si todos persiguiesen este precepto, la Tierra sería suficiente para todos. Bien decía Gandhi: «tenemos que aprender a vivir más simplemente para que los otros simplemente puedan vivir».

La sencillez siempre ha sido creadora de excelencia espiritual y de libertad interior. Henry David Thoreau (+1862) que vivió dos años en una cabaña en el bosque en su famoso libro-testimonio: Walden, la vida en los bosques repite: «sencillez, sencillez, sencillez». Francisco de Asís (+ 1226) hablaba de la “minoridad” como fuente de la paz y el bien. La simplicidad siempre fue el distintivo de todos los sabios y santos. De hecho, extremadamente sencillos fueron Buda, Jesús, María de Nazaret, Francisco de Asís, Carlos de Foucaul, Gandhi y Chico Mendes entre otros.
La vida en la Tierra que fue un evento maravilloso que ocurrió en este minúsculo planeta del sistema solar hace 3.800 millones de años, parece tocar ya sus límites. Si queremos seguir viviendo sobre ella, necesitamos seguir el evangelio de la eco-sencillez, bien resumida en las tres erres propuestas por la Carta de la Tierra: «reducir, reutilizar y reciclar» todo lo que usamos o consumimos. Se trata de hacer una opción por la sencillez voluntaria, que es un verdadero camino espiritual. Esta eco-sencillez vive de fe, de esperanza y de amor. La fe nos hace entender que nuestro trabajo, por sencillo que sea, es incorporado al trabajo del Creador, que en cada momento activa las energías.

4. Responder hoy a la pregunta de quienes son los últimos, los perdedores. Traducir hoy aquel vehemente deseo de los años sesenta y setenta de ser uno más en el mundo obrero. No solo era “estar con”, sino “ser uno de ellos”, “formar parte de ellos”. Había que vivir su misma condición desde el interior, en la propia carne el cansancio, la explotación, los desprecios que sufrían los trabajadores. Vivir como y para personas cuya vida estaba marcada por el trabajo. Se pasa de una espiritualidad del trabajo a una teología del trabajo.

Y siempre pensamos que el trabajo no estaba ligado a la “caída” del hombre, ni por tanto a un castigo (cf. Génesis,3), sino al desarrollo de la creación. “El hombre es la imagen de Dios. Y este hombre que, con su trabajo paciente, hará surgir nuevos objetos de entre sus manos, comprenderá que Dios es el primer Obrero” (del curso de J. Gray. en el Seminario de Lisieux, en 1946). Esta teología ayudó a tomar conciencia rápidamente no solo de la alineación, sino de la explotación sufrida por los trabajadores a causa de las condiciones en las que se realiza el trabajo en el sistema capitalista. Esta visión positiva de la teología del trabajo, nos llevaba al corazón mismo de la vida obrera, y a sentir hasta qué punto el sistema capitalista es contrario al “designio de Dios”. Circunstancia que nos preparó para integrar bastante rápidamente el análisis marxista de la experiencia capitalista.

Hoy este esquema lo podríamos traducir en relación a las personas inmigrantes, los otros, que serían hoy el lugar teológico donde vivir la fe en Jesús de Nazaret. Contextuado el proyecto migratorio en los ámbitos del terrorismo y de la droga, pagando con su vida el peaje de la exclusión laboral donde cubren las inconfesables cifras de la economía sumergida, papeles mojados como dice Chambao porque los arrojó la marea ya muertos a nuestras costas, en fin pedimos inmigrantes y nos llegaron personas.

Llegado a este punto, caigo en la cuenta de que el meollo de esta fe no es la afirmación conceptual de Dios sino la afirmación vital de mis hermanos. Y considero esto tan importante que constituye lo que llamo espiritualidad laica, “secular, terreno en el que cabemos y podemos encontrarnos todos, no solo de cualquier religión, sino todos, creyentes o no creyentes”. Una da las asignaturas pendientes de la transición a la democracia en nuestro país es la llamada transición religiosa, es decir, la normalización de lo religioso en el seno de una sociedad secularizada, es la llamada cuestión de la laicidad. Los cristianos nos sentimos especialmente interpelados por esta cuestión porque deseamos vivir nuestra experiencia religiosa dando testimonio de Jesús en medio de nuestra sociedad, sin privilegios de ninguna clase ni imposiciones morales a nadie.

“Ser humano es luchar por la plenitud de la vida” (Frei Betto)

“Somos de la misma sustancia de la que están hechos los sueños” (Sakespeare) Pero
“Todavía persiste en nosotros
un pedazo del paraíso perdido
Podemos esperar que la llama nunca se apague
porque la brasa
todavía se mantiene viva bajo las ceniza” (B. Bresch)


Fuente: Blog del economista Juan Torres, Ganas de escribir

Luis Pernía es socio fundador de la Asociación Andaluza por la Solidaridad y la Paz (ASPA)

Más información sobre Luis Pernía en estas dos entrevistas:
Luis Pernía Ibáñez, cura obrero, enfermero y comprometido social: Un nómada solidario, Diario Sur 22/06/08
LUIS PERNÍA SOLIDARIDAD Y PAZ "Junto a la Costa del Sol hay una "costa de la sombra", El País, 26/01/99

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Cristóbal Cervantes
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